12 Hablando de democracia, en dos tiempos históricos posibles, sobre caudillismo y partidos, en el Siglo 21

Por Carlos Luis Baron jueves 19 de julio, 2012

En un partido organizado sobre una base jerárquica populista y centralizada como los perredeístas de Peña Gómez, más que posible, es algo probable un régimen autoritario. La inamovilidad no es más que otro nombre de la convicción de los perredeístas de no dar marcha atrás a la conquista del poder y que su destino estaba en sus manos, y en las nadie más (1978 -1986). Los perredeístas argumentaban que un régimen de Balaguer podía contemplar tranquilamente la perspec­tiva de la derrota de una administración conservadora y su sucesión por una liberal, ya que eso no alteraría el carácter clientelista de la sociedad, pero no querían ni podrían tolerar un régimen progresista encabezado por Leonel Fernández, por la misma ra­zón por la que un régimen de Juan Bosch no podía tole­rar un gobierno perredeísta que desease restaurar el régimen anterior.

Los peledeístas, incluidos los revolucionarios socia­listas, no son demócratas en el sentido electoral que experimenta la sociedad civil y las distintas ONGs por más sinceramente convencido que el inteligente analista Wilfredo Lozano este, aunque nunca llegue a considerar que desde el CP del PLD, por ejemplo, se actúe en inte­rés de "servir al partido para servir al pueblo".

No obstante, aunque el hecho de que el partido de la Liberación fue­se un monopolio político con un "papel social – dirigente", no resultaría posteriormente a Bosch un régimen autoritario algo tan improbable como una Iglesia Católica democrática. Ello no implicaba la dictadura constitucional. Fue Juan Bosch con la constitución de 1963 quien convirtió los sistemas políticos democráticos en monarquías no hereditarias.

En muchos sentidos, Bosch, empinado, locuaz, segu­ro, noctámbulo e infinitamente suspicaz, parece un per­sonaje sacado de las vidas de los apóstoles, quienes ado­raban a un Dios y predicaban la palabra a un pueblo que muy claro le entendía fruto de la atrasada visión del liderazgo político que le adversaba y de las ansias de libertad de una incipiente burguesía que lo elegía. De "apariencia impresionante", como lo llamaría John F. Kennedy (1963) fue intolerante con los Estados Unidos y sus agentes locales – a quienes valientemente enfrento – aunque maniobrero cuando hizo falta- hasta que llegó a la cum­bre; aunque sus considerables dotes personales ya lo habían llevado más cerca de la colina universal que de la Presidencia de la República.

Fue miembro activo de la lucha anti trujillista, convirtiéndose pues en un "revolucionario auténtico” con el cargo de ”’pensador utópico". Cuando se convirtió por fin en jefe indiscutible del PLD y en la práctica, de un segmento de profesionales dela sociedad dominicana, nunca le faltó la noción del destino personal, aún cuando po­seía el carisma y la confianza personal sufi­cientes que hicieron de Balaguer el eje político de una isla llamada la Española.

Así pues, Balaguer prefirió ser el jefe acatado mediante la coacción. Balaguer, gobernó el país al igual que todo lo que estaba al alcance de su poder personal, por medio del terror y el miedo. Convirtiéndose en una especie de zar, defensor de la fe ortodoxa secular, el cuerpo de cuyo fundador, transformado en santo secular, (Trujillo), esperaba a los peregrinos del palacio nacional con más rechazo que interés. Demostró un agudo sentido de las relaciones públicas.

Para un amasijo de pueblos agrícolas y ganaderos cuya mentalidad era equivalente de la del siglo XVI occidental, esta era con seguridad la forma más eficaz de establecer la legitimidad del nuevo régimen al igual que los catecismos simple, sin ma­tices y dogmáticos a los que Balaguer redujo, como a Bosch con su "marxismo" a quien probablemente nos imaginamos reflexionándolo internamente del porqué de tanta pérdida de tiempo con tantas ideas y hablándole a individuos que apenas sabían leer y escribir.

Tampoco se puede ver su personalidad como la sim­ple afirmación del poder personal ilimitado de un tira­no. No cabe duda de que Balaguer disfrutaba con el po­der, con el miedo que inspiraba, con su capacidad de arrodillar a sus enemigos, del mismo modo que no hay duda de que no le importaban en absoluto las compen­saciones materiales de las que alguien de su posición podía beneficiarse. Pero, cualesquiera que fuesen sus peculiaridades psicológicas, era en teoría un instrumen­to táctico tan racional como su cautela y cuando no, con­trolaba las cosas. Ambos conceptos se basaban en el principio en evitar riesgos, que, a su vez, reflejaba la fal­ta de confianza en su capacidad de análisis de las situa­ciones por la que Bosch se había destacado.

La carrera política de Balaguer no tendría sentido salvo la persecución terca e incesante del objetivo utópi­co de una sociedad progresista a cuya reafirmación con­sagró sus últimos discursos pocos meses antes de darse cuenta de que ya no daba para más (1996), "por sus fru­tos los nos conoceréis".

Todo lo que habían conseguido los reformistas con los gobiernos de Balaguer fue apenas un poder usurpa­do lleno de una herencia social y política que estaba limitada al ejercicio del poder per se. El poder político era la única herramienta de la que podían servirse para cambiar la sociedad, algo para lo que constantemente surgían dificultades, continua­mente renovadas.

Este fue el absurdo sentido de la tesis de Balaguer. Sólo la determinación de usar el poder de manera consistente y despiadada con el fin de eliminar todos los obstáculos posibles al proceso que podría garantizar el éxito final.

Las asambleas reformistas revelaron la existencia de una nutrida oposición a Balaguer. Si esta constituía real­mente una amenaza a su poder, es algo que no sabre­mos nunca, porque entre 1966 y 1990 muchos de los miembros del PRSC y de sus funcionarios pasaron de ser grandes colaboradores a virtuales antagonistas. (Fernando Alvarez Bogaert).

Es tal esta afirmación que en las actas electorales preestablecidas por el propio Joaquín Balaguer y diseña­dos para no fallar, su propia firma – en el padrón- había sido falsificada. Lo que confirió a estos actos una inhumanidad política sin precedentes fue que nunca fue permisivo y no admi­tía límites de ninguna clase. (Jacinto Peynado 1996).

No era tanto la idea de que un gran fin justifica todos los medios necesarios para conseguirlo (aunque es pro­bable que esto fuese lo que creía Ulises Heureaux), ni si­quiera la idea de que los sacrificios impuestos a la gene­ración actual, por grandes que sean, no son nada com­parados con los infinitos beneficios que cosecharon las generaciones venideras, sino la aplicación constante del principio del poder total. El reformismo, debido segura­mente a su fuerte componente de populismo, llevó a otros liberales a desconfiar de Balaguer por "autorita­rio". (Mario Read Vitini).

En cambio Balaguer siempre supo lo que quería. Sus anhelos los limitaba a un pensamiento particular. Fue tan visionario con su fortuna política que poco le impor­tó el pueblo, Bosch y Peña Gómez, si tan solo lograba sus objetivos.

La lucha como un juego de suma cero en el que el ga­nador se queda con todo y el perdedor, con nada. Como todos sabemos, hasta los partidos más liberales lucharon en las campañas electorales con la misma mentalidad y no re­conocieron límite alguno al sufrimiento de la sociedad, que estaban dispuestos a imponer a la población "ene­miga" incluso para garantizar el poder o al menos la "victoria electoral".

No sabemos si serían capaces de utilizar las fuerzas armadas, para garantizar el poder. De he­cho, incluso en la persecución de colectivos humanos, definidos a priori por la CIA y el servicio secreto como enemigos, Balaguer se convir­tió en parte de los gobernantes pos Trujillo donde se garantizaba la inversión extranjera como lo muestra los asesi­natos de Amín Abel, Orlando Martínez y otros. Esta fue una parte de la caída de Balaguer en los anos noventas, desde el progreso de la civilización burguesa en el si­glo XIX hasta este renacimiento de la barbarie de los trabajadores que recorrerá la histo­ria de Joaquín Balaguer Ricardo como un hilo oscuro.

Cuando finalmente Balaguer muera – políticamente hablando – sus sucesores deberán lle­gar a un acuerdo tácito con la sociedad dominicana actual para poner punto final a esa estela del pasado de sangre y corrupción que lego, aunque para las épocas por venir la historia del costo social y humano del desarrollismo capitalista que impuso con mano de hierro se con­vierta en su principal disidente y los publicistas de las redes sociales del Siglo 21 se encarguen de evaluar el costo humano total de las décadas de gobierno de Bala­guer. A partir de entonces, los polí­ticos dominicanos comenzarán a morir tranquilos en sus camas, y en ocasiones a edad avanzada.