A Miguel Mejía: Una de cal y otra de arena

Por Carlos Luis Baron domingo 12 de febrero, 2012

NuevaYork.-El secretario de Estado sin cartera, Miguel Mejía, otrora amigo de infortunios en tiempos aciagos, manifestó malestar porque yo no “aporto nada,”cuando hube de dedicarme a la tarea de escribir un artículo en el que,presuntamente, revelo que el hoy funcionario proviene de los callejones de un quinto patio que estaba localizado en una populosa barriada de la capital, Santo Domingo.

Miguel Mejía habría manifestado esa vehemente queja a una tercera persona, un amigo común que reside en esta urbe, y que visitó a República Dominicana, el verano pasado.

De uno y otros artículos que he escrito cuestionando el desgaire de algunos peledeístas salidos de los barrios, que hoy llevan una vida bonancible, Mejía, tal vez se refiera a uno de ellos; pero lamento el que haya entendido que en alguna ocasión me referí tácitamente a él. Sin quererlo, tal parece, que a Mejía, como dicen algunos, “le quedó el sayo” en elcontexto de uno de estos. Puedo asegurar que no he incurrido en tal vileza y mucho menos, he proporcionado a nadie algún dato despectivo, contra Mejía

En principio había meditado sobre elaborar un artículo sobre el amigo funcionario, en otro tenor, distinto al presente. Lamentablemente, luego de otras nefastas actitudes de este viejo consorte y esta confidencia a un amigo, me he visto obligado a dividir el presente artículo, en dos partes: una de cal y otra de arena. Y, por cierto, en estas primeras parrafadas, abordo la de cal.

Lamento y desapruebo totalmente, la humillación con la que el funcionario trató a una preciado amigo de ambos, cuando lo invitó a su despacho y tras verlo en cámara, en la antesala de materializar aquel encuentro, le ordenó a una secretaria que le dijera que él no se encontraba. Esto me lo contó el afectado y otros amigos de Villa Francisca.

Mejía debió recibir elegante y cortésmente al amigo, cuyo nombre me reservo, aunque luego lo despidiera. Cuando algunos de nosotros éramos estudiantes universitarios y más pobres de solemnidad que ahora, el amigo en referencia ya devengaba algúnsueldo; no sólo compartía los placeres de la juventud, sino que hasta de comernos dio, en momentos en que padecíamos, por lo menos, una terrible hambre orgánica. Este desplante me dolió, como si yo hubiese sido el agraviado.

Me enteré de ese ingrato acontecimiento,porque contrario a otros conocidos y amigos hoy funcionarios, todavía no sientofobia alguna en visitar los barrios que nos vieron crecer, como acontece conmuchos peledeístas que se consideran “másserios”, y menos cuestionados, si optanpor no saludar a sus antiguos circunvecinos. Irónicamente, los que ayer fueron simpleslarvas o gusanos, hoy se sienten orondos, porque contraviniendo asertivas evoluciones dialécticas, dejaron de serreptiles y les nacieron alas.

De otro lado, y esta es la de arena; en Nueva York he sostenido discusiones con algunas personas que se empecinan en afirmar que el mote de “la tercia’, con el que hace tiempo se identifica a Miguel Mejía, se debe a que el mismo es un alcohólico o un dipsómano inveterado dado a la bebida con muy regular frecuencia. ¡Nada más falso!

No séde dónde diablos salió el sobrenombre de “la tercia” asociado a los beodos o borrachones, como dice el pueblo.Sin embargo, los viejos amigos de Mejía estamos contestes de que, (al menos enesa época), si ingirió bebidas alcohólicas, lo hizo muy ocasionalmente.

Es más, doy fe de que yo, por manejarme en el entorno de Borojol; mi afición a la música; en una tarea que hube de abandonar, era más dado a la ingesta de alcohol que Mejía. El mote, que no tiene ninguna relación onomatopéyica con la conducta de Mejía, se dice, que tiene un origen irónico relacionado con la elevada estatura del mismo, y porque siempre tenía los ojos rojizos; lo que lamentablemente algunos asociaban al consumo de romo.

Otros dicen que el apodo, le fue dado por el emblemático dirigente izquierdista, Jorge Puello Soriano (el men). Retomando el origen de este artículo debo decir que respondí por un deber que creí ineludible,y que, de ningún modo, me considero enemigo de Miguel Mejía. Esto, por dos razones: primero, porque yo elijo mis enemigos, y segundo, porque aunque nunca más comparta ni un café con él, no puedo olvidar a un amigo generacional que alguna vez me brindó sus afectos y amistad desinteresada. Muchas cosas nos unen; aún estando tan distanciados: él en el gobierno, y yo haciendo de obrero en Nueva York, pero siempre aferrado a mis prístinos ideales.

El autor es periodista, directivo del CDP, en Nueva York.