Apuntes sobre la visión del subdesarrollo en la estructura social y económica del Estado de pos revolución

Por Carlos Luis Baron viernes 29 de junio, 2012

Tanto la descolonización como las revoluciones transformaron drásticamente el sistema políticodominicano. Así pues la organización social indígena fue des­truida, al menos en su generalidad. De manera que pasaríamos a ser un pueblo de corte occidental. España nos transmiti­ría su lengua, religión, formas de vestir y comer, ganados e instituciones jurídicas y civiles, aun cuando carecían de capacidad como Estado para ser un imperio convirtiéndose pues, en una profunda contradicción que nosotros heredaría­mos y por supuesto transmitiríamos de generación en generación, hasta llegar a lo que somos hoy, incluso en Améri­ca, por ejemplo, donde la temprana descolonización añadiría una docena más.

Sin embargo, lo importante de esto no era su número, sino el enorme y creciente peso y presión demográfica que repre­sentaba en conjunto. Desde la primera revolución industrial, y es posible que desde el Siglo XVI este equilibrio se había inclinado a favor del mundo "desarrolla­do". Esta explosión demográfica en los países pobres como la República Domi­nicana despertó por primera vez una grave preocupación internacional a fina­les del Siglo 19. Nuestra población ha cre­cido desordenadamente y cada día los gobiernos son más deficitarios provocan­do subsidios irresponsables y peor aún con más bocas que alimentar y con me­nos capacidad de producción.

La explosión demográfica del mundo pobre es elevada porque los índices bási­cos de natalidad suelen ser mucho más altos que los del mismo período históri­co en los países desarrollados y porque los elevados índices de mortalidad que antes frenaban el crecimiento de la po­blación cayeron a partir de los años se­tenta a un ritmo cuatro o cinco veces más rápido que el de la caída que produ­jo en la Europa del siglo XIX. Y es que, mientras en Europa éste descenso tuvo que esperar hasta que se produjo una mejora gradual de la calidad de vida y del entorno, la nueva tecnología barrió con los países pobres en forma de medi­cinas y la revolución del transporte.

Así a partir de los años cincuenta las innovaciones médicas y farmacológicas estuvieron disponibles para salvar las vidas a gran escala, debido a la aparición de los antibióticos y algo que antes era imposible conseguir, salvo tal vez de las enfermedades como la viruela, diarreas, etc. Así, mientras los dominicanos vi­vían más y mejor que décadas pasadas, las tasas de mortalidad se reducían verticalmente a tal punto, que la población se dispararía aun cuando la economía y las instituciones fueran inestables.

De manera que la explosión demográfica es el hecho fundamental de nuestra existencia. Al tratar de estabilizar nuestra población con natalidad y mor­talidad bajas con algún tipo de planificación familiar estamos creando mayores problemas de población y es improbable que podamos resolver nuestros índices de pobreza. Sin embargo, nuestras preocupaciones no sólo radican en el fondo, sino en la forma. Asímismo, nuestra sociedad se ha visto obligada a adoptar sis­temas políticos derivados de nuestros conquistadores o amos imperiales. Así que, una minoría de pensadores políticos, de los que surgieron de las revoluciones sociales siguió el mo­delo de la Revolución Soviética.

En teoría, el mundo dominicano esta­ba lleno de los que pretendían ser repú­blicas parlamentarias con elecciones li­bres y de una minoría de repúblicas de­mocráticas populares de partido único. En particular estas etiquetas indicaban como máximo en qué lugar de la escena internacional querían situarse los partidos políticos como so­lían serlo nuestras propias constitucio­nes y por los mismos motivos en la ma­yoría de los casos, El Estado, carecería de las condiciones materiales y políticas necesarias para hacer viables nuestro sistema.

Esto sucedía incluso en los comunis­tas, aunque su estructura autoritaria y el recurso a un "partido único dirigente" hacían que resultase menos inadecuado en un entorno occidental que en las repúblicas liberales. Así, uno de los pocos ideales comunistas era la supremacía del partido sobre el ejército.

De paso, los mecanismos de control se fueron perdiendo y las fuerzas arma­das tendrían protagonismo semejante o incluso superior al poder civil. Además, la intervención en aspectos administrati­vos provocaría el enriquecimiento asombroso de generales y oficiales me­dios. Estos recibían cuantiosos subsidios y suministros a través de las intenden­cias y en algunos de los casos, existió mayores posibilidades políticas que nunca. A los militares se les mantendría alejado del poder civil, gracias a la presunción de la supremacía civil a través del partido.

Las perspectivas fueron pocas y así la transacción hacia la democracia liberal se negociaría con poco éxito bajo la égi­da de la intervención y las constantes in­tentonas golpistas de unos oficiales re­calcitrantes durante los períodos de cier­tos aires democráticos.

La democracia sería abortada y nue­vamente la pobreza se expandiría nota­blemente. Así, la amenaza se manten­dría aunque en los años setenta se producirían manejos todavía por explicar en las obscuridades de la infiltración de la CÍA, y los paramilitares supuestos del servicio secreto y del terrorismo de Esta­do. Quizás sólo en los traumas de la des­colonización, los dominicanos llegaríamos a ser intolerantes y la tentación de retener el poder de parte de los políticos fue inútil al hundirse la economía y pronto caeríamos bajo el escenario de la confrontación social. La guerra civil será el legado de la miseria dejando recuer­dos en toda la sociedad, recuerdos estos y cicatrices que aún medio Siglo después no se han borrado.

Los regímenes autoritarios sintieron afición por torturar a sus oponentes, dejando muchas madres solteras y pa­dres sin trabajo, hundiéndonos de cabo a rabo bajo el peso de nuestra propia es­tupidez. La situación era más favorable a una intervención militar, sobre todo en la República Dominicana donde un grupo de comerciantes era capaz de manejar la economía, introduciendo conceptos ideológicos parecidos a épo­cas medievales.

El dominicano aspiraba a esforzarse y vivir en orden con la esperanza (a me­nudo vana) de que un Mesías asumiese la redención de sus propósitos. De to­dos modos el más leve indicio de que los gobiernos del país cayeran en ma­nos de los comunistas garantizaba el apoyo de los norteamericanos y como consecuencia no sólo se minó el senti­miento de autoestima, sino que el vacío que se produciría influiría en la volun­tad dominicana de adherir otros valo­res extraños anteponiéndolos a los su­yos.

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