Capitalismo inhumano

Por El Nuevo Diario martes 20 de agosto, 2013

Cuando el pasado mayo se difundió la noticia de que más de 1.000 personas habían muerto en un incendio en una fábrica textil, próxima a la capital de Bangladés, Dacca, la reacción de la gente me llamó la atención.

Parece mentira que mucha gente no se haya enterado de que "El Capitalismo" no tiene moral ni ética. En una desenfrenada competición por reducir costes de producción y aumentar los beneficios, numerosas multinacionales como Nike o Adidas se han olvidado de los derechos de los trabadores más vulnerables. Que el incendio se haya declarado en un edificio de ocho plantas propiedad de la empresa Tazreen Fashion es lo de menos.

Numerosos países en vías de desarrollo (como Bangladés) son convertidos en Zonas de Procesamiento de Exportaciones aprovechando los bajos salarios y la permisividad de la legislación local en materia de derechos laborales. Se cree que toda esta tragedia comenzó con un cortocircuito provocado por el mal estado de las instalaciones. Se dice que en la fábrica existían unas salidas de emergencia, pero que no estaban claramente señalizadas.

No se trata de la primera vez que esto ocurre en ese país, ya que hace dos años se produjo un incendio en el que murieron unas 117 personas a consecuencia de la explosión de un transformador en el centro de Dacca. Según algunas fuentes, los jefes dificultaron la huida de los trabajadores cuando estaban en juego sus vidas, cerrando las puertas con candados, engañando a los atemorizados trabajadores sobre las salidas de emergencia. ¡Hasta dónde hemos llegado por el maldito dinero!

Poco después de conocerse la noticia, la Primer Ministra de Bangladés, Sheikh Hasina Wazed, afirmó que no se trataba de un accidente sino de un intento de desestabilizar a su gobierno. No es ético utilizar estas desgracias en clave electoral. Los políticos no deberían intentar sacar provecho de este tipo de tragedias, ya que su efecto podría ser el contrario. El culpable no es solo el propietario del edificio de las fábricas, Mohammed Sohel Rana, que fue arrestado tras intentar huir a la India, sino todos nosotros por permitir que estas empresas no estén obligadas a garantizar unos mínimos de seguridad y mejores salarios a sus trabajadores. Según Human Rights Watch, solo existen 18 inspectores (fácilmente corrompibles) para controlar los miles de talleres de la capital.

En Bangladés hay unas 4.000 fábricas textiles desparramadas por todo el país; la mayoría sin las medidas de seguridad adecuadas. Las detenciones de algunos empresarios del textil tras las tragedias ocurridas son cortinas de humo para distraer a la opinión pública, ya que estos son solo intermediarios en esta cadena de la exportación.

El lugar del accidente era un complejo de ocho pisos construido sobre terreno inestable sin los permisos adecuados. Bangladés es el segundo mayor exportador textil del mundo, solo superado por China. La industria textil representa el 80 % de sus exportaciones. Sólo en este país asiático, más de 3,6 millones de personas trabajan en este sector, con un sueldo medio de 38 dólares al mes. Cadenas tan importantes como Primark, Loblaw, Marks & Spencer, Carrefour, Tesco, El Corte Inglés, Bon Marché, Joe Fresh, Mango, Benetton, JC Penney, H&M o Wal-Mart eran abastecidas por empresas que trabajaban en el edificio. Lo trágico es que a la gran mayoría de los consumidores finales de estos productos les trae sin cuidado que estas empresas exploten a sus trabajadores, lo importante es pagar precios bajos. En el fondo, de lo que se trata es de ser más competitivos en el mercado.

Este accidente es uno de los mayores desastres a nivel mundial, sólo superado por el escape químico de Bhopal (India) en 1984 en el que murieron unas 18.000 personas. Nunca se sabrá con exactitud, pero se calcula que han perdido la vida en esta hecatombe más de 1.000 personas.

El mundo capitalista, el mundo de los negocios y la globalización, suele regirse por la lógica de los beneficios. No debería extrañarnos que se convierta en un sistema inhumano por naturaleza. A la mayoría de los empresarios solo les interesa su margen de beneficios, y al consumidor final, obtener un buen producto obedeciendo a la relación calidad-precio.

Que sean niños algunos de los que trabajan en la India para Nike o semiesclavos en la industria textil en Bangladés les es indiferente. Algunas de estas marcas patrocinan eventos y equipos deportivos en los países desarrollados utilizando a ONGs como pantalla. ¡Cuánto cinismo!

Aunque intuimos que este tipo de abusos ocurre, el ritmo vertiginoso de la globalización provoca que no reflexionemos mucho sobre el tema. Se suele pensar que la gente pobre de estos países necesita trabajo para subsistir, y que si no lo hacen ellos, lo harán otros. Al final la necesidad crea una competitividad que tiende a reforzar la explotación de estos trabajadores creando un circuito de miseria ambulante. Siempre se puede recurrir a la deslocalización para buscar otro país más pobre, en el que sus políticos y empresarios permitan este tipo de injusticias.

Lo verdaderamente triste de estas tragedias es que al ser tan frecuentes, las solemos ver como normales, convirtiéndonos en seres insensibles ante nuestros semejantes. En la actualidad, intentar introducir la ética y la moral en el mundo de los negocios parece una batalla perdida, pero no hay que renunciar a ella.

Somos más de 7.000 millones de personas en todo el mundo, y la empatía se está perdiendo a marchas forzadas. Pretender que en el Primer Mundo se apiade de unas cuantas almas de Bangladesh, parece pedir demasiado al Homo Economicus actual, pero el intento merece la pena.