Carta a Leonel

Por Enrique Alfredo Pou lunes 5 de marzo, 2012

“En todo momento los prudentes han prevalecido sobre los audaces.”

Jenofonte

Recuerdo que todo comenzó a ser más evidente aquel día en el Palacio de los Deportes de Santo Domingo, cuando los dos caudillos en el invierno de sus vidas te levantaron los brazos como señal inequívoca de haber encontrado “el elegido”, rodeados por personas del pasado, del presente y del futuro.

Quienes desde sus hogares seguían el evento, como era mi caso, interpretaron rápidamente el mensaje de aquellos viejos zorros de la política criolla, cuando en una de sus magistrales oportunidades para dejar escrito en sus avatares de la historia, el caudillo reformista proclamó con la fuerza que aún le quedaba en los pulmones, “El camino malo está cerrado”, seguido por un estruendo de alegría y alboroto que resonó en todo el sector circundante a la instalación deportiva.

Iniciabas en ese momento la empresa de dar continuidad al desarrollo del país y de fortalecer la democracia, recibiendo de las manos de esos grandes de la política, Juan Bosch y Joaquín Balaguer, la antorcha del poder en el imaginario colectivo.

Tu primer período fue el inicio de una gran carrera política, como entrar al Colegio Universitario de la UASD para pasar a la facultad de Derecho; como aquel a quien, tal cuál lo recalcó el caudillo reformista, “le entregan un avión en la pista listo para el despegue”. Me imagino la sensación que sentiste. En ese momento pasabas a ser el presidente más joven de nuestra región para dar por terminada la estadística asombrosa de haber sido gobernado por el más viejo, cuando la luz había abandonado sus ojos.

Imagino el reto de ese joven abogado que eras, al sentarte en la cabina de aquella nave para designar sus destinos, pequeña, llena de problemas y necesidades, con una tripulación a ser relevada en pleno vuelo, y decidido a sacarnos de nuestra insularidad para buscar nuevos cielos que iluminaran a la Republica en los nuevos tiempos de la comunicación, la era digital, la economía y las finanzas, en un mundo globalizado que aún siendo grande empezaba a transformarse en una cosa pequeña sólo con el click de una tecla en un computador que te trasladaba al rincón mas lejano en este globo lleno de mares y montañas.

Así iniciaste y concluiste tu primer gobierno de 4 años. Dejaste el país encaminado en nuevos modelos de desarrollo y eliminaste muchísimas de las trabas en la administración pública. Se notaron mejorías considerables en los sectores salud y educación; se iniciaron nuevos y modernos proyectos en obras públicas y comunicaciones, insististe y lograste insertarnos en la era digital, y definitivamente creaste una plataforma sólida para estabilizar la macroeconomía.

Pero como el sol que refleja su propia sombra, también quedaron muchas necesidades irresolutas, es cierto. Aún la educación, la salud, la seguridad ciudadana, la pobreza en los barrios marginales y las comunidades rurales, el deterioro de la calidad de vida para la clase media, el gravísimo problema energético, el agiotismo y otros males como el clientelismo y la corrupción seguían tratando de opacar tu labor de gobierno. Pero hiciste y dejaste mucho de lo que tenías que hacer y que dejar, y al momento de entregar el país a un gobierno de la oposición, éste se sentía como una nave estable en los cielos del mundo. Colocaste a la República Dominicana en un lugar visible del planeta y eso nadie podría discutirlo. En aquella ocasión cuando te desmontaste la banda tricolor del pecho en la solemne sala de la Asamblea del Congreso Nacional, dejaste a las próximas generaciones un mejor país. Y por eso en este momento debo empezar por darte las gracias.

Regresaste al poder en el año 2004 y recibiste la nave varada en la pista. Seriamente averiada, con sus turbinas fuera de servicio y un mundo entrando a una de sus peores crisis económicas; un planeta confrontándose en sí mismo en los aspectos sociopolíticos y medioambientales, y desesperado ante la imposibilidad de articulación de estrategias para palear de manera efectiva el hambre. Entrabas al Palacio Nacional de una nación inundada de problemas económicos, envilecida por la inversión de valores, con una población exigente en el pedir y corta en el dar, con niveles de educación tan bajos como alarmantes, un desorden en el diario vivir evidente hasta en el transito vehicular, en los rostros de las personas en las calles, bueno, el verdadero arroz con mango.

Desde ese momento te pusiste a trabajar conformando un gabinete de personas experimentadas en sus áreas y al poco tiempo se sintió la estabilidad en la economía, una que había alcanzado cifras exorbitantes en la devaluación de su moneda frente a la norteamericana y la europea. La gente se llenó de optimismo y arrancó de nuevo a arriesgarse en la inversión y en la producción nacional; jóvenes y viejos emprendieron en el nuevo mundo de los negocios, y la nave arrancó y despegó hacia cielos confiables. Y aquí de nuevo las gracias.

Así se sucedieron los años, lograste tu reelección en el 2008, te impusiste otra vez como piloto, en esta ocasión ya con un partido de masas y una nueva visión de liderazgo político. Se te reconocieron habilidades en el manejo del tablero gubernativo que recordaban al zorro caudillo reformista más que al campechano y noble escritor que forjó tu partido. Pero estos son los tiempos que vivimos, es cierto, donde el clientelismo y el transfugismo no se desdeñan y el objetivo hay que alcanzarlo navegando los medios y los cataclismos.

Hoy, en tu última aparición como Presidente Constitucional de la República en la Asamblea Nacional, recordaste tu promesa al país de enrumbarlo por las rutas del desarrollo y lo comparaste con un Nueva York chiquito; a mí personalmente me hubiera gustado más la comparación con un Buenos Aires chiquito, o con una pequeña Roma, o mejor aún, con un Santo Domingo nuevo y reluciente, como salido de una caja de limpiabotas; limpio, lustroso, con sus calles y anchas aceras limpias y señalizadas, con su gente ordenada y respetuosa de las señales de transito, sin miedo a los hospitales públicos y con una seguridad ciudadana que nos de la paz de ver a nuestros hijos en las calles y acostarnos a dormir si esperar sobresaltos por el incremento de la delincuencia, todavía con problemas en el sector energía y con agua precaria, con graves cuestionamientos sobre la corrupción y con el incremento del problema de las drogas.

Pero no tienes una varita mágica. Has llegado a grandes logros como gobernante y como estadista, y nuestro país reconoce una mayor estabilidad económica que muchos países de nuestra región, un importante achicamiento en la brecha digital, y un desarrollo visible de las vías de comunicación en las más importantes ciudades. Aquellos interminables tapones para trasladarnos desde el área metropolitana hasta el “ensanche” son cosa del pasado; todavía a nivel precario, pero el tránsito de las ciudades fluye ligeramente gracias a los nuevos túneles y elevados. Trasladarnos al interior desde la Capital, se reducirá dentro de poco a la mitad del tiempo que actualmente se utiliza y llegar a Samaná es un paseo maravilloso y espectacular; así mismo en el sur del país las carreteras nuevas comunican con celeridad y fluencia a las comunidades.

Has incrementado el número de escuelas en el país, pero aún sigue la demanda de más centros educativos, y de una mejor calidad del docente; el grito del 4 % se enarbola y merece que se solucione esta partida presupuestaria. Has construido muchas clínicas y hospitales, pero algunos no tienen recursos para operar y sigue la demanda de mayor inversión en ese sector de la salud y mejoría para las condiciones de trabajo de sus médicos. Se han hechos esfuerzos en la seguridad ciudadana, es cierto, pero aún persiste el temor en las calles y la delincuencia baila al ritmo de ron y reguetón sus entierros.

En la agropecuaria se ha aumentado la producción, los mercados y supermercados están abarrotados de productos frescos, pero la gente se agobia por la escalada de precios y reclaman que se ha abandonado el campo y que el Gobierno se ha concentrado en una política de construcción de avenidas y obras suntuosas. ¡Ah caray! fuego por arriba y fuego por abajo, como a la arepa. Pero si hasta el nacimiento y la muerte han subido de precio.

A los lideres de sectores como la ganadería, que en su momento estuvieron de paños y manteles contigo, hoy los veo en la acera del frente llenos de regocijo y apostando en tu contra. Así es la vida y como diría mi abuelo, “sólo hay que estar vivo para ver cosas”.

Bueno, como se acerca el final de tu período, como el día de entregar de nuevo la banda tricolor que llevas en el pecho está tan cerca, quiero reconocerte que has obtenido grandes logros en casi todos los sectores del desarrollo nacional y convenir en que este es un mejor país que aquél que era cuando tomaste las timonelas del avión en la pista, y que aunque todavía persisten grandes y numerosas deficiencias, has hecho un gran trabajo.

Recuerdo que el 27 de Febrero mencionaste que tu madre, doña Yolanda, te había advertido con esa sabiduría que sólo una madre profesa, que este es un país con muchos problemas y necesidades, y aun así decidiste enfrascarte en una lucha cuerpo a cuerpo con todos sus males.

Pues mira, te felicito.

Espero que cuando estés fuera del poder, o mejor dicho, del Palacio, ya con tiempo a disfrutar de tu querida lectura, para escribir tus memorias, a ver al país y al mundo desde la óptica del ciudadano común, de disfrutar tu familia, tus hijos y nietos con la calma de un nuevo amanecer sin llamadas telefónicas urgentes y problemas de Estado, cuando transites como siempre has hecho, sentado en el asiento delantero de tu vehículo viéndole la cara a tu gente, pero esta vez sin el apasionamiento de la seguridad y la demanda de la solución de los problemas de la mayoría de las personas que se te acercan, cuando veas ponerse blanca tu cabellera y arrugarse la piel de tus manos y se acercara de nuevo el tiempo de pensar en un posible retorno a la conducción de esta nave llena de problemas, pero con inmensas bellezas en su geografía y en su gente, recuerdes y analices lo bueno que hiciste y lo que quedó pendiente de hacer y corregir, pues el dominicano olvida fácil pero reclama siempre por su bienestar.

Mientras tanto sólo me queda agradecerte por tu dedicación y trabajo, y por el sacrificio en todos los órdenes que representa la conducción de los destinos de un país.

Muchas gracias Leonel.