¿Cómo desamarrar la educación dominicana?

Por Carlos Luis Baron miércoles 25 de julio, 2012

La educación en la República Dominicana sin dudas ha tenido avances en los últimos doce años, y los resultados son palpables en instituciones de excelencia como INFOTEP y el ITLA, así como en el crecimiento del número de escuelas públicas de enseñanza básica y media a escala nacional.

Pero queda mucho por hacer, pues no se trata exclusivamente de destinar el 4% del PIB al desarrollo de esta importantísima actividad social que es la educación. Necesitamos un cambio de mentalidad que permita desplegar tres ejes estratégicos orientados a lograr un salto de calidad:

1-Reformular el contenido del currículo de algunas materias

Por ejemplo, el currículo de lengua española, en todos los grados de escolaridad, necesita despojarse del tradicional enfoque gramático estructuralista y morfosintáctico, porque esos contenidos no tienen utilidad práctica en el desempeño comunicativo real de los hablantes, hecho que no todos los metodólogos aprecian en su justa dimensión. En 1922 el filólogo brasileño-español Américo Castro, en un trabajo titulado “La enseñanza del español en España” advertía: “Una primera confusión que conviene remover es la idea absurda de que el idioma se enseña estudiando gramática […]. La gramática no sirve para enseñar a hablar y escribir correctamente la lengua propia, lo mismo que el estudio de la fisiología y de la acústica no enseñan a bailar, o que la mecánica no enseña a montar en bicicleta”.

Y remataba su punto de vista argumentando: “Si fuera posible hacer que Cervantes analizara gramaticalmente el Quijote, no podríamos darle sino una calificación bastante mediocre. Y, sin embargo,no puede decirse que Cervantes escribiese incorrectamente el español”.

Nuestra propuesta es enseñar lengua española a través de la lectoescritura. Pero téngase en cuenta que en la práctica real y cotidiana del habla escrita los textos no son una suma de “oraciones” vinculadas por subordinación, coordinación o yuxtaposición, atrapadas dentro de un párrafo. Ningún hablante razona lo que dice ni interpreta en términos gramaticales lo que escucha o lee.

Los textos son un despliegue comunicativo escrito donde las ideas del autor, en torno a un tema, han sido puestas en contexto referencial para lograr la comprensión de los lectores.

Los docentes –incluyo a los formadores de maestros– pudieran emplear esta estrategia de lectoescritura pragmática y convertir cada clase en un taller donde los estudiantes “vivan” el proceso creativo de un texto y desplieguen todo el conocimiento previo que posean acerca de un tema; donde aprendan a contextualizar la comunicación para precisar significados. Por esta vía formaremos, desde edades tempranas, individuos con mejores capacidades de razonamiento complejo, propiciándoles así múltiples autopistas de acceso a la comprensión de otras materias, porque al fin y al cabo todo proceso de aprendizaje se produce a través de actos discursivos orales y escritos.

2-Poner énfasis en la capacitación de los maestros

Los maestros son una creatura moldeada por el enfoque de esos mismos currículos que necesitan ser cambiados. En dichos currículos se privilegian las “metodologías” y las “didácticas” en detrimento de contenidos culturales que les ampliarían una visión integral del mundo como totalidad compuesta por subsistemas interconectados. Una barrera inexplicable para la calidad de los docentes, por ejemplo, es la disposición de que la edad límite para ser formador de maestros es 50 años. Otras barreras son los bajos salarios y la falta de incentivos y de reconocimiento social de esta importante profesión.

3-Repensar el tipo de libros de texto empleados en las aulas

Los contenidos de los libros de textos escolares son reflejo de los enfoques obligados por esos mismos currículos que deben ser cambiados. En la enseñanza del español, por ejemplo, esos libros presentan tópicos fragmentados, que obligan al alumno a memorizar (de ahí la cantidad de recuadros en que se resume lo que deben recordar); por tanto, son contenidos carentes de secuencia (saltan de un tópico a otro dejando lagunas) y plagados de conceptos lingüísticos inservibles para los no especialistas (“deícticos”, “sintagmas”, etc.), insistiendo, como poleas de transmisión del currículo, en formar “gramáticos” en vez de buenos comunicadores. ¿El resultado? Un círculo vicioso que perjudica a los estudiantes, a los maestros y a la nación, que permanece anclada sin poder avanzar al ritmo que demanda la competitividad de nuestros días. ¿Se imaginan el salto de calidad si esas mismas casas editoras –obligadas positivamente por el currículo– imprimieran obras totales, genuinas y emblemáticas de cada autor para cada materia?

El desafío, en suma, es desconstruir las concepciones curriculares que no han dado ni darán resultado, en aras de lograr una verdadera transformación educativa que amplíe los horizontes del saber y libere cada curso escolar a padres, alumnos y colegios de esa nociva práctica comercial que pudiéramos asumir como acoso textual.

El autor es Filólogo, escritor y profesor universitario (ITLA), residente en Santo Domingo.