Concertación y prepotencia

Por El Nuevo Diario jueves 11 de octubre, 2012

El grave problema del empresariado dominicano es que no se ha podido desarrollar como un segmento de clase, con opciones políticas y sociales, en base a su popularidad o su aceptación en la comunidad.

Hay empresarios dominicanos que lucen como sanguijuelas, que desean obtener la mayor de las ganancias, pero se olvidan de la correspondiente cuota social. Otros, pero es una minoria que hay que verla con lupa, piensa en el sentido social de sus empresas, sus trabajadores y la comunidad. No es un delito que una parte del empresariado dominicano sea avaricioso, y que no reinvierta en sentido social sus ganancias.

Estamos en una sociedad de oferta y demanda, es paternalista el que quiere, y ayuda a su comunidad, el que lo desea.

Nada le obliga a ello, salvo tener sensibilidad para ver y sentir que junto a las vacaciones de fin de año, las bodas suntuosas, los simples viajes a Miami para cenar y retornar al otro día, hay millones de necesitados, pasando hambre cada dia. Con las nuevas cargas impositivas también se presenta la hipocresía de una parte sensible del empresariado. Muchos son violadores de impuestos, sea con el consentimiento de las autoridades, o llegando a acuerdos para pagar menos. En pocas ocasiones las cargas impositivas van dirigidas a las ganancias.

Los grandes consorcios empresariales dominicanos, sobre todo los de manufactura, servicios al cliente y alimentos, son fundamentalmente retenedores del impuesto que debe pagar el ciudadano al momento de adquirir un artículo.

Se cae el consumo, no hay cobro ni pago de impuestos. Por consiguiente, los menos lastimados con reformas impositivas son los grandes consorcios, porque éstos derivan los reajustes al consumidor final.

De ahí, que sobre los hombros de la clase media recae el pago de la mayor parte de los impuestos. Una clase media que vive de un salario, no importa cuanto gane, pero que los convencionalismos sociales la lleva a lujos y despilfarros por encima de sus posibilidades de subsistencia. Es la gran despilfarradora, porque como el segmento social a que podría pertenecer no es estable, juega al filo de la navaja para auto-darse sus caprichos, que van desde vivir en zonas residenciales, automóviles, colegios caros para los niños, seguro médico, y vestir a la variante moda.

Ah, para los teóricos que buscan debajo de la alfombra, les voy a decir que no creo que en el país haya sólidas clases sociales, sino espejismos de capitalismo, de clase media, de proletario. Pero, ¡carajo!, si fracasaron los implementadores de cambios sociales en llevarlos a cabo, la identificación de los agentes actuantes tiene que hacerse de alguna manera.

No creo que en la República Dominicana haya nacido todavía un componente firme de que lo que sociológicamente se llamaría una casta social, por el contrario, hay nuevos ricos, pobretones que llegan a clase media, y pobres esperando dar el salto social.

Pero la verdad única es que hay grandes desavenencias sociales, una brecha imposible de sellar, entre los hijos de Machepa y el club menor de doce integrantes que conforman a las familias tradicionales dominicanas.

Hoy se puede decir que por las refundiciones, sea por matrimonio o convenios económicos, las familias tradicionales casi todas están hermanadas y no pasan de un puñado que cada día son más ricas, sin importar la suerte de diez millones de dominicanos.

Todos tenemos que convivir. Los impuestos deben ir dirigidos directamente a los que tienen millones, a los que son dueños del gran capital, a los consorcios nacionales o internacionales que operan aquí; hay que dejar descansar a los fantasmas de la clase media, y olvidarse de los pobres.

El camino al desarrollo exige concertación, y no prepotencia de las organizaciones empresariales.