Contraste de los retornos

Por El Nuevo Diario lunes 15 de octubre, 2012

Emigrar siempre ha estado en mi signo; cuando apenas contaba siete años de conocer la luz, mis padres me sacaron de las veredas del Enriquillo de entonces y nos fuimos a vivir a Peñalva, un paraje a cinco kilometros del pueblo; a mi edad eso era un largo viaje que luego aprendí hacer por mi mismo, cuando acompañado por Juan mi viejo burro bayo, asistía a la escuela del pueblo.

La verdad era un afortunado, tenía padres y abuelos que me mandaban a la escuela; tenía un burro en que ir; tenía muchas ganas de aprender; y tenía los mejores maestros que me esperaban para enseñarme; todavía están allí algunos de ellos, cosechando la alegría y la nostargía de su otoño plateado.

Doña Brunilda Pérez y Albita Vilomar, la elegancia de enseñar y el buen decir; Abelardo Samboy y Juan de Dios Monte de Oca, dos robles del saber y la cordura; y ésta lágrima que humedece mis mejillas no puede ser más lenta para lamentar la triste ausencia de los idos a destiempo.

No había forma de detener el tiempo, y nos amaneció un día; a mi madre y a mi, esperando transporte para mi primer viaje a San Cristobal, frente a las lágrimas calladas de aquella amorosa mujer me hacía el fuerte y el rebelde para no devolverme hacia la casa; así comencé a conocer otra ciudad, otro estilo de vida y a cosechar amigos con aspiraciones diferentes; en el Instituto Politécnico Loyola muchos creíamos que no habíamos nacido para cifras o para llenar las calles.

La estadía en el Loyola sumó muchos regresos; en uno de ellos me percaté de que podía estar hasta la madrugada en las calles con luz eléctrica, ya no daban aviso a las 11 de la noche para apagar la planta, habián llevado el tendido eléctrico desde Barahona; muchos enriquillenses también habían hecho progresos, por ejemplo nuevas casas, un anexo a la Iglesia Católica, mi padre cambió la mula ciega por una camioneta nueva (pagó una suma de dinero, que si la escribo aquí me dicen mentiroso).

Luego del crisol y el pavoneo del Politécnico, vino la incertidumbre; perdí mi primer trabajo con un cambio de gobierno, y en 1979, entre enero y junio salí dos veces del país; la segunda para una larga ausencia, pero no tan larga como esta última. No todas las experiencias migratorias pueden ser contadas; hay algunas que de amargas no salen de la pluma y mucho menos del alma; por ello no me preguntes cosas que no quiera contarte, no por vergonzosas sino por dolorosas, total el tiempo apremia y quizás no haya oportunidad para llorarlas juntos.

Mi segundo retorno de más allá del mar fue para cambiar mi vida y sumar una más y luego dos para ser cuatro; en éstas condiciones es que hemos emprendido ésta ausencia tan larga de algo más de dos lustros; dos lustros que parecen cien años; mis hijos ya son hombres, mi esposa se tiñe el pelo y yo perplejo los observo cambiar; en cada fotografía me muestran un extraño que dicen que soy yo.

Amigos mios quizás dos páginas continuas no sean suficientes para hablar de ausencias y retornos, pero si para decir que la vida y la balanza tienen sus parecidos, de un lado sus luces y alegrías y del otro sus nostalgias y cruces.