Crisis de la credibilidad en la cotidianidad

Por Carlos Luis Baron jueves 23 de agosto, 2012

Atravesamos por un período en que, nadie cree en nadie. Esta situación, se ha traducido a las instituciones. Como siempre, los perversos sacan provecho. Crean su propio mundo de opulencia e iniquidad, a costa de la división e ignorancia de las grandes mayorías.

El mayor daño que se deriva de la falta de credibilidad es el que proviene de la descalificación de las instituciones de sostén y desarrollo. La institucionalización, es la panacea. Los enemigos de esta viven manipulando y creando confusión evitando que la misma funcione.

Con mucho pesar hemos visto a individuos que han hecho su profesión, el convertir las institucionalidad en estropajo. Esto papagayos, la estrujan o abren, secan o mojan, dependiendo la situación que deseen presentar. Su medida está íntimamente relacionada con la cantidad de dinero que aspiren conseguir o le ofrezcan para defender una causa.

Todo el quehacer dominicano está desacreditado. El Estado y sus instituciones, son víctimas de este accionar. La familia la han convertido en campo de batalla donde convergen intereses irreconciliables. Esta situación se atiza y aprovecha con fines mercuriales.

Los componentes objetivos y subjetivos de la credibilidad, son hilos manipulables momentánea y estratégicamente, por expertos en comunicación. La cultura y las necesidades nacionales, cuentan muy poco cuando los intereses mercuriales y políticos, están de por medio. Estos dos propósitos, retuercen tradiciones y enmascaran fiestas.

La capacidad de generar confianza está consignada a las informaciones que se difunden por los medios de comunicación. Las ideas allí vertidas , son casi palabra de Dios. La repetición de un juicio y, el “dejar caer bolas”, en medio que se hacen ecos de ellas, son formas de desviar o crear confusión en la población. Esta última, es víctima de los llamados creadores de opiniones y comentaristas que, son sanguijuelas al servicio del mejor postor.

La crisis de credibilidad es la más despiadada y abarcadora de las tiranías. En ésta, por omisión, pereza, participación directa, complicidad con la opresión e individualismo, permitimos que la opresión se adueñe, de forma abierta y solapada, de los más íntimos sentimientos y pensamientos de una sociedad, sustituyéndolos por los de los opresores. Con estos se llegan a identificar. Esta es la tiranía que más ha penetrado y ha pasado desapercibida. Su grado de democratización es significativo en los diferentes estratos de la sociedad. Sus daños, por igual, son considerables. Envenenan el alma, antes de matar el cuerpo.

A unos pocos se nos hace difícil entender el placer y morbosidad de muchos, con el mal ajeno. Este es el pan nuestro de cada día. Al vecino, el compañero…le duele la actitud de progreso de su colega. Enferman los juicios de supuestos sanos, contra personas presentadas como culpables de ciertos delitos. La capacidad de veneno que sale de las bocas de muchos, denota el grado de enfermedad y retorcimiento que tenemos como sociedad.

Bajo la dictadura, la gente temía de quien tenía cerca. El chivateo estaba a la hora del día. En este régimen, los centros de trabajo, las aulas de los centros educativos y la convivencia en los vecindarios, nos hacen detractores o víctimas de aquellas personas que necesitamos. ¡Tememos y nos temen! La voz interna de la envidia, ante el bienestar y los logros, muchas veces, es sorprendida por los buenos sentimientos. ¡Nos avergonzamos, de nosotros mismos!

Ese sentimiento, fruto del desenfoque de los propios principios y de la degradación de los valores, se convierten en desamor por uno mismo y el prójimo. Las estimaciones que escuchamos de particulares nos dicen la capacidad destructiva que se gesta en nosotros. Tenemos una sociedad enferma. Aquellos encargados de velar por su inocuidad, le inyectan maledicencia. A esto, lo hemos visto, le sacan provecho en líquido.

Como sociedad, no lograremos sobrevivir sin creencia en nuestras propias fuerzas. No tendrá sentido vivir en esta tierra si no hacemos de la institución de la unión de un hombre y una mujer algo sagrado, perdurable y radiante de amor. Si no logramos rescatar el rol de la escuela y damos su justo valor a cada uno de los agentes que allí interactúan, nunca respetaremos las competencias del que de allí sale. ¡No llegaremos a ninguna parte! ¡Decidamos vivir nuestra propia historia o la de otros pueblos!