Critica al mito de las doctrinas sociales del desarrollismo fondomonetarista en RD : 1980-2000

Por El Nuevo Diario lunes 16 de julio, 2012

A principios de los años ochenta República Domini­cana quedó aislada rodeada por un mundo pre capitalista subdesarrollado, muchos de cuyos gobiernos deseaban im­pedir la consolidación de nuestras economías. El mero hecho de que en los años setenta a los dominicanos se les sellara el pasaporte cuando viajaban a Cuba resultaba una ofensa para los Estados Unidos. Tal es así, que hasta el reconocimiento diplomático de nuestra existencia podría considerarse como un reconocimiento, lo cual demuestra nuestra condición moderna como colonia.

Trujillo, siempre realista, estuvo dispuesto, y hasta ansioso para colaborar con los norteamericanos en prin­cipio, con los europeos después, para luego encontrar con que los rusos no aceptaron su oferta. Así pues, República Domi­nicana se vería obligada a emprender un desarrollo autárquico, prácticamente aislada del resto de la economía mundial, que paradójicamente pronto le proporcionaría su argumento ideológico más poderoso: el nacionalismo per se; al parecer inmune a la persecución diplomá­tica que asoló su régimen luego del asesinato de las her­manas Mirabal.

La política contribuyó una vez más a aislar la econo­mía dominicana en los años treinta y todavía más en los años sesenta. La guerra fría congelaría las relaciones tanto políticas como económicas con los países socialis­tas. A efectos prácticos, todas las relaciones económicas entre Santo Domingo y la zona izquierdista del mundo aparte de ser triviales o inconfesables tenían que pasar los controles estatales impuestos por ambos.

El comercio entre República Dominicana, el bloque socialista y demás países capitalistas estaba en función las relaciones públicas. No fue hasta los años setenta y ochenta cuando aparecieron indicios de que el univer­so autónomo del poder político dominicano se estaba integrando en la economía mundial. Las economías de planificación centralizada y las de corte occidental po­drían estar estrechamente vinculadas como lo demues­tra la apertura hacia Cuba y los países de la "órbita socialista" como lo indicaban nuestras tarjetas de pasaporte hasta 1978.

Este simple dato indicaba que nos estábamos inte­grando económicamente. Visto en perspectiva, puede decirse que ese fue el principio del final de las ideas so­cialistas en Santo Domingo. Aún cuando no existe razón teórica por la que la economía dominicana, tal como surgió de la revolución de 1965 y las expediciones de Maimón y Estero Hondo, no hubiese podido evolucio­nar en relación más íntima con el resto de la economía mundial.

Los sectores oligárquicos de la República Dominicana, unidos a reaccionarios de la derecha conservadora estaban íntimamente vinculados, como demuestra- en la sociedad de 1970- que en un momento determinado los hombres de empresa obtenían la cuarta parte de sus importaciones y demandas políticas bajo un proteccionismo sin rodeos.

Sin embargo, la república ‘moderna" de la cual ha­blan los políticos con pensamientos "nuevos" fue la que surgió a partir de 1990 de la cual se ocuparan de hablar los historiadores y por la cual aún tenemos esperanzas de que podemos existir. El hecho fundamental de que la República Dominicana persista en sus afanes de "luchar contra la pobreza" significa al menos de que esperamos sobrevivir al aislamiento y fortalece la identidad de al­gunos "idealistas utópicos" de que pudiéramos convertirnos en el centro de liderazgo de una economía global en el Caribe

Ninguno de los partidos políticos nacionales y sus seguidores habían considerado necesarias- para el esta­blecimiento de una economía de mercado- que en nues­tro país estaban presentes las bases para el desarrollo so­cial y económico. Los líderes y "pensadores nacionales" marchaban al paso de su propio atraso y veían sólo una masa ingente (pueblo), les protegía y maldecía cada cuatro años. Los gobiernos domini­canos les interesaban precipitar los estallidos sociales si partimos de sus ejecutorias cotidianas.

Las condiciones previas para la cons­trucción de la democracia no fueron exactamente lo que suponía que iba a ocurrir entre 1966-1986 y lo que parecía justificar la polémica decisión de trazar una estrategia para la conquista del poder de los remanentes de Trujillo, que significó en madres solteras, hijos huérfanos y una economía asistencialista de pobreza.

Los subsidios guberna­mentales aumentaron consi­derablemente en los gobier­nos de Balaguer (1966-1978) y se dispararían en los gobiernos del PRD Antonio Guzmán (1978-1982) y Salvador Jorge Blan­co (1982-1986). No es ninguna coinci­dencia que estos gobiernos serán juzgados severamente por los historiadores contemporáneos.

El Estado se convirtió, por lo tanto, en un pro­grama para enriquecimiento ilícito de los políticos de turno lo que nos haría atrasados hasta el tope. Por lo tanto, para transformar países atrasados en avanzados es necesario acentuar discursos de campañas alrededor del "crecimiento económico" carente de atractivo con un sistema de partidos políticos de castas, sin planifica­ción, y ni siquiera con los recursos humanos calificados. Esto los obliga desesperadamente a recuperar las "bases del pueblo" de donde provienen. Además, nuestro mo­delo económico todavía no es el más apropiado para nuestras realidades internas con el resto del mundo, que en su mayor parte aún reconoce la imagen, en el atraso político cultural rural de nuestros antepasados.

La "fórmula dominicana" del desarrollo económico consiste en la construcción ultra rápida de grupos de po­der alrededor de los líderes políticos dominantes de los respectivos partidos. Los conceptos de las infraestructu­ras esenciales para una sociedad industrial moderna son desconocidos por la mayoría de pre-candidatos pre­sidenciales y está basado en el personalismo y en el me­jor de los casos en su manera "mejor pensada".

Repúbli­ca Dominicana no resultaba un modelo atractivo de in­versión que Puerto Rico, Jamaica o Cuba por el hecho de ser pobre, sino que a los inversionistas les parece más adecuado invertir su capital privado orientado a una mejor seguridad jurídica o por lo menos hacia una ven­taja de persecución de beneficios.

La idea de democracia inspiraría a una serie de líde­res que acababan de arribar y convertirse en poco tiem­po, es lo que hoy es la "pujante" clase empresarial dominicana. Rechazaban en público el proteccionismo y los bajos salarios, pero en privado les reprochaban a los go­biernos el pago de impuestos. Eso creó fuga de capitales y una evasión de impuestos que se manifiesta en inesta­bilidad económica.

Luego, al pretender unirnos comercialmente con otros países la fórmula que habían utili­zado para crecer desorbitadamente de manera econó­mica y particular les pareció poco adecuada, debido a que se dieron cuenta del sistema primitivo y agrícola con que contaban – en comparación con países globalizados- con capacidad para competir con sus productos internacionalmente, era abismal.

Este impacto se traduce hoy diariamente e ilustra fehacientemente nuestra deso­rientación política y económica. La tarea de la construcción del desarrollo les pareció descabellada a los políticos dominicanos quienes no com­prendían lo que sucedía en su entorno. A esto se uniría el ritmo avasallante del transporte y la tecnología. Nues­tros gobernantes en los períodos de guer­ra y sobre todo a principios de 1900 empren­dieron fórmulas económi­cas ineficientes.

El ritmo de creci­miento de la economía dominicana no superaría las expectativas salvo cuando en los pri­meros años "creceríamos más de prisa" de lo que éramos "ayer" hasta el punto de que "dirigentes" dominicanos creían sinceramente que de seguir la curva de crecimiento al mismo ritmo nuestra democracia su­peraría la producción en un futuro inmediato, como lo creían también los economistas de 1970.

Más de un observador económico – de origen domini­cano- de los años sesenta se debe estar preguntando si el desarrollo llegará a ocurrir. Es curioso que en las obras de los más "reconocidos" intelectuales falte cualquier ti­po de discusión acerca de la planificación, que se con­vertiría en el criterio esencial de la democracia o acerca de una industrialización con prioridad para la produc­ción, aunque la planificación esté implícita en una eco­nomía de mercado, pero antes y después de 1930, los pensadores, políticos y teóricos dominicanos habían esta­do demasiado tiempo "ocupados" como para pensar en serio en el carácter de la economía y la democracia, y an­tes de octubre de 1961 el propio Trujillo, en expresión de su propia cosecha no hizo ningún intento de "inventar" en lo desconocido.

Fue la crisis de la guerra civil la que nos hizo enfrentarnos directamente con la realidad. La guerra nos condujo a otra aventura y ya para 1970 se or­ganizó la lucha contra el "capital extranjero". Nuestra economía de guerra conllevó planificación y economía de Estado. Luego de la Guerra de Abril, los gobiernos dominicanos, sin excepción aplicarían el centralismo de­mocrático, y tendían por naturaleza o principio a evadir la gestión privada, asumir la pública y a prescindir del mercado y del mecanismo de los precios, sobre todo porque ninguno de estos elementos resultaba útil para improvisar la organización del esfuerzo nacional para el desarrollo de la noche a la mañana.