Crónicas sobre el declive global del sindicalismo en la era de las privatizaciones

Por Euclides Euclides martes 24 de julio, 2012

El declive del sindicalismo, debilitado tanto por la depresión económica como por la hostilidad de los go­biernos neoliberales aceleró este proceso social puesto que una de las funciones que más cuidaba era precisamente la protección del empleo. (AMD; ADP). La economía mundial estaba en expansión pero el mecanismo auto­mático mediante el cual esta expansión generaba em­pleo para los hombres y mujeres que accedían al merca­do de trabajo sin una formación especializada y quienes se estaban desintegrando generó nuevos métodos fragmentarios de lucha. (Rep. Dom. 1962-1989).

Para plantearlo de otra manera, la revolución agríco­la hizo que el campesinado, del que la mayoría de las personas formó parte a lo largo de la historia re­sultase innecesario pero los millones de personas que ya no se necesitaban en el campo fueron absorbidos por ocupaciones intensivas en el uso del trabajo que sólo requerían una voluntad de trabajar, la adapta­ción de rutinas campesinas – como las de cavar o construir muros – o la capacidad de aprender en el trabajo. ¿Qué les ocurriría a esos trabajadores cuando estas ocupaciones dejasen de ser necesarias?

Aun cuando algunos pudieran reciclarse para desempeñar los oficios especializados de

otros sectores de mano de obra barata la mayoría desempleada continuaría ex­pandiéndose, la mayoría de los cuales recibió una formación superior. No había puestos suficientes para compensar las pérdidas.

Que les sucedería, entonces, a los cam­pesinos de la República Dominicana que seguían abandonando sus conucos? En los países ricos del capitalismo tardío tenían las agencias asistencialistas de bienestar en los que apoyar­se, aun cuando quienes dependían per­manentemente de esos sistemas de­bían afrontare el resentimiento y el des­precio de quienes se veían a sí mis­mos como gentes que se ganaban la vida con su trabajo.

En la República Dominicana pobre en­traban o formaban parte de la amplia franja de la economía " informal" o "paralela", en la cual hombres, mujeres y niños vivían en las cañadas, nadie sabe cómo, gracias a trabajos ocasionales, servicios, cha­puzas, compra, venta y hurto.

En los países subdesarrollados empezaron a constituir, una ‘"subclase" cada vez más segregada cuyos problemas se consideraban de facto insolubles, pero secundarios, ya que formaban tan sólo una minoría permanente. El gueto de la población negra en Santo Domingo se ha convertido en el ejemplo tópico de este submundo social. Lo cual no quiere decir que la economía "subterránea" no exista en las clases más ricas del país. .

Los investigadores se sorprendieron al descubrir que a principios de los noventa había más escape y dolo en cuanto al pago de impuestos – de parte de las diferentes capas sociales del país y por hogar -, o sea, un promedio cuya cifra cuantía se justificaba por el hecho de que los grandes y pequeños negocios funcionaban por lo gene­ral en efectivo. Esto último refleja nuestra ignorancia del concepto constitucional del estado social de derechos por lo cual al autor se le debe permitir califi­car esta subcultura social en dominicana como de un folklo­re autóctono sin precedentes.

La combinación de depresión y de una economía estructurada en bloque para expulsar trabajo humano creó una sórdida tensión que impregnó la política domi­nicana en décadas de crisis. Una generación entera se había acostumbrado al fraude y al pleno empleo, (hijos de trujillistas y neo trujillistas) o a confiar en que pronto podría encontrar un trabajo ade­cuado en alguna parte. (New York). Y aunque la rece­sión de principios de los ochenta, (PRD) trajo inseguri­dad a la vida de los trabajadores industriales no fue hasta la crisis de principios de los noventa que amplios sectores de profesionales y administrativos empezaron a sentir que ni su trabajo ni su futuro estaban asegura­dos. Casi la mitad de los ha­bitantes de las zonas más prósperas del país temían que podían perder su trabajo por edad.

Fueron tiempos en que 1a gente con sus antiguas for­mas de vida minadas o prácticamente arruinadas estu­vieron a punto de perder el juicio o irse en botes a Puerto Rico. (Quiebra del sector financiero). No es aventurero señalar que entre 1966-1986, (Joa­quín Balaguer, Antonio Guzmán y Salvador J. Blanco), la población dominicana prefiriera la protesta como una muestra de suicidio colectivo, algo que tendrán que analizar y explicar los especialistas de la conducta hu­mana.

¿Tras el prolongado periodo de soledad, frustración y rabia, no es lógico que un conglomerado de ciudadanos decidieran ejecutar acciones precipitadas muchas veces por una catástrofe en sus vidas, como la pérdida de su trabajo o un divorcio? La creciente ruptura sociocultural que se ha generado en Santo Domingo y que tal vez contribuya a la desintegración de la democracia no fue quizás un accidente. Este odio social estaba presente en las le­tras de muchas canciones singulares de los años ochenta y es la realidad manifiesta de muchos documentales ba­sados en la miseria colectiva, transmitidos en los programas de mayor audiencia de la televisión local.

La sensación de desorientación y de inseguridad produjo cambios y desplazamientos significativos en la política de nuestra atrasada sociedad carente de recursos humanos con visión social. El impacto del desequilibrio se asentaba día a día en la inestabilidad de los precios semanales de los combustibles.

En épocas de problemas las oposiciones políticas suelen inclinarse a culpar al gobierno de turno en el poder – que muchas veces era una victima de los anteriores .Pero la no reacción social de los gobiernos contra la minoría beneficiaba a las fuerzas del crimen y del narcotráfico internacional. Irónicamente, lideres políticos con visión de progreso quienes sufrieron el impacto del desequilibrio internacional sobre el cual se asentaba la estabilidad de nuestra "democracia", y se mantienen aferrados al pasado.

En épocas de problemas económicos los votantes suelen inclinarse a culpar al partido o al régimen que es­tá en el poder pero la novedad de las décadas de crisis fue la reacción contra los gobiernos que necesariamente no beneficiaban a las fuerzas de oposición.

Irónicamente, aún con la victoria electoral de Hipólito Mejía (2000-2004) los máximos perdedores fue­ron los seguidores del PRD (socialdemócratas) o los socialcristianos, (PRSC) cuyo principal ins­trumento para satisfacer las necesidades de sus partidarios consiste en un amplio y desconcertante sistema asistencialista (funditas y reparación de casas de madera y cinc), a través de los repartos de los gobiernos nacionales. Así, el bloque central de sus parti­darios (PRSC-PRD) y una gran parte del PLD (obreros) se ha fragmentado. En la nueva eco­nomía transnacional los salarios internos estaban más directa­mente expuestos que antes a la competencia extranjera y la capa­cidad de los gobiernos de proteger­los era bastante menor. Al mismo tiempo, en una época de de­presión los intereses de varias de las partes que constituían el electorado socialdemócrata tradicional (PRD) divergían: los que te­nían un trabajo (relativamente) seguro y los que no lo tenían.

Algunos líderes social demócratas lograron una presencia significativa en la política, a veces con predomino regio­nal, aunque a finales del siglo XX ninguno ha­ya reemplazado de hecho a los viejos "establecimientos políticos". Mientras tanto, el apoyo electoral a los otros partidos experimentaba grandes fluctuaciones.

Algunos de los más influyentes abandonaron el uni­versalismo de las políticas democráticas y ciudadanas y abrazaron las de alguna identidad de grupo compar­tiendo un rechazo visceral hacia los marginados y ex­tranjeros y hacia el estado-nación de convivencia de la tradición revolucionaria dominicana.

Más adelante nos ocuparemos de aquellos que "exigen" "políticas de identidad" luego que los grupos de sociedad civil se beneficiaran en el pasado- presente del de­sorden económico y social de este modelo económico. Sin embargo, la importancia de estos movimientos sociales de corte corporativo no reside tanto en su contenido positivo como en su re­chazo de la "vieja política", sino, en un equilibrio demo­crático de unos orígenes sociales decadentes.

De más está decir, (aunque muchos lo nieguen, tratando de mentirle al pueblo) que la nación dominicana no tiene rumbo con una oposición y un oficialismo dependiente y sub desarrollado que es­tá estructurado para que unos cuantos – unos pocos – que se beneficien de la renta real de todos.

Tras los conflictos políticos de mediados de 1994 se había cumplido el margen para aplicar el limpiador neoliberal. La izquierda dominicana tuvo que acabar admitiendo que algunos de los implacables correctivos impuestos a la economía dominicana por el Doctor Ba-laguer en (1990) eran probablemente necesarios. Había buenas razones para esa "desilusión" acerca de la ges­tión de las industrias estatales y de la administración privada que acabó ser tan común en los ochenta.

(Anto­nio Isa). Sin embargo, la simple fe en que la empresa era buena y el gobierno malo no constituían una política económica alternativa. Ni podía serlo en un mundo en el cual – incluso en los Estados Unidos- Ronald Reagan representaba la vieja idea del gobierno central, que a su vez representaba casi un cuarto de los países desarrollados – de la Europa occidental – quienes representan casi el 40 por 100 de las inversiones norteamericanas.

Estos enormes pedazos de la economía podían administrarse con un estilo empre­sarial, con el adecuado sentido de los costos y los bene­ficios, pero no podían operar como mercados aunque lo pretendiesen los ideólogos. (Andy Dauhajre). En cualquier caso, la mayoría de los gobiernos neoliberales se vieron obliga­dos a gestionar y a dirigir sus economías, aun cuando pretendiesen que se limitaban a estimular las fuerzas del mercado.

No existe fórmu­la privada alguna con la que se pudiese reducir el peso del Estado. Tras catorce años fuera del poder, el más ideo­lógico de los regímenes del populismo, el Santo Domingo "hipolitista", acabó gravando a sus ciudadanos con una car­ga impositiva considerable­mente mayor que la que había maniobrado Lilis.

De hecho, no hubo nunca una política económica neoliberal única y específica excepto después de 1990, en los antiguos pensadores del área marxista donde con el asesoramiento de jóvenes "leones" de la economía occidental se hicieron intentos, condenados previsiblemente al de­sastre político luego de implantar una economía de mercado de un día para otro.

El prin­cipal régimen neoliberal, los Estados Unidos del presi­dente Reagan, por ejemplo, aunque oficialmente comprometidos con el conservadurismo fiscal (equilibrio presupuestario-y monetarismo de Milton Friedman), utilizo – en realidad – métodos keynesianos para intentar sa­lir de la depresión 1979-1982 creando un déficit gigan­tesco que cerco a las clases medias y poniendo en marcha un no menos gigantesco plan armamentístico. Lejos de dar el valor del dólar a merced del mercado y de la ortodoxia monetaria, Was­hington volvió después de 1984 a la intervención deli­berada a través de la presión diplomática.

Así ocurrió con las regiones de Latinoamérica y El Caribe, más comprometidos con la economía del "laissez-faire" , especialmente Leonel Fernández y el status quo de empresa quienes eran visceralmente nacionalistas e irónicamente aliados del mundo exterior.

Los historiadores no pueden hacer otra cosa que constatar que ambas actitudes son contradictorias. En cualquier caso, el triunfalismo neoliberal no sobrevivió a los reveses de la economía mundial de principios de los noventa, ni tal vez tampoco al inesperado descubrimiento de que la economía más dinámica y de más rá­pido crecimiento del planeta, tras la caída del comunis­mo europeo- la duna comunista – lo cual llevó a los profesores de las escuelas de administración de empre­sas occidentales y a los autores de manuales de esta ma­teria a estudiar las enseñanzas de Confucio en relación con los secretos del éxito empresarial. (José Luis Ale­mán).

Lo que hizo que los problemas económicos de las décadas de crisis en República Dominicana resultaran más preocupantes (y socialmente subversivos) fue que las fluctuaciones coyunturales coincidieron con cata­clismos estructurales.

La economía mundial que afron­taba los problemas de los setenta y los ochenta ya no era la economía de la edad de oro, aunque era, como he­mos visto, el producto predecible de la época. Su sistema productivo quedó transformado por la revolución tec­nológica y se globalizó extraordinariamente, con conse­cuencias espectaculares. Además, en los años setenta era imposible intuir las revolucionarias consecuencias socia­les y culturales así como sus potenciales consecuencias ecológicas.

Todo esto se puede explicar muy bien con los ejem­plos del trabajo y el paro en una isla llamada La Española, según Euclides Gutiérrez Félix. La tendencia general de la industrializa­ción ha sido la de sustituir la destreza humana por la de las máquinas.

El trabajo humano, por fuerzas mecáni­cas, dejando a la gente sin trabajo. Se supuso, correcta­mente que el vasto crecimiento económico de los em­presarios dominicanos crearía automáticamente pues­tos de trabajo más suficientes para compensar los anti­guos puestos perdidos, aunque habían opiniones muy diversas respecto a qué cantidad de desempleados se precisaba para que semejante economía pudiese funcio­nar.

Nuestras crisis confirmaron nuestro opti­mismo. El crecimiento de una parte de la República Do­minicana era tan grande que la cantidad y la proporción de trabajadoras industriales no descendió significativa­mente ni siquiera en los sectores más industrializados.

Pero las décadas de crisis empezaron a reducir el empleo en proporciones espectaculares, incluso en las industrias en proceso de expansión (vidrio). El número de trabajadores disminuyó rápidamente en términos relativos y absolutos. El creciente desempleo de estas décadas no era simplemente cíclico, sino estructural.

Los puestos de trabajos perdidos en las épocas malas no se recuperaban en las buenas, o mejor dicho, nunca volverían a recuperarse. Esto no sólo se debe a que la nueva división internacional del trabajo transfirió in­dustrias a los nuevos, convirtiendo los antiguos cerros "industriales" en "cinturones de chatarras" o en espec­taculares paisajes urbanos en los que se había borrado cualquier vestigio de la antigua industria, como en un estiramiento facial. (CORDE).

El auge de los nuevos países industriales es sorprendente: A mediados de los ochenta, siete de estos países tercermundistas consu­mían el 24 por 100 del acero mundial y producían el 15 por 100; tomaban índice de industrialización tan bueno como cualquier otro.

(México, Venezuela, Brasil y Ar­gentina). Además, en un mundo donde los flujos eco­nómicos atravesaban las fronteras estatales (con la ex­cepción de los dominicanos nacidos en Nueva York o los emigrantes en busca de trabajo), las industrias con uso intensivo de trabajo emigraban de los países con salarios elevados a países de salarios bajos; es decir, de los países ricos que componían el núcleo central del ca­pitalismo, como los Estados Unidos, a los países de la periferia (República Dominicana).

Cada trabajador do­minicano en Madrid representa un lujo si, con sólo cru­zar el océano hasta el "Corte Fiel", se podía disponer de un trabajador que, aunque fuese inferior, costaba varias veces menos.

Pero, incluso, países preindustriales co­mo el nuestro, de industrialización incipiente, estaban gobernados por la implacable lógica de la mecaniza­ción, que más pronto o más tarde haría que incluso el trabajador más barato costase más caro que una máqui­na capaz de hacer su trabajo y por lógica, igualmente implacable, de la competencia del libre comercio mundial. Por barato que resultase el trabajo en Do­minicana, comparado con Brasil o Argen­tina, la agroindustria de Sao Paulo se en­frentaba a los mismos problemas de des­plazamiento de trabajo por la mecanización que tenían en Santo Domingo.

O por lo menos el rendimiento y la productividad de la maquinaria podían ser constantes y a efectos prácticos, infinitamen­te aumentados por el progreso tecnológico, y su costo reducido de manera espectacular-.

Sucede lo mismo con los seres humanos, como puede demostrarlo la compa­ración entre la progresión de la velocidad en el trans­porte aéreo y la de la marca mundial de los cien metros lisos. El costo del trabajo humano no puede ser en nin­gún caso inferior al costo de mantener vivos a los seres humanos al nivel mínimo considerable aceptable en su sociedad o, de hecho a cualquier nivel.

Cuanto más avanzada es la tecnología, más caro resulta el compo­nente humano de la producción comparado con el me­cánico, y esto último deben comprenderlo los políticos y empresarios dominicanos. La tragedia histórica de las décadas de crisis consistió en que la producción pres­cindía de los seres humanos a una velocidad superior a aquella en que la economía del mercado creaba nuevos puestos de trabajo para ellos.

Además, este proceso fue acelerado por la competencia mundial, por las dificul­tades financieras de los gobiernos que directa o indirec­tamente eran los mayores contratistas de trabajo (grado a grado), así como, después de 1980, por la teología im­perante de libre mercado. Esto significó, entre otras co­sas, que los gobiernos y otras entidades públicas deja­ron de ser contratistas de trabajo en última instancia. (CODIA).