Cuál es la herencia de las privatizaciones en la era global del neoliberalismo en RD?

Por Carlos Luis Baron miércoles 4 de julio, 2012

Mientras la disparidad de los ingresos de los do­minicanos aumentaba el desarrollo económico se estancaba. La igualdad de la productividad se ase­mejaba a una distribución de pobreza. Verdadera­mente, la gran desigualdad social de la República Dominicana no puede dejar de guardar relación con la ausencia de reforma agraria, en tanto esta fuera acogida por el campesinado, por lo menos hasta que se pasó de la colectivización de las tierras a la constitución de cooperativas, como fue norma ge­neral de los países comunistas.

Sin embargo, lo que los modernizadores vieron en esta reforma no era lo que representaba para los campesinos a quienes no interesaban los asun­tos macroeconómicos sino que veían la política nacional desde un punto de vista paralelo de los pensadores de las ciudades y cuyas demandas de tierras no se basaban en principios generales, sino en exigencias concretas Así la reforma agraria instituida por sectores del gobierno del doctor Joaquín Balaguer fracasó debido a que las comuni­dades campesinas han vivido en difícil coexistencia con las grandes haciendas ganaderas del país, a las que propor­cionaran mano de obra, y la reparti­ción de tierras fue vista simplemen­te como la justa devolución al campesino de las tierras despojadas por generales, políticos y terratenientes cuyos límites habían conservado en sus recuerdos durante siglos y cuya pérdida no habían aceptado.

A los campesinos dominicanos no les importaba ni el manteni­miento de las viejas empresas como unidades de producción ni los experi­mentos cooperativistas, ni otras prácticas agrícolas innovadoras, sino la asistencia mutua tradicional en el seno de las comunidades que distaban mucho de ser igualitarias.

Después de la reforma las comunidades volvie­ron a "ocupar" las tierras de las haciendas converti­das en cooperativas como si nada hubiese cambiado en el conflicto entre haciendas y comunidades. Para ellos nada había cambiado realmente. La refor­ma agraria sería pues un éxito político de los go­biernos de Joaquín Balaguer, pero sin consecuencias económicas de cara al desarrollo posterior agrícola de República Dominicana.

No ha de sorprender que un estado postcolonial como el nuestro fuera una región dependiente del viejo mundo imperial e industrializado. Lo que bá­sicamente ocurría era que para otras sociedades de­sarrolladas era factible tratar con sociedades pobres en comparación con el mundo desarrollado e inclu­so resultaba posible reconocernos como dependientes.

De manera que se iría formando un pensamien­to obtuso en materia económica donde se llegó a pensar que el mercado mundial del capitalismo o la libre iniciativa de la empresa privada doméstica proporcionaría el desarrollo social . Además, durante la guerra fría todos pensarían que era inevitable aliarse a los Estados Unidos o a la Unión Soviética.

Nuestros pensadores en su mayoría no eran más que inspiradores radicales o ex revolucionarios anti­colonialistas quienes se oponían a todo vestigio de crecimiento humano. Todos ellos, al igual que otros regímenes decían ser socialistas a su manera.

Simpatizaban con la Unión Soviética o por lo me­nos estaban dispuestos a recibir su asistencia econó­mica y militar, lo cual no resulta sorprendente ya que los Estados Unidos habían abandonado su tradición anticolonialista de la noche a la mañana, después de que el mundo quedase dividido y buscaban ostensi­blemente aliados entre los elementos más conserva­dores del tercer mundo. No obstante, la diferencia de los simpatizantes de los Estados Unidos en Repúbli­ca Dominicana era de la intención de unirse antes que verse en conflictos potenciales y crisis políticas.

Aún así buena parte de nuestro país se mantuvo alejado de conflictos tanto globales como regionales hasta después de la revolución cubana. Cultural y lingüísticamente nuestra población era oc­cidental, ya que la gran masa de los habitantes po­bres era católicos. Si bien nuestro país había hereda­do de sus conquistadores ibéricos una egoísta jerar­quía racial, también heredamos de los españoles, en su inmensa mayoría de sexo masculino una tradición de mestizaje en gran escala. Había poca gente que fuese totalmente blanca, salvo en asentamientos montañosos como Jarabacoa y Constanza y parte de la región sur del país (Baní) quienes fueron pobladas por inmigrantes europeos y con muy pocos indíge­nas o criollos.

En ambos casos el éxito y la posición social borra­ron las distinciones raciales y ya para 1898 República Dominicana había tenido como presidente a un negro de ascendencia haitiana, Ulises Heureaux. Hasta el día de hoy nuestro país se ha mantenido al margen del círculo vicioso de política y nacionalismo étnicos que hace estragos en los demás continentes.

Además, la mayor parte de la sociedad reconocía ser lo que ahora se denomina una dependencia "neocolonial” de una potencia imperial única, los Estados Unidos. Es por ello, por esta idea, que los gobiernos dominicanos están conscientes de lo inteligente que es, estar de lado de Washington. Si no lo conocen perfectamente, al menos nuestros políticos instintivamente sólo viéndose en el espejo de Cuba, quien hizo su revolución y estaba dispuesta a discrepar de los norteamericanos y la OEA la expulsó. Y sin embargo, justo en el momento en que en la República Dominicana, las ideologías basadas en el apogeo y el libre mercado comenzaron a eficientizar la economía tan pronto, como sucedió, empezó a desmoronarse.

En los años setenta se hizo cada vez más evidente que un sistema en declive no podía abarcar adecuadamente a unos ciudadanos cada vez más diferentes.

El sistema político sería útil para nos cuantos y nos hicieron pensar que el país estaba dividido entre ricos y pobres.

Desde entonces nos designaron roles que se iban incrementando a los ojos de todos y el destino estaba plenamente justificado. La diferencia de PNB per cápita entre los ricos y pobres pasaría de colectivo a individual, es decir, había dos países en uno solo. Así nuestra sociedad, es evidente que ha dejado de ser una entidad única.

Lo que nos dividió no fueron las ideologías sino fue básicamente el desarrollo económico que trajo la desigualdad social. Irónicamente la guerra de abril del año 1965 generó una oleada de desempleados en su mayoría sin formación terciaria, quienes desde cualquier punto de vista y hasta entonces se convirtieron en padres de familia sumamente pobres a escala nacional, sobre todo los que no poseían un hogar propio y eran individuos escasamente instruidos, por lo general obreros. Era pues, manifestamente imposible avanzar como país con un producto interno por debajo de la línea de la pobreza y con donaciones y erogaciones del gobierno norteamericano.

A nuestros estados pobres situados en la dependencia casi absoluta y donde el creciente peso demográfico y baja productividad económica, sencillamente no nos iba tan bien. Pero a pesar de todo, resultaría evidente que por más desventajas que existiera para convertirnos en ricos, de esa misma manera casi invariablemente estábamos tentados a tirarlo todo por la ventana. Al llegar a los años ochenta nos llenaríamos de deudas. En segundo lugar, parte de nuestro país superaría su entorno tercermundista, algunos se industrializaban particularmente y ostensiblemente hasta unirse a ciudadanos del primer mundo, aunque continuasen muchos más pobres.

Nuestras diferencias cuantitativas eran patentes. La República Dominicana del 1970 no es la misma de hoy, sin embargo sigue siendo tan pobre como ayer. Y esa es la realidad. Así que no existe ninguna definición exacta de las justificaciones de algunos teóricos sobre el tópico de que hemos avanzado colectivamente.

De hecho, en la categoría de países en desarrollo seguimos siendo una economía de servicios, dependiendo incluso de las materias primas y remesas en dólares.

Si estuviéramos dependiendo más allá de los lími­tes de los países pobres nuestro sentido estricto hu­biera sido la de una economía de mercado real, o sea, de una sociedad capitalista de derechos sociales y regulación estatal.