Cuenta progresiva: Hipólito, ¿una presa de sus estrategas políticos?

Por Carlos Luis Baron domingo 3 de junio, 2012

Los planes electorales pepehachistas fueron múltiples y concebidos para ser montados de modo “infalible”: 1. Desacreditar, ante los ciudadanos, organizaciones y personalidades extranjeras, a los candidatos y partidos de gobierno con la victimización de las “bondades” perredeístas frente a un “insaciable e indolente gobierno que abusa de los recursos del Estado y de la disponibilidad de fuerzas militares y policiales para perpetuarse en el poder y con ello proteger la corrupción…”

2. Invadir los colegios electorales con la asignación de delegados políticos camuflados para aprovechar su facultad al voto, entre otras travesuras de esta índole. 3. Desinformar a los potenciales simpatizantes peledeístas mediante correspondencias procedentes de oficinas de correos (principalmente en el exterior) proporcionando falsos horarios y direcciones de Colegios Electorales distorsionadas. 4. Con el propósito de que sus delegados políticos anularan y no observaran votos de potenciales peledeístas.

5. Activar rumores, a su favor, de supuestos sondeos a boca de urnas e incrementar la especie a raíz de la proximidad de los escrutinios; todo ello en la misma dirección táctica y estratégica en que dichos planes convergían en la decisión de una entramada que los condujera a un triunfo “de hecho”, sin que les importara la realidad de los resultados ya que, en el peor de los casos, el plan subsiguiente “obligaría” a una negociación tipo elecciones 1994 o mejor aun “dividirse el pastel mitad a mitad”.

De este numeral, 5, podemos recordar los medios osados de desinformación que tuvieron que ser amonestados. De igual manera la tensión vivida frente al chantaje de la cúpula perredeístas, con su candidato a la cabeza, desde el primer momento que empezaron a darse a la luz pública los primeros boletines de la Junta Central Electoral, tiempo en que el centro de cómputos del PRD habría recibido las informaciones pertinentes de parte de sus delegados políticos diseminados en todos los Colegios.

El atrincheramiento de Hipólito Mejía en su “poderoso” centro de cómputos, con la insinuante advertencia de que allí se revisarían acta por acta, al tiempo que algunos medios de comunicación afines a los pepehachistas, a los que ellos debían permanecer en sintonía a la espera de “la señal”, se echaban leña al fueron con la repetición de denuncias planificadas que motivaban a perredeístas de la base para que acudieran a los locales del PRD donde se arremolinaban lanzando consignas de estar preparado para lo que dijera Hipólito Mejía en su prometida alocución al país.

Hipólito habló el día 21, próximo a las 8 de la noche. Mientras leía, la mayoría en el local perredeísta parecían no entender el mensaje del discurso. Otros que escuchábamos a distancia, intuíamos a un Hipólito que se esforzaba en mantener una voz enérgica pero que contrastaba con el estilo sencillo, de pueblo, porque las voces y aplausos eran reacciones contrarias al sentido de las palabras. Los que no tienen nada “que perder” esperaban un llamado a la insubordinación, al desorden, al saqueo…

A Hipólito le hubiera sido fácil reconocer, a más tardar a las 8 de la noche del 20 de mayo, el triunfo de Danilo Medina pero, desde inicio de mayo, él, Hipólito Mejía, pasaba a un segundo plano ya que los diversos planes hacia “un triunfo seguro o negociación post electoral” eran producto de inteligencias ajenas a él. Ello lo demuestra la incoherencia durante un discurso en que lucía como si saltara letras, palabras y hasta oraciones. Donde parece que, adrede, saltó algunas palabras comprometedoras…

Las voces pro PPH predominantes, antes, durante y después de las elecciones, a través de esa emisora radial que todos conocemos, nos permite visualizar a un Hipólito Mejía que al final de la jornada fue presa de sus estrategas políticos, de sus compañeros de la cúpula, los que parecen haber agotado la “pólvora” acopiada en sus períodos gubernamentales tirándole a las garzas y, por lo tanto, estaban decididos a un “ahora o nunca”. Por ello pusieron en vilo la paz social garantizada por el PLD.