De la simpleza del caos al encuentro de la estética

Por Carlos Luis Baron domingo 8 de enero, 2012

Hemos convertido al mundo en un auténtico caos. Somos esclavos del dinero. No sabemos disfrutar de los montes y de los valles, de los manantiales que surcan los paisajes de la vida, ni de los caminos que se llenan de luces y palabras. Todo parte del ser humano, de su propia identidad, de su pertenencia a sociedades diversas, que han de converger solidarizándose unas comunidades con otras. Siempre unidos contra ese mundo ruin que rompe lazos y corrompe el pensamiento estético. Hemos de ser fuertes en la reivindicación de la persona libre y responsable, y, a la vez, hemos de ser fuente de derechos y deberes. Es preciso mundializar la belleza con la razón, unificar ideas con la luz del afecto como motor, pluralizar y personalizar las artes y las ciencias.

Está bien lanzar operaciones masivas de asistencia humanitaria en regiones afectadas por inútiles enfrentamientos; pero mejor aún será poner orden en el caos y ver la manera de cambiar actitudes egoístas. Quizás precisemos poner más corazón y menos hazañas, un suplemento de alma y un complemento de espiritualidad, en un planeta de tantos dioses que se creen inmortales.

El caos del mundo empieza por la tremenda obsesión del ser humano que se construye a sí mismo, en solitario, volviéndose ansioso por el poder a cualquier precio. Uno constata hoy una falta de humanidad, de ideas compartidas, de ideales que nos solidaricen en verdad y nos hagan fluir acciones verdaderamente fraternas. Más allá del individuo, que se destruye en su afán necio de ser uno y de ser Dios, está el encanto de la estética, la conciencia solidaria, la idea primera y primaria de que todos necesitamos de todos. Tenemos exceso de deuda, pero no tanto económica como moral. Los desastres morales son más tremendos que los económicos.

Es éste un mal vulgar que mata los corazones y que sólo se restituye con el paso del tiempo y la educación en valores. En la educación de las masas van a tener un papel primordial las religiones. Ilustrar a la opinión pública y educarla para que respete y aprecie los valores éticos, con tantas fuerzas contrarias a las que parece interesarles convivir con el caos, es bastante complicado hacerlo.

Debemos apostar por la realidad estética. Para ello, debemos convertir la política en una estética de servicio, no de intereses, incapaces de satisfacer el interés general. Hay que convertir la economía en una estética de honradez. Y las religiones en una estética de diálogo. Sin duda, los líderes espirituales tienen hoy una labor importante que llevar a cabo, de sembrar interrogantes y de ofrecer respuestas que permitan el discernimiento, de despertar a la humanidad ante el misterio de su propia existencia, de proporcionar, en suma, reflexión en un mundo en el que apenas nos han dejado tiempo para nosotros, es decir, para pensar en nosotros y por nosotros mismos. Recordemos al espiritual San Agustín, el santo que proclamó: "Ama y haz lo que quieras"; el hombre que dijo a los cuatro vientos:" Nosotros somos los tiempos. Seamos buenos y los tiempos serán buenos". Cuántas veces una palabra a tiempo nos libra de tantos males. Debiéramos saber que ser admirado es nada, que tener poder es nada; sin embargo, ser amado lo es todo en esta simpleza de caos que nos invade.

Son los pequeños pasos por la estética los que nos muestran y demuestran que el camino se hace al andar y que la motivación del camino ha de ser el bien colectivo. El conocimiento estético implica emoción, pero también serenidad en el disfrute de las cosas que nos rodean. La belleza, precisamente, surge del encuentro del ser humano con el espíritu original, con la autenticidad de la imagen de la humanidad en su conjunto. Nadie es una copia de nadie. Todas las personas somos piezas únicas, somos la expresión estética de la vida. Práctica por la que hemos de desvivirnos para sí y práctica que hemos de dejar vivir. Pues bien, en el plano de la experiencia estética es necesario pensar en la necesidad de crear un clima favorable a la pureza. Realmente, solemos admirar el ingenio, la lucidez de las persona, cuando lo que más debiera asombrarnos son sus bondades. Como solía decir el poeta y dramaturgo alemán Friedrich Schiller, "haciendo el bien nutrimos la planta divina de la humanidad; formando la belleza, esparcimos las semillas de lo divino". Y la belleza es todo. Platón mismo lo dijo: "la belleza, en el mundo, es la cosa suprema". Ella por si mismo se alumbra, es la luz que mueve y conmueve al cosmos.

Todo lo que no es estético no puede ser verdad y alienta la simpleza del caos, del desorden y desconcierto. Los tiempos actuales son tiempos desconcertantes, puesto que no generan verdadera libertad, sino inestabilidad y un cierto conformismo con las modas del momento. El desconcierto de tantas mujeres y niños maltratados por la pobreza, por la economía, por el poder y la toma de decisiones. ¿Dónde está el adelanto de la mujer y el avance pacifista en la educación de los niños?. Desconcierto por las perspectivas económicas, los modelos económicos, los recursos. ¿Dónde está el desarrollo social en la erradicación de la pobreza? El desbarajuste es de tal magnitud que impide a la estética desarrollarse en medio de un mundo bárbaro y hostil. Lo admirable es que surjan personas dispuestas a luchar por la veracidad, que por mucho que la eclipsemos jamás lograremos extinguirla. La estética de la verdad es lo que es, aunque se especule con el infortunio. Sin embargo, la simpleza del caos, guárdatela para ti, que no hay mayor falsedad que la realidad mal concebida.

Escritor

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