¿Debatir qué, y para qué?

Por Carlos Luis Baron jueves 9 de febrero, 2012

La verdad es que, ya estos políticos tradicionales, con el concurso pagado de algunas cajas de resonancias radiales, televisadas, o través de los medios escritos de comunicación, no saben como seguir mercadeándose, y embaucando a la población.

Ahora, el asunto gira en torno a la realización de un debate público entre los principales candidatos a la presidencia de la República, de cara al proceso electivo de mayo próximo.

Si es tomado en consideración que la esencia de un debate radica en la confrontación de pareceres, el análisis sustentado, y la discusión seria de los temas que se aborden, lo cual no parece tener mucha efectividad cuando de asuntos políticos-proselitistas se trate, habría que preguntarse entonces, ¿qué utilidad real tendría para la población un acto de esa naturaleza en estos momentos?

Ninguna, obviamente, ya que sería algo muy parecido a los llamados programas de gobierno que se elaboran, que sólo existen en papeles. En el debate, todo se quedaría a nivel de bla, bla, bla, y la única intención previsible sería la descalificación mutua entre los participantes.

Ahora mismo, el estar promoviendo una presentación de ese tipo, para debatir propuestas entre el Lic. Danilo Medina y el señor Hipólito Mejía, de la oposición, tendría muy poco sentido; en realidad no valdría la pena. El señor Medina por su parte, candidato del partido oficialista, vendría a hacer más de lo mismo que han hecho sus compañeros de organización, durante los años que tienen gobernando, bueno o malo. Además, sólo hay que pensar en el entorno que le rodea; ¡ahí está dicho todo!

Por su parte, el señor Mejía, no creemos que nada tampoco pueda hacer, superior a lo que fuera sus gestión de gobierno. Primero, por las características de los nuevos tiempos; además, contando con el concurso del mismo séquito anterior. Y, segundo, por el escenario preparado – difícil-, que se le habrá de dejar, en el caso de que logre ganar las elecciones.

Son ambos políticos tradicionales, de nuevo cuño, que nada diferente van a aportar. Todo será más de lo mismo en ambos casos. Uno, con más tacto y sutileza; y el otro, con la ligereza acostumbrada.

Luego, ¿para qué debatir nada frente al pueblo? Cada uno de ellos sabe muy bien en el fondo lo que se tiene que hacer en esta nación para cambiar sus inciertos derroteros, sin necesidad de tener que debatirlo. ¡Lo difícil es poder hacerlo! Llevar a la realidad las buenas intenciones que cualquiera de los dos pueda tener.

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