Democracia, divino tesoro

Por Carlos Luis Baron miércoles 19 de diciembre, 2012

La democracia no solo como concepto sino como sistema, es uno de los grandes logros de la sociedad moderna, pues ante todo la efectiva participación de todos los sectores de un conjunto social definen el destino de un país, inclusive del planeta entero. Sangre, sudor y lagrimas a los largo de la historia nos demostraron el sublime anhelo de los pueblos por lograr su libertad; viciada, imperfecta, defectuosa, errática, como fuese, pero libertad al fin, el problema principal no es alcanzarla sino poder mantenerla, y la mejor manera de hacerlo es bajo el ideal democrático, que requiere indispensablemente de la participación de todos, al igual que la vida encuentra su florecimiento solo bajo la luz del sol, diría Octavio Paz: “Sin democracia la libertad es una quimera”.

El mundo contemporáneo elevo considerablemente el costo de la democracia, ya que su obtención sin duda alguna exigió el sacrificio de millones, cabe destacar a quienes lucharon por una sociedad más justa en la segunda guerra mundial frente a la barbarie nazi, quienes con el peso de la consciencia detuvieron el apartheid sudafricano siguiendo el ejemplo de Mandela o bajo la sabiduría y resistencia pacifica, liberaron la India oprimida de Gandhi, quienes en Chile generaron la transición en medio de la férrea dictadura de Pinochet, quienes desmantelaron los muros blindados de la Unión Soviética y dieron paso a la Rusia democrática, quienes en Centroamérica dejaron a un lado el camino de las armas, para iniciar la conquista de los votos en las mesas de paz, o quienes más recientemente encendieron la primavera árabe, que desarraigo de su seno a quienes por años creyeron ser amos y señores del destino de sus naciones, son múltiples los ejemplos de la búsqueda de la libertad, porque con ella esta íntimamente conectado el sentimiento de desarrollo, calidad de vida y pluralidad, tan necesarios en la convivencia humana, y solo palpables en la estela de las decisiones de la gente para su propia organización, transformándose en un tema hasta jurídicamente sustentado. El nexo entre democracia y derechos humanos figura en el artículo 21(3) de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece:”La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto”.

Ante estos escenarios siempre recuerdo la pertinencia de la pirámide de Maslow, en esa incesante necesidad del ser humano de progresar, en lo individual y colectivo, por supuesto también por medio de los tipos de votos, El voto instintivo, de la necesidad fisiológica y la necesidad de seguridad, es el voto egoísta, el voto del miedo, el voto prisionero de la amenaza de una sociedad sin libertades, el reflejo inconsciente que nos asalta al acudir a las urnas y del que todos los partidos se sirven sin pudor. Es el voto que favorecen las democracias “totalitarias”. Si el impulso que genera el voto es el reflejo de la sociedad que se crea a posteriori, el que vota coartado por sus instintos nos aboca a una sociedad egoísta y materialista, un mundo consumido por el miedo donde la seguridad constituirá la excusa ideal para avasallar las libertades. Tienen más riesgo de votar así los que deben su bienestar económico a los partidos o los que simplemente lo sienten amenazado. El voto afectivo, de las necesidades de afiliación y reconocimiento, el que vota influenciado por sus afectos nos aboca a una sociedad irreflexiva, narcisista, hedonista y manipulable, un mundo que será abandonado a la voluntad de aquellos que se tomen el derecho a pensar. Por ultimo, el voto racional, de la necesidad de autorrealización; las necesidades de autorrealización son las más elevadas, ligadas a la propia consciencia, la motivación de crecimiento y la necesidad de ser de los individuos. Este es el voto racional, que quiere dar sentido a la sociedad por la búsqueda personal del lugar único que cada uno de nosotros ocupamos en ella. Es el voto del compromiso, el voto del individuo que es capaz de transcender más allá de sus necesidades afectivas o materiales. Este es el voto de una democracia participativa o directa. El que vota racionalmente genera una sociedad autocrítica, flexible y reflexiva; capaz de conceder a sus individuos los instrumentos para su propia autorrealización.

Una sociedad egoísta y materialista es más proclive al voto instintivo, voto que por otro lado tenderá a perpetuar su estado de necesidad permanente. Una sociedad hedonista y autocomplaciente es más proclive al voto afectivo, voto que con mayor probabilidad pueda abocar a la sociedad a la decadencia. Una sociedad racional, una sociedad de las ideas, es más proclive al voto reflexivo, voto que permitirá a la sociedad y a sus individuos alcanzar la autorrealización. Lo que no puede suceder nunca es abstenerse, desganarse, dejar los direccionamientos en manos de unos pocos, creer que ya no importa emitir una opinión y caer victima de la apatía, citando a Jorge González Moore “La indiferencia es el apoyo silencioso a favor de la injusticia” por tanto, de ningún modo pierdan la oportunidad de votar en el futuro, pero sean sinceros al menos consigo mismos y reconozcan la necesidad a la que están dando respuesta. Voten y piensen qué tipo de sociedad quieren construir en Venezuela o el mundo, sirviéndome nuevamente de una frase que constantemente repite un viejo y sabio amigo, en referencia a ese gran amante de la poesía que fue Neruda, “Podrán cortar todas las flores, pero jamás podrán detener la primavera”.