Democracia por-venir

Por jueves 3 de abril, 2008

El país ha sido arrastrado a un callejón sin salida. Parece obligado a escoger irremediablemente a Leonel Fernández para que siga dirigiendo sus destinos pese a los escasos logros de su gestión en materia de empleo, vivienda, servicios sociales, transparencia e institucionalidad.

La población muestra poco entusiasmo electoral quizás porque en su sabiduría sabe que Leonel Fernández seguirá siendo Presidente de la República, no porque sea el mejor de los candidatos, sino más bien porque la “opción” que se presenta para sustituirlo, aparte de la ancha desventaja en las encuestas, por su escaso calado electoral, en el fondo es percibida como dominada por los espectros del pepeachismo.

Leonel y su equipo aprovechan el fantasma de un PRD que cuando “sube el país baja”, poniendo su estrategia de comunicación en función de los logros de crecimiento económico y estabilidad, exuberante clima de negocios y “confianza” de los “agentes económicos” en su administración.

Leonel y su equipo juegan en terreno favorable. El PRD, otrora fuerza de movilización social, quedó hace rato atrapado entre las apetencias de grupos corporativos que echaron a un lado la “social democracia” para abrazar lo más descarnado del pragmatismo pepeachista, que lo dejó sin discurso, sin visión de futuro y con un liderazgo chamuscado frente a la percepción popular.

Leonel y su equipo juegan prácticamente solos en el terreno electoral. Están conscientes de que su fortaleza deriva precisamente de la debilidad de sus contrarios, de la inconsistencia de sus opositores, de la debilidad institucional del país, del poco interés de los jóvenes en la política, del escaso perfil crítico de los medios masivos de información, de la construcción clientelar del Estado.

Leonel y su equipo conocen y utilizan muy bien sus fortalezas, también las debilidades de sus contendores. Tensionan su alta capacidad mediática, extreman la insual disposición de recursos técnicos y financieros, manipulan procesos y voluntades para hacer ver que “El León” es el “único” que puede conducir el país por la ruta del “progreso”.

Como contrapartida está una población espectadora y expectante que, pese al esfuerzo de mirar hacia otros contornos, devuelve la vista al vislumbrar que las siluetas en el horizonte lucen tan ambiguas como opacas, tan difusas como indefinidas, tan acartonadas como irreales, tan parecidas en el discurso a lo mismo que poco vale atreverse, arriesgarse, intentar hacer causa común con alguna de ellas.

Esta vez, como en otras oportunidades, el país se quedará esperando una opción que sacuda los cimientos conservadores del modelo de convivencia que le han impuesto, que introduzca una educación laica (para todos y todas) como se establece en la Constitución, que ponga en marcha sin ambages el sistema de seguridad social, que reformule el modelo económico haciéndolo más eficiente, competitivo y distributivo, que separe los intereses del Estado y de la religión estableciendo la libertad de cultos, que impulse un congreso unicameral, que practique la igualdad de género, que administre con transparencia los recursos puestos en sus manos.

Esa opción radicalmente democrática seguirá por-venir, como dice Derrida, su construcción permanece mansa, lenta y a la espera de la mano de una juventud políticamente incorrecta, cuyos códigos de barra expresan una crítica mordaz y profunda al reinado neo-liberal de la clase política tradicional.