Dick Cheney tenía presuntamente un topo en su oficina

Por jueves 6 de octubre, 2005

Washington, (EFE).- El vicepresidente de EEUU, Dick Cheney, tenía al parecer un infiltrado en su oficina: Leandro Aragoncillo, un ex marine de origen filipino que es el protagonista del primer caso de espionaje en la Casa Blanca en la historia reciente de EEUU.

Aragoncillo, arrestado el 10 de septiembre pasado, contaba con autorización para leer documentos estampados con el sello "top secret" en su portada y supuestamente usó ese acceso privilegiado para obtener cartapacios que no debían haber salido nunca de los más altos niveles del Gobierno de EEUU.

Afortunadamente para Washington no se trataba de sus planes de defensa estratégica o los diseños de armas secretas, sino documentos relativos a Filipinas, incluidas evaluaciones demasiado sinceras y demasiado críticas de la presidenta del archipiélago, Gloria Macapagal Arroyo.

Sin embargo, esa información era muy valiosa para los políticos de la oposición en ese país, a los que Aragoncillo presuntamente se la envió por correo electrónico.

El caso habría adquirido otro cariz si el marine filipino, nacionalizado estadounidense, hubiese espiado para un país visto por Washington como un competidor, como China, o como un enemigo, como los dos que quedan en el famoso eje del mal tras la "liberación" de Irak: Irán y Corea del Norte.

No obstante, es una evidencia embarazosa para la Casa Blanca que pone de manifiesto graves deficiencias en su seguridad.

El Gobierno de George W. Bush se ha caracterizado precisamente por un control estricto de la información que sale sin autorización de la Casa Blanca y ha defendido a capa y espada frente al Congreso y la prensa el "privilegio ejecutivo" para mantener documentos en secreto.

Bush es un presidente que valora y premia la lealtad, como demuestra que haya colocado en puestos clave del Gobierno a miembros del círculo cercano de personas que le acompañan desde sus días de gobernador de Texas, y ese mensaje de fidelidad ha permeado a la Casa Blanca en general.

Es un mensaje que paradójicamente entendió también Aragoncillo. En una entrevista con un canal de televisión de su país de origen, el ex marine enfatizó que los empleados filipinos eran muy valorados por las autoridades de la Casa Blanca.

"Creo que lo que más les gusta es nuestra integridad y lealtad", dijo.

Según fuentes de la investigación que no quisieron identificarse, Aragoncillo ha reconocido que espió mientras estaba en la oficina de Cheney y ahora coopera con la policía.

Que se cuelen topos en el Gobierno de EEUU no es nada nuevo. Ayer mismo el ex analista del Departamento de Defensa Lawrence Franklin se declaró culpable de pasar en los últimos dos años información confidencial a la embajada de Israel en Washington.

El caso reciente más grave fue el de Robert Hansen, un ex agente de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) que fue condenado a cadena perpetua en 2002 tras reconocer que había espiado para la ex Unión Soviética y después para Rusia.

No obstante, en la historia reciente de EEUU, la Casa Blanca había permanecido infranqueable gracias a unos controles exhaustivos del pasado y las actividades de sus empleados.

No se sabe aún cómo Aragoncillo consiguió evadirlos durante los casi tres años que trabajó en la residencia presidencial. En 1999 se incorporó al personal de la oficina del vicepresidente Al Gore, y después siguió con su sucesor, Cheney.

El año pasado dejó el cuerpo de Marines tras 21 años de servicio y aceptó un trabajo en el FBI en Fort Monmouth, Nueva Jersey.

Según la denuncia contra Aragoncillo, el ex militar "imprimió o descargó 101 documentos clasificados sobre las Filipinas, de los cuales 37 estaban clasificados con la categoría de 'secretos'".

Uno de sus presuntos cómplices fue Michael Ray Aquino, un ex subdirector de la Policía Nacional de Filipinas que vivía en Nueva York y que está alineado con grupos de la oposición a la presidenta de su país.

Tanto Aquino como Aragoncillo fueron arrestados el 10 de septiembre, pero la fiscalía aún no ha presentado una acusación formal contra ellos.

El portavoz presidencial, Scott McClellan, no ha querido contestar a las preguntas sobre el tema, pero quienes sí que tendrán que responder ante sus superiores son los encargados de seguridad de la propia Casa Blanca. EFE