Dondequiera se cuecen habas

Por Carlos Luis Baron lunes 2 de julio, 2012

La verdad es que, se torna más que risible esa resolución de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en una de sus asambleas, en que declaró el 20 de marzo de cada año, como “Día Internacional de la Felicidad”.

Dos cosas habría que preguntarse con respecto a esa decisión; primero, ¿por qué el 20 de marzo fue el día seleccionado?; y segundo, ¿sabrán los delegados que allí se reunieron para votar a favor de esa decisión, lo que realmente significa el término felicidad? Claro, hablando al margen de los convencionalismos corrientes, por las aptitudes que se suponen tener los representantes que allí intervienen.

Para ser que lo desconocen, toda vez que, para plantearse y “resolutar” sobre un mayúsculo desatino como ese, y para acabarlo de dañar, asociar el estado feliz que  ellos entienden, no aquel que resulta ser el  real, con la cuestionada actividad política, colmada de demagogias, falsas y manipulaciones a los pueblos, se tiene que estar bastante desinformado al respecto, sobre esa condición propia del Ser, que es la felicidad. Pero, como dice el refrán que encabeza intitulando, “Dondequiera se cuecen habas”, no hay que sorprenderse tanto.

Muy acertado el AM., del medio “Diario Libre”, en su edición de fecha 30 de junio del año en curso, relativo al asunto de que se trata.

A propósito de esa desafortunada, o impensada, para ser más consecuente, resolución “ONUESE”,  como se podría bautizar, valdría la pena reproducir aquí un artículo que sobre la felicidad escribiéramos en tiempo pasado, para fines de reflexión, y de análisis comparativo.

Fuente de la verdadera felicidad

Uno de los términos mayormente utilizados es el vocablo “felicidad”, o felicidades, en plural.  Claro, de ordinario, el mismo sólo es conocido en términos convencionales, por lo que se expresa alegremente ante cualquier hecho  o circunstancia de carácter social, conmemorativo, o de celebración tradicional, como es el caso por ejemplo, de la Navidad, o el inicio de un Año Nuevo, esa última.

Con regularidad se pronuncia, o se externa el deseo, como un mero cumplir momentáneo. No porque en realidad así sea sentido por el interlocutor que habla; debido a lo cual, quien lo escucha, hace caso omiso generalmente, al entenderlo como una actitud demagógica; por “salir del paso”, como se dice popularmente.

Es algo que a veces se torna hasta risible, cuando quien le escucha decir,  tiene un concepto más profundo y acabado sobre lo que en verdad es la felicidad, que normalmente suele confundirse con la obtención de determinados placeres y satisfacciones sensuales en su conjunto.

Hablar de felicidad, no es tan aéreo, material o transitorio como se cree.  Es por ello que, en ocasiones nos encontramos con personas que aparentemente todo lo tienen; y en efecto, son poseedores de dinero, salud, buenos vehículos, majestuosas casa-vivienda, y campestre para veraneos, etc. Más sin embargo, viven amargadas; se consideran desgraciadas; se sienten solas regularmente. ¡No tienen felicidad desde luego!

Eso significa que, nadie es feliz meramente por lo que tiene; que los bienes materiales y los logros en ese orden sólo proporcionan momentos placenteros y satisfacciones sensuales, transitorias e inestables.  “Todo lo que se puede tener o adquirir te dará a lo sumo momentos de satisfacción sensible”, según señala un conocido autor, Darío Lostado.

De igual forma señala el mismo que: “La felicidad es un estado de Ser. Permanente, inmutable. El estado de felicidad solamente se apoya en la conciencia de La Realidad que tú ya eres”.

“Para ser feliz no tienes que adquirir nada,  Ya eres la felicidad.  Pero disfrutarás de la felicidad cuando la experimentes.  Cuando conozcas, sientas y vivas la Realidad que eres en el centro de ti mismo”.

Evidentemente, se tiene que hablar entonces de felicidad en función de realización interna, de crecimiento espiritual para lograr la misma, que deben ser deseos propios de cada cual; de anhelos personalizados, y no de allegados o particulares, en ocasión de determinadas circunstancias.

La felicidad está latente dentro de nosotros mismos, y sólo debemos tratar de exteriorizarla. Es un craso error creer, que proviene de haberes, deseos o satisfacciones externas propiamente.  Es un estado que, nada más se puede disfrutar a partir de la expansión de conciencia espiritual debida. Cuando las actitudes egotistas no sean las que predominen; y por tanto, el apego a todo lo físico o sensual sea dejado de lado.

El identificarnos plenamente con nuestra real esencia -espiritual -, con el verdadero Ser que somos,  actitud desde la cual se desprende la expresión del amor incondicional, el servicio y los sacrificios en favor de los demás, congéneres o no, es la única forma segura de agenciarnos la felicidad; de recurrir a la única fuente que de veras la proporciona.

A manera de confirmación, con respecto a lo expresado, cabría incluir aquí, una interpretación resumida de lo expuesto sobre el particular  por Paramahansa Yogananda, en una de sus obras:  Las actitudes sinceras de altruismo, de sacrificio y servicio en favor de la humanidad, tienen por finalidad el alcanzar la verdadera “felicidad personal superior”, en su equivalente al denominado “Gozo Supremo”, que sólo puede ser logrado al margen de las satisfacciones  egotistas, limitadas o transitorias, cuando se busca en realidad la pureza del Ser, que en todos mora.

En consecuencia, se deben dejar de lado los convencionalismos mundanos en tal sentido; el percibir ese estado, como satisfacciones momentáneas de alegría y placer, cuando se logran tener.  El diccionario enciclopédico “Pequeño Larousse Ilustrado 2010”, define la felicidad, en correspondencia con el parecer popular, como: “Estado de animo de la persona alegre y satisfecha por la situación en que vive”. Eso hay que entenderlo, en un contexto claramente exoterista, y no más.

Procurar o desear felicidad, en el sentido de lo que realmente es, sí que sería valedero, y de alta significación. ¡Pensémoslo pues!

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