Economía de colmado

Por Carlos Luis Baron miércoles 21 de marzo, 2012

La economía del pobre la marcan dos cosas; el colmado y el transporte en guaguas o carros de concho. Mientras los teóricos se matan hablando de la tasa Lombarda, y de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, el 70 por ciento de los dominicanos, piensa que como esté la libra de salchichón o de arroz, así estará su economía.

Los economistas de gabinete y aire acondcionado viven en el espacio de sus fantasías. Hay una supra economía, que se da en las alturas, y que, en desdeño de la posición de las glebas, sólo toma en cuenta el desarrollo de los guarismas.

Pero para ser equilibrada, realista y un agente de progreso, la economía tiene que tener su olor a grajo, y no a Cristian Dior. Junto al pantalón de moda, la economía tiene que tomar en cuenta a los arapos.

Sin mano de obra, es imposible llegar al desarrollo. Puede ser que la tecnología haya impuesto nuevas formas de producción en el país, pero lo cierto es que más del cincuenta por ciento de nuestra población vive en lo que tecnicamente se puede llamar analfabetos o iletrados.

Si el capitalista, aún y con la modernidad cibernética, no tiene a mano a los que aportan sudor y fuerza física, entonces sus empresas no van a prósperar. Tiene que haber una combinacion entre estos dos factores de la producción.

Cuando un economista de cuello blanco llega a su oficina a las nueve de la mañana, lo primero que busca en el periódico es la cotización de la bolsa de Nueva York o como está el precio del petróleo en el mercado internacional.

Pero el chiripero de barrio, o la madre soltera, sabe como va la economía cuando llega al colmado y a la libra de arroz se le suben cinco centavos, diez al salamí, cinco a la pica-pica y el bacalao sobre el medio peso de reajuste.

Con un presupuesto castrado y acorralado en el salario mínimo, esa familia comprende que con su bolsillo actual no tiene garantizada la comida diaria. Su balance no va a ser de acuerdo a la Bolsa de Nueva York, sino hasta donde puede alargar su peso. Por ello, si el economista es un hombre frio e insensible, no podrá afrontar la realidad de la mayoría de los dominicanos.

Creo en la economía de aulas frías, pero en la universidad de la vida, en el mostrador de un colmado lleno de moscas, se hace una valoracion real de cómo va el desarrollo nacional.