El conflicto sirio: ¿Un detonador de la Tercera Guerra Mundial?

Por Carlos Luis Baron lunes 23 de julio, 2012

La Primavera Árabe surge en Túnez, norte de África, con las protestas por los altos precios de los alimentos y el desempleo, en el mes de diciembre del año 2010. Gran parte de la población se lanzó a las calles y terminó con tres décadas en el poder del dictador Ben Ali.

Las movilizaciones sociales fueron considerada en el resto del mundo como el despertar de los pueblos árabes ante los gobiernos que han mantenido sus pueblos sojuzgados bajo regimenes monárquicos y dictatoriales autoritarios, desde que se independizaron de las metrópolis europeas en la primera mitad del siglo XX. Rápidamente los reclamos se extendieron por todo el norte de África: Egipto, Libia, Argelia y Marruecos, posteriormente alcanzaron a Bahréin, Yemen, Siria, Arabia Saudita, entre otras, en el Medio Oriente.

Países como Arabia Saudita o Marruecos sofocaron las manifestaciones ejecutando planes sociales de emergencia para tranquilizar a las masas enardecidas que reclamaban mejores condiciones socioecoecónomicas y el reconocimiento de sus derechos civiles y políticos.

De manera exclusiva, las revueltas en Siria y en Libia fueron atizadas por EE.UU., Europa y sus aliados en el Medio Oriente (Arabia Saudita, Israel y Qatar).

En estos dos países, en pocas semanas surgieron rebeldes armados financiados desde el extranjero, que se mezclaron con los manifestantes atacando las fuerzas de seguridad del Estado, provocando respuestas contundentes de los cuerpos policiales y militares que se cobraron cientos de victimas en pocas semanas, las cuales fueron aumentando a medida que pasaba el tiempo, hasta llegar a miles.

En el mes de marzo del año 2011 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 1973, la cual establecía una zona de exclusión aérea y autorizaba el uso de mecanismos para detener la muerte de civiles de parte del régimen de Mohamar Gadafi, la cual sirvió como instrumento legitimador para que EE.UU. y Europa, derrocaran y hasta dieron muerte al hombre fuerte de Libia, que tenía más de 40 años en el poder.

El régimen de Bashar Al Assad, al ver lo ocurrido en Libia, de inmediato puso su «barba en remojo», y pidió apoyo a sus principales aliados: Irán y Rusia, para que le enviaran armas e instructores especializados en la lucha contra la insurgencia urbana.

La posición geográfica en Medio Oriente hace de Siria un actor clave para los intereses de las potencias. Por compartir frontera con cinco países, dos de ellos potencias regionales: Turquía e Israel, además de que tiene salida al mar Mediterráneo. Esta región posee las principales reservas de petróleo del mundo y produce aproximadamente, el 40 por ciento del consumo mundial. Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos se encuentran entre los principales productores del planeta.

Desde el año 1971, Siria está gobernada por la dinastía Al-Assad, que representan a los alauitas, una minoría religiosa, cuando la mayoría de la población, aproximadamente el 70 por ciento, profesa el sunismo; ambas ramas pertenecen al Islam.

Arabia Saudita, en su calidad promotora del sunismo — principal grupo dentro del Islam—y de potencia emergente, tiene doble interés en este conflicto: reducir el protagonismo de Irán en la región y aumentar su influencia religiosa en Siria.

El reino Saudita e Israel favorecen una intervención occidental similar a la que actuó en Libia para derrocar el régimen de Mohamar Gadafi. Estos dos países son los principales auspiciadores de los opositores al régimen de Bashar Al-Assad, entregándoles armas, dinero y asesoría militar.

La caída del régimen de Bashar Al-Assad divide a los grupos de poder de Israel. Los conservadores desean la caída del régimen para reducir la influencia de Irán en la región, mientras que los moderados consideran que el fin del régimen que gobierna Siria significa más Inestabilidad para el Medio Oriente.

La Republica Islámica de Irán apoya el régimen de Bashar Al-Assad para mantener su influencia en las fronteras con Israel, su principal rival en Medio Oriente.

Irán es una potencia regional decidida ampliar su radio de acción más allá de sus fronteras, utilizando medios militares y religiosos, inclusive, para alcanzar sus objetivos. Desde la década del 60 del siglo XX, el Shab, último monarca persa, se embarcó en un programa nuclear, que fue suspendido por la Revolución Islámica que derrocó la monarquía en el año 1979. El programa nuclear fue retomado en los años 90 y se ha mantenido consistente, generando preocupación en Israel, EE.UU., Arabia Saudita y Europa.

El temor de Israel y las potencias occidentales es que el programa nuclear de Irán lo lleve a producir armas nucleares, las cuales pongan en riesgo la existencia del Estado de Israel.

EE.UU., Francia, Reino Unido, Israel y Arabia Saudita, entre otras, buscan derrocar el régimen de Bashar al Al-Assad por la estrecha alianza que mantiene con Irán, cooperación que data desde los años 80 del pasado siglo, cuando crearon y financiaron el Movimiento (chii) Hezbollah, en el Líbano, para enfrentar la invasión de Israel y las potencias occidentales en aquel entonces a ese país. En la actualidad, este movimiento islámico, es una de las principales amenazas a los intereses de Israel en Medio Oriente.

En cambio, Rusia apoya al régimen, ya que ha mantenido un vínculo histórico con la dinastía Al-Assad. El padre de Bashar, Hafez, realizó estudios militares especializados en la Unión Soviética de Stalin, y cuando llegó al poder en el año 1970, por vía de un golpe de Estado, cedió el puerto de Tartus a la URSS, para que lo utilizara como base naval. Esta base naval es de vital importancia para los intereses geopolíticos de Rusia, la única que poseen en el mar Mediterráneo, de la que dependen para alimentar la flota que se encuentra en esa región.

Rusia ha logrado convencer a China, inculcándole que la caída el régimen de Bashar Al-Assad afecta sus intereses en Medio Oriente y Asia Central, ya que EE.UU. y Europa, buscan derribar los gobiernos anti-occidentales para ampliar su influencia en toda la rivera del Mediterráneo, el mar Caspio y el Golfo Pérsico, donde se encuentran los principales yacimientos de gas y petróleo del planeta.

Por tanto, China y Rusia se oponen a cualquier tipo de intervención en los asuntos internos de Siria que tengan el propósito de derrocar el régimen de Bashar Al-Assad. Como son miembros del Consejo Permanente de Seguridad de la ONU, impiden cualquier iniciativa al respecto, con su derecho a veto.

De manera que si la cuestión Siria no es manejada con cautela y prudencia por las potencias interesadas en el conflicto, es posible que brote la chispa que encienda la mecha de una conflagración mundial.

*El autor es politólogo, analista de temas internacionales.