El Historiador Roberto Cassá: ¡un caso atípico!

Por Carlos Luis Baron jueves 13 de diciembre, 2012

El Historiador Roberto Cassá, fue mi profesor en la Escuela de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Por él -desde mis días de estudiante- he sentido admiración y respeto. Admiración por su humildad personal e intelectual, y respeto por su sólida formación académica-intelectual; pero además, por su encomiable labor al frente de lo que, antes de su gestión, era más que un almacén de papeles abandonados: un vertedero público a merced de piratas, saqueadores y vulgares ladrones de la memoria histórica del pueblo dominicano con fines inconfesables, entre ellos, la de mutilar y borrar fuentes históricas indispensables para la explicación cabal de nuestro pasado histórico, concretamente, sobre la dictadura trujillista (1930-1961).

Su paso por el Archivo General de la Nación ha sido una verdadera revolución científica, técnica y cultural desde el aspecto físico de dicha institución hasta la transformación y modernización de su infraestructura técnica y del personal profesional que da soporte de servicio al público; pero sobre todo, del selecto equipo técnico-académico que le ha acompañado a lo largo de su gestión con una mística de eficiencia y capacidad que debería ser ejemplo en toda la administración pública.

Bien hizo el Ex Presidente Leonel Fernández en designarlo; y réquete bien hace el Presidente Danilo Medina en pedirle que se quede. Porque el Historiador Roberto Cassá, es un ejemplo atípico de servidor público eficiente, pulcro y con una innegociable visión institucional.

Hoy (jueves 13 de diciembre, 2012), y según una crónica del periódico Diario Libre, el Historiador y Director del Archivo General Nacional de la Nación, profesor Roberto Cassá, ha manifestado “su interés de dejar la dirección en la que se encuentra desde hace 8 años”, con estas palabras:

“Yo la acepté por un año para iniciar la reorganización. Van ocho y todavía hay varias personas, entre ellas el presidente Danilo Medina que quieren que me quede. Pero yo creo que ya llegó la hora de transferir el mando”.

Esa convicción del deber cumplido y de no entender un puesto público como una pertenencia personal-profesional, es el mensaje más institucional y aleccionador para una sociedad en donde se ha entronizado una cultura en donde los puestos públicos son entendidos como feudos, o propiedad de por vida. Es decir, con un sentido de eternidad.

Hablo, por supuesto, de altos puestos. No de simples servidores públicos, técnicos ni burócratas que ni dirigen ni manejan presupuesto.

Pero, en el caso del Historiador Roberto Cassá, insista, Presidente, que como él son escasos. ¡Qué digo!, escasísimo.