¿El mundo de los ciudadanos o el mundo de los ejércitos?

Por Carlos Luis Baron domingo 4 de marzo, 2012

La pregunta no es baladí. ¿El mundo de los ciudadanos o el mundo de los ejércitos? Al fin y al cabo todos somos miembros de una comunidad, que se conoce como ciudadanía, lo que conlleva una serie de deberes y una serie de derechos que todos debemos respetar. Por otra parte, el ejército es una institución que está encargada de la protección militar de un territorio específico. Este se caracteriza por ser una de las instituciones más tradicionales de la sociedad, con una fuerte jerarquización vertical que rara vez se modifica, con un lenguaje explícito e implícito que sin duda marca el comportamiento de sus miembros. Sin embargo, la ciudadanía es un término reciente, globalizador (engloba a ciudadanos y ciudadanas), que imprime el derecho de participar en una comunidad, a través de la acción democrática, inclusiva y responsable, con el objetivo de mejorar el bien común, o sea, el bienestar público. Ser ciudadano es tener desarrollado el sentido de pertenencia e identidad a un hábitat, donde se desenvuelven los individuos con responsabilidad democrática, con derechos y obligaciones sociales e innatas. Por contra, ser ejército no tiene otro sentido más que sumar armas militares, aéreas y terrestres, verdaderamente adoctrinadas por el país de turno para la defensa o el ataque. En consecuencia, y teniendo presente que las leyes suelen callar cuando las armas hablan, prefiero el mundo de la ciudadanía, que no se calla, porque no tiene otras armas que puedan hablar. O si quieren, el mundo de los ejércitos en favor de toda la ciudadanía.

La realidad es la que es y sería absurdo omitirla. Hoy parece como si los países midieran su poder por el volumen de su ejército. A pesar de la crisis, por ejemplo, el presupuesto militar de Pekín sigue creciendo, lo que ya está originando cierta desconfianza entre rivales estratégicos como Estados Unidos y Japón. El que se sigan fortaleciendo las fuerzas militares en el mundo, y no se reflexione cívicamente como ciudadanos del mundo sobre la política armamentística mundial, es un grave riesgo para toda la humanidad. Frenemos el negocio de las armas, porque más pronto que tarde, serán utilizadas contra la ciudadanía. Se nos vende por parte de todos los Estados que todos quieren la paz, y para asegurarla, no cierra ninguna fábrica de armas, porque se producen más armas que nunca. La justicia y la libertad se defiende con el raciocinio de la ciudadanía, no con las armas de los ejércitos. Hay que apostar mucho más por la ciudadanía que establece diálogo, que se sustenta en una sólida conciencia crítica, que busca la solución de los conflictos y favorece el respeto a la dignidad de toda persona, de toda vida humana. Por ello, el recurso de los ejércitos para dirimir las controversias representa una vuelta atrás y una derrota a la ciudadanía que no ha sabido injertar una convivencia en armonía. Se trata, por consiguiente, de que prevalezca el mundo de los ciudadanos que viven y conviven sin armas, porque ciertamente si dependemos de ellas no tendremos jamás paz.

El día que nuestra arma mayor sea la plegaria ciudadana, la opción militar no tendrá sentido que cohabite entre nosotros. Necesitamos avances de retroceso en la carrera de los ejércitos armados como jamás, para lograr que el esfuerzo ciudadano pueda calmar tensiones. Hay muchas más posibilidades de crear un ambiente seguro por medios no militares, como puede ser el avance de una ciudadanía comprometida con la creación de una educación y sanidad universal, con el desarrollo de instituciones democráticas y la creación de un Estado de derecho que proteja a los pueblos contra el crimen y la corrupción. El ejercito de una ciudadanía integral, que no militar como se concibe ahora en el mundo, debe ser valorada con criterios de igualdad, en un planeta que es de todos y de nadie. En cualquier caso, pienso que el mundo tiene que democratizarse mucho más, en lugar de militarizarse como viene sucediendo en los últimos tiempos.

Así, la democracia es una manera de organizar los poderes en la sociedad con el objetivo de ampliar la voz de la ciudadanía, que ha de ser el verdadero actor del sistema democrático. No cabe, pues, la exclusión del ciudadano. El mundo tienen que hacer que el ciudadano se entusiasme por la organización de la vida para que tome una presencia más permanente en los diversos escenarios de poder. Precisamente, lo que mantiene a una sociedad unida son sus ciudadanos, no sus ejércitos, y en base a que el bienestar de sus miembros sea profundamente igual. Sin duda, por consiguiente, la calidad pacifista de las democracias no está tampoco directamente vinculada a la absurda carrera armamentística, sino a su capacidad para crear ciudadanía comprometida con su pueblo. Una sociedad en la que la mayoría de sus moradores goza de derechos ciudadanos, donde el ejercicio de ellos es posible en todos los sectores, conforma lo que llamamos una sociedad de bienestar, que para nada necesita de los ejércitos militares para convivir.

Ahora bien, no sólo del voto viven las democracias, sino de la ciudadanía, a la que debe alcanzar el mayor bienestar posible, lo que comporta una justicia ejemplar y ejemplarizadora entre su colectivo ciudadano. No desconozcamos que el ejército es un portador de armas, mientras el ciudadano es un activista de sueños, un actor de derechos que juegan en campos distintos; al primero, la vocación del arma es el blanco, mientras el segundo, la vocación del actor ha de ser la solidaridad. Una ciudadanía solidarizada, en suma, es una ciudadanía auténtica, promotora de la paz y motora de convivencias.

Escritor