El sendero encarnado

Por Carlos Luis Baron lunes 2 de julio, 2012

Lo volví a ver hace apenas unos días. Recuerdos difusos y evocaciones de afanosas tareas escolares mezcladas con travesuras infantiles le tenían relegado en uno de esos recónditos lugares de la psiquis que nos hacen dudar, a veces, entre lo real y lo inventado, entre lo cierto y lo fantasioso, vale decir, entre la historia y la leyenda.

Y he aquí que, como en aquellos años de infancia en que junto al laborioso maestro rural y una manada de párvulos con ansias de aprender, recorríamos los recovecos del sinuoso sendero que hace las veces de frontera domínico-haitiana  en tierras de Dajabón,  desandando los pasos y observando con veneración y respeto los hitos fronterizos implantados de trecho en trecho a lo largo de la delimitación territorial que une y separa a la vez a ambas naciones, volví a ver de nuevo, ahora con mayor fascinación y embrujado por los fulgurazos del impresionante atardecer que la naturaleza nos regaló aquel día, el encarnado sendero de belleza sin igual que a su paso van dejando las flores que por miríadas van cayendo de los cimbreantes ramajes de innúmera cantidad de flamboyanes sembrados allí con la finalidad expresa de definir, vigilar y preservar, junto a las pirámides mencionadas, los puntales de la soberanía que con tanto esfuerzo conquistó el pueblo dominicano.

Y volví a ver, repito, aquellos espléndidos especímenes de flamboyán, sembrados inicialmente en la Era de Trujillo en una amplia extensión de terreno localizada a lo largo de la margen oriental del fronterizo Arroyo Capotillo los cuales sirven de compañía en estos vastos y despoblados terrenos a las pirámides 31, 32 y 33, principalmente.

Difícil ha sido, para nosotros, desentrañar la aureola de misterio con toques de fascinación que rodea la existencia de estos enhiestos colosos de bellísimas flores encarnadas, que marcan como un rio encendido y con toda precisión el perfil fronterizo en estos linderos de la Patria, a tal extremo que puede observarse con nitidez desde lugares distantes o desde el espacio aéreo.

A partir de los horrendos métodos de dominación y control político y hegemónico implantados en República Dominicana por el régimen de Rafael Leónidas Trujillo Molina, y de manera concreta las acciones de ultraje encaminadas por su gobierno en contra del pueblo haitiano, es dable suponer que con la siembra de dichos árboles en terrenos cuya posesión y propiedad estaban en constante disputa, el sátrapa quiso zanjar, de una vez y para siempre el ambiguo y difuso asunto de la territorialidad.

Y sembró de encarnados flamboyanes aquellos ardientes terrenos en donde antes también sembró los restos de una innumerable cantidad de indefensos agricultores del vecino país, que cayeron aniquilados y sin piedad ante el avance incontenible de la horrenda campaña genocida conocida como El Corte, en 1937.

Esa parte de la historia nunca pudimos escucharla de labios de ningún humilde y timorato maestrillo rural de esos que, a lomo de burro, diseminaban sus enseñanzas entre la población escolar de las colonias agrícolas fronterizas y demás poblados de la región. Aquella época de espanto y censura no daba tregua ni permitía discernir entre la verdad y la mentira, a la hora de intentar desentrañar los móviles que inducían las acciones encaminadas por la tiranía.

 

El velo del silencio y la necesidad de preservar la vida y la seguridad familiar constituyeron la tónica para una parte importante de la población y a ello se debe que, a pesar del paso de los años, nadie pueda explicar con precisión los motivos que indujeron a la implementación de aquella pintoresca siembra de árboles en esta parte de la frontera. Ni siquiera los patriarcas que como viejos robles aún se mantienen erguidos, ilustrándonos con sus relatos de antaño y asombrándonos con las penurias y peripecias que hubieron de sortear en la etapa de asentamiento y estabilización de sus familias en una región de tierras feraces e inhóspitas como lo era en ese entonces la frontera.

El advenimiento del fin de la dictadura trujillista y el encauzamiento de la república por los caminos de la convivencia en democracia trajo nuevos vientos a la región, mismos que aún hoy siguen soplando, haciendo vibrar, cual cimbreantes cinturas de sensuales bailarinas los frondosos ramajes del flamboyán saturado de encarnadas flores.

Las atinadas acciones de siembra de nuevas plantas encaminadas durante los gobiernos de Joaquín Balaguer y Antonio Guzmán contribuyeron con el reforzamiento y extensión del frondoso y acogedor sendero de gráciles plantas de vistosas flores con acento anaranjado que se extienden con su singular encanto en estos campos gloriosos de la Patria.

Admirando su belleza y reflexionando sobre las secretas razones que indujeron a su siembra, vamos desandando los pasos por donde anduvimos de niños, hasta detenernos con respeto y veneración en frente de la rústica y añeja pirámide 32, que con su solitaria presencia y rodeada de nobleza y solemnidad mantiene vivo e inalterable el sentimiento de la dominicanidad, despojado ya, en gran medida, de los aberrantes métodos que caracterizaron en el pasado las diatribas, rebatiñas y enfrentamientos surgidos al calor de la delimitación fronteriza y la soberanía territorial.

Y sumido en estas reflexiones y albergando aun entre los huesos un poco del terror de antaño que la ignominia y la cerrazón incubaron de manera aviesa en la mentalidad de los habitantes de estas latitudes, me sumerjo en las frescas y tonificantes aguas de uno cualquiera de los múltiples charcos que se forman a lo largo del arroyo Capotillo, para pensar, con los ojos cerrados y el corazón en calma, en la necesidad de ampliar y fortalecer, cada día mas, los lazos de amistad y confraternidad entre los pueblos haitiano y dominicano, al igual como ocurre, en la práctica, entre los habitantes de las comunidades de ambos lados de la frontera, victimas por igual de las penurias, precariedades y falta de apoyo oficial de nuestros respectivos gobiernos.

A lo lejos, entre el enmarañado ramaje, se observan los guiños repentinos del astro rey coqueteando con las flamígeras flores de flamboyán, y con su lenta despedida las sombras comienzan a enseñorearse del mullido espacio por donde discurre el encarnado sendero.