El sentido de responsabilidad y el perfeccionismo enferman en esta época

Por Carlos Luis Baron martes 3 de enero, 2012

Actuar con la responsabilidad debida, la abnegación plena, como el querer que las cosas se hagan a la perfección, siempre han implicado un gran sufrir para todos aquellos que así conciben el proceder cotidiano o esporádico, no importa, y que es muy poco reciprocado normalmente. Esas son actitudes en las personas, que constituyen una especie de cruz a cargar, durante las corrientes de vida que cursan.

El tratar de ser responsable, como el aspirar al perfeccionismo en los tiempos actuales, expone a situaciones estresantes y de incomodidad extrema, que pueden provocar hasta enfermedades diversas, cuando se tiene que estar lidiando con asuntos de carácter mundano, principalmente, como son las interacciones con las personas, las relaciones y deberes laborales; y en fin, todo cuanto tenga que ver con gente.

Indudablemente, esas son de las condiciones individuales que, en el fondo mayores beneficios proporcionan; pero, sin embargo, ya es muy poco lo que en ellas se repara. Difícilmente se les hace honor a las mismas; pues ya, lo que más se verifica en su lugar es, lo circunstancial acomodaticio, las llamadas mentiras piadosas, y las excusas nada sentidas; al igual que, la falta de ética y de pulcritud, todo para justificar incumplimientos en los compromisos de cualquier naturaleza acordados, incluyendo los que se corresponden con asuntos académicos, o actividades de trabajo diversas.

Para quienes se inclinan en estos tiempos por ser responsables y perfeccionistas, en cuanto a tareas por realizar, atribuciones o deberes de cualquier tipo por cumplir, el ser superpaciente y flexible es lo que más se impone. Tiene que estar dispuesto a sufrir calladamente, ante las decepciones que recibe de parte de los demás.

Ya esas características o pensares de otrora, en cuanto a que hay cumplir como se debe, y de que todo debe quedar lo mejor posible, con la oportunidad requerida en el actuar, son como las especies de animales en extinción. El observar los comportamientos de ese tipo escasea cada vez más entre los humanos. Se han quedado siendo normas y patrones de conducta del pasado lejano.

Cuan penoso resulta, el que hoy nada importe; el que todo se justifique alegremente; el que las palabras de las personas hayan perdido su valor, que sean poco creíbles; que la nitidez y el cuidado debido, sin discriminar los asuntos envueltos, sean sustituidos por la displicencia y la informalidad actuante, sin reparo alguno.

¡Lamentable todo eso, pero es así!