El subdesarrollo tecnológico como motor social y político de la economía de consumo 

Por Carlos Luis Baron viernes 20 de julio, 2012

Los nuevos regímenes políticos dominicanos, aunque sólo fueran posibles gracias a la victoria electoral fueron puestos exclusivamente por las fuerzas de las ar­mas más que en un solo caso: Joaquín Balaguer (1966) quien sería impuesto desde Washington hasta las escali­natas del Palado Nacional, en Gazcue.

La llegada de los reformistas al poder en las "elecciones de 1966" reflejaba su verdadera fuerza en aquellos momentos, y en Santo Domingo, la influencia trujillista estaba reforzada por el sentimiento colonial generalizado en el país. La llegada del balaguerismo al poder en Repú­blica Dominicana no debía nada a las armas del Ejército criollo, aunque a partir de 1930 el régimen de Trujillo dis­frutase hasta finales del 1961 del apoyo armado. Las adhesiones subsiguientes a Balaguer, empezando por el apoyo de los comerciantes, herederos del patrimonio acumulado por Trujillo, se habían producido por iniciativa propia, aunque sabían que podían contar con el firme apoyo del nuevo bloque político. Sin embargo – en el po­der – gracias al apoyo de las fuerzas armadas disfrutaron al principio de una legitimidad temporal y, durante determinado tiempo, de un genuino apoyo popular.

La idea de construir un mundo nuevo sobre las rui­nas totales del viejo régimen trujillista inspiraba a los jóvenes e intelectuales. (Marino Vinicio Castillo). Por impopulares que fuesen el partido y el gobierno, la propia energía y determinación que ambos aportaban a la ta­rea de reconstrucción de  pos guerra recibió una amplia, aunque reticente aprobación. El éxito de los nuevos gobiernos en esta tarea resulta difícil de negar. En los países agrícolas atrasados, tal como somos, el compromiso con la industrialización, o sea, con el  progreso y la modernidad tuvo resonancia en el cerebro ele algunos en las filas del partido. ¿Quién podía dudar de que nuestro país avanzaba más deprisa en 1970 o incluso posible, después que la guerra de abril en comparación con la aldea de los años de 1950? Sólo en lugares don­de una primitiva y despiadada idea trujillista había ocupado y asimilado por fuerza regiones menos atrasadas o, en todo caso, regiones con provincias más desarrolladas que otras, como en las zonas del norte y el este el balance para algunos les pareció totalmente positi­vo.

Políticamente, los gobiernos reformistas, autóctonos o impuestos, empezaron en un bloque único, bajo el liderazgo de los militares, que por motivos de solidaridad contó también con el apoyo de la Iglesia de Roma, quie­nes conjuntamente con los comerciantes se adueñaron por completo del Santo Domingo de 1966-1978, aunque la influencia de Washington en nuestro país se había convertido en una realidad innegable. Los norteamericanos iban y venían por su cuenta en medio de intelectuales, de lealtad a los Estados Unidos. Balaguer, siempre realista, tuvo buen cuidado de no perturbar sus relaciones con el gigantesco "Uncle Tom" su hermano del norte, que era independiente en la práctica.

Cuando a finales de los ochenta Balaguer perturbó a sus antiguos colaboradores el resultado fue una agria ruptura al Peña Gómez cuestionar internacionalmente la legitimidad de las elecciones de 1994 lo que provocó un recorte constitucional gubernamental y al mismo tiempo el ocaso de la carrera de Peña Gómez. Aunque sin mucho éxito Balaguer maniobró a sabiendas que dos años después apos­taría a una venganza electoral privando al PRD de una visible victoria, de la que jamás ningún perredeísta olvi­daría la lección. (Leonel Fernández 1996-2000).

Balaguer creía que podía contar con la lealtad de los peledeístas de Leonel Fernández, y a su partido. Tan leal fue Leonel Fernández a Balaguer que habría designado a miembros destacados de la casa del "doctor" en algunas posiciones de la administración pública. Cuando el llama­miento a la lealtad de los buenos socios – punteando a Danilo Medina – se agotó, apenas recibió respuesta alguna en la Máximo Gómez. Su reacción muy característica fue la de extender las purgas y los procesos públicos de los cola­boradores reformistas con los morados algo similar que emularía irónicamente apenas un año después de afirmar a través de la presidenta de la cámara de diputados (Ra­faela Alburquerque) que Hipólito Mejía había ganado.  No obstante, la sece­sión de Balaguer en Santo Do­mingo no afectó el resto del mo­vimiento reformista.

El desmoronamiento político de Balaguer empezó a partir del ascenso de Leonel Fernández a la presidencia de la  República pero sobre todo cavó su sepultura, aunque muchos no lo crean con la muerte de Peña Gómez, un po­co antes de Hipólito Mejía llegar al poder. (2000-2004). La visión del liderazgo monolítico de Balaguer se había roto. El efecto dentro de la sociedad dominicana fue tomado con cautela y pronto corrió la noticia de que los dominica­nos tenían otro reformador, ante la avalancha blanca que arribaría al gobierno.  Esto era algo que los socialdemócratas no estarían dispuestos a tolerar (Hatuey Decamps).

La futura neutralidad de los peledeístas de Danilo Me­dina y Jaime David Fernández Mirabal sería aniquilada cuando finalmente el PLD ejecutó lo que Juan Bosch nun­ca se imaginaría: pasar de un partido de cuadros y élites limitadas a un partido de masas parecido al PRD. Hoy nos imaginamos al profesor Bosch sacándole en cara al co­mité político del PLD, "los principios del partido." El par­tido de la Liberación estallaría en crisis luego de las elec­ciones para elegir al candidato presidencial de esta organización en el año 2000. Tal fue la división orgánica que el partido morado se dividiría en diversos bloques y donde los diferentes bandos aceptaron los límites de esfera de influencia del otro. Ya hoy es común presionar en silencio para seleccionar tal o cual candidato sin que no se altere la unidad del PLD, salvo Leonel Fernández. En partidos tan ostensiblemente dominados por la razón política no cabe trazar una línea divisoria clara entre acontecimientos políticos y sociales.

En República Dominicana la política se descolectivizó. Aunque esto no la hiciese más eficiente, y lo que es más significativo la fuerza política de la clase trabajadora, po­tenciada por la propia industrialización recibió a partir de entonces un reconocimiento táctico. Al fin y al cabo, fue un movimiento económico lo que cambio las pugnas po­líticas entre 1986-2000. Al precipitarse dos acontecimien­tos del futuro de la República Dominicana, con el triunfo electoral de Antonio Guzmán, y su posterior suicidio, y el arresto de Salvador J. Blanco, desde entonces, la visión de la política y de la economía estaría dominada hasta el triunfo del PRD a finales del siglo XX. Se centralizó el discurso entre la economía y la política, y ésta, estaría dominada por el enfrentamiento entre un objeto inmóvil, el gobierno, y una masa irresistible, la clase trabajadora, que sin organizar al princi­pio, acabo configurando un movimien­to obrero típico, aliado como de cos­tumbre a los intelectuales oportunis­tas y al final probablemente forma­rían una clase política, tal como Juan Bosch habría predicho en su obra lite­raria Composición Social Dominica­na. Sólo que la ideología de este par­tido (PRD) se pudiera observar con melancolía. Los enfrentamientos solían producirse debido a los intentos periódicos de los gobiernos dominicanos (1978-1986) de au­mentar los gravosos subsidios al costo de los productos de primera necesidad, aumentando su precio, lo cual provocaba huelgas y seguidas crisis de gobierno (1984, Salvador J. Blanco).

Curiosamente, en el partido reformista, los dirigentes impuestos por Balaguer después de la derrota de 1978 fueron de un reformismo más auténti­co y eficaz. Bajo la dirección de Antonio Guzmán (1978-1982) el país emprendió la liberación siste­mática de la democracia con el apoyo tácito de sectores influyentes de la República Dominicana. La re­conciliación con las fuerzas opositoras, y en la práctica, la concesión de la puesta en retiro de los remanentes milita­res del neotrujillismo provocó una gobernabilidad acep­table, algo en lo que los perredeístas consiguieron un no­table éxito hasta finales de los años ochenta.

No fue ese el caso de Salvado J. Blanco, políticamente inerte desde las despiadadas purgas del perredeísmo de finales de los años setenta y ochenta, pero que emprendió una cautelosa tentativa de desestabilización económica. Balaguer nunca se había sentido del todo gusto en el es­tado dominicano de 1982-1986 y apoyó un acercamiento con Juan Bosch, no porque lo deseara sino porque el hombre elegido para ser Presidente de la República era un potencial opositor político. (Salvador J. Blanco). Algo que debe quedar bien claro en la conciencia política de los dominicanos es que con el asentamiento de una clase políti­ca neoliberal que aún no comprende que el poder social es para redimir, no será posible por mucho tiempo, y por lo que le resta, para sufrir, a un pueblo que vota por el mal menor no así por lo que le conviene a todos, y ese es el secreto.-