¡El tamaño de la vara con que midas y procedas, será el mismo parámetro compensatorio, que luego se te aplicará!

Por Carlos Luis Baron domingo 18 de marzo, 2012

“Sólo hay que estar vivo para ver; y, esperar que el tiempo pase”. Recordamos que, esas eran de las frases favoritas que más pronunciaba nuestra querida madre, ya fallecida, ante cualquier evento o circunstancia, en que ella reparara con especial atención.

Evidentemente, esos decires habían sido elaborados y acuñados en base a la experiencia acumulada durante el transcurso de sus años, como de determinadas vivencias que habían dejado en ella ciertas improntas imborrables, cuyos efectos posteriores había la oportunidad de presenciar luego.

También, de las observaciones anunciadoras en su apreciación, con respecto a algunos comportamientos ajenos, que el tiempo se encargaría de confirmar después, facturándoles resultados a los actuantes, de manera súbita, y en los momentos menos esperados.

Y es que, durante el transito terrenal de todo ser humano, cada día se va escribiendo una página, contentiva de todas las acciones que se lleven a cabo, precedidas de los pensamientos inductores que cursen de momento, que las matizan o colorean, como se dice. En la que además, quedan “impresos” – dejan sus huellas -, aunque no se observen, los pronunciamientos que hacemos; y, con mayor acentuación destacable, las críticas destructivas y las calumnias de todo género en contra de los hermanos congéneres. De igual forma, las emociones negativas manifestadas que se produzcan, como las inconformidades deprimentes, que induzcan a maldecir ciertos momentos o situaciones conflictivas que acontezcan.

Esos son de los parámetros vivenciales que, cuando se repara en ellos con atención, cualquier persona sosegada puede predecir con facilidad, tanto el devenir o futuro ajeno, como el suyo mismo, ya que, como es sabido, el “péndulo de la campana denominada vida”, valga la analogía, nunca permanece estático en un sólo lado; sino que, va y viene siempre con la misma intensidad, según los impulsos que reciba.

Ahí se originaban aquellas frases maternas, predictoras y hasta lapidarias podría decirse, que invitaban a esperar que el tiempo pasara. Y, a desear estar vivo, para observar las compensaciones, cuando el péndulo viniera de regreso; es decir, trajera los frutos de todo cuanto se había sembrado antes.

Y claro, no sólo durante el tránsito existencial corriente (karma adquirido), como dirían los orientales; sino también, parte de los efectos por conquistar procedentes de existencias físicas anteriores (karma maduro), que también pueden advertir algunas personas dotadas de clarividencia y ciertas aptitudes mentales; gente que, no necesitan recurrir al procedimiento clínico que ahora utilizan algunos profesionales de la psicología, para determinar posibles causas que motivan comportamientos presentes, observados por muchos de los pacientes que acuden a ellos en busca de sus servicios, y que denominan “Regresiones”.

La Ley de Causa y Efecto, es una herramienta valerosísima, con aplicación muy efectiva a nivel de la física convencional; que también se cumple, como mandamiento natural, en el contexto de la espiritualidad humana, Ley del Karma, con connotación de inexorabilidad absoluta. ¡Nadie escapa de ella; se recoge lo que se siembra; y, cuando menos se espera! Podrían producirse dispensaciones en algunos casos, según haya venido siendo administrada, humanamente hablando, la corriente de vida particular en curso, y que constituyen las excepciones a la regla.

Con el paso del tiempo hemos podido comprobar que, nuestra vieja tenía razón, cuando de manera espontánea y pausada, sin emitir juicio alguno sobre lo observado o vivido, decía: “Sólo hay que estar vivo para ver”; y, esperar que el tiempo pase”

Hermanos todos, el tamaño de la vara que utilicemos para medir a los demás, y proceder en lo personal, será el parámetro con que luego seremos medidos y compensados nosotros. Ambas tendrán siempre igual longitud; algo que, ¡nunca debemos olvidar!

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