El tránsito existencial humano es la mejor escuela

Por Carlos Luis Baron miércoles 7 de marzo, 2012

Hay un refrán, o máxima más bien podría decirse, que reza: “Nadie aprende en cabeza ajena”. Y, esa es una realidad innegable. Sólo enseñan las vivencias propias y las circunstancias prevalecientes, con el paso de los años, aun los consejos y las recomendaciones que se hayan podido de recibir de los más mayores, y experimentados congéneres.

En ese sentido, nunca hemos olvidado aquellas sanas orientaciones que en una ocasión nos diera un ex funcionario de una importante institución bancaria del país, para la cual tuvimos la oportunidad de trabajar siendo aún muy joven, comenzando a trillar caminos nosotros. Era un hombre aquel señor, de muy vasta experiencia y sobrada capacidad; un cura que venía de colgar los hábitos, y que se había dedicado a otra actividad, a la administración de recursos humanos.

Nos dijo en aquel momento, después de leernos, obviamente, “mi hijo, tú vas a sufrir mucho en esta vida, Eres demasiado psicorígido, y te preocupas mucho por todas las cosas. Trata de flexibilizar en determinadas situaciones; de diferenciar entre lo que tú puedas resolver, y lo que no puedas resolver. Hay asuntos resolubles que se deben dejar al tiempo. Los que no se reporten así, olvídate en gran parte de ellos.

Y continuó, claro, nunca dejes de prestarle la atención requerida a ninguno; pero, sin preocuparte en extremo. Lo solucionable puedes lograrlo con pocas acciones. Ahora, aquello que no lo es, nunca lo vas a solucionar”. Fueron más o menos sus palabras, y la síntesis de un sermón personalizado.

Escuché con mucha atención todas sus palabras; las entendí perfectamente; y, las asimilé sin dificultad alguna. No obstante, en muy pocos aspectos aplicaba su amplio mensaje, motivado principalmente en los ímpetus juveniles, propios de todo aquel que es proclive al perfeccionismo, como era nuestro caso; y, por la inexperiencia obvia.

Pero, todo fue hasta que tuvimos que asumir responsabilidades de mucho mayor grado dentro de aquella entidad, que las de entonces, como con respecto a la llamada existencia física misma, y el acto de presencia que hicieran algunas circunstancias conflictivas, muy difíciles de ponerles el frente, cuando comenzó a irse revelando la realidad de aquellas inequívocas precisiones “añosas” del susodicho gratuito consejero.

Incluso, las asociamos de inmediato con aquella máxima tibetana, que ya por suerte conocíamos, y que expresa: “Si tu problema tiene solución, ¿por qué te preocupas? Si tu problema no tiene solución… ¿por qué te preocupas?” El sentido obvio de la misma es que, lo que tiene solución se puede resolver; lo que no, es imposible.

El tiempo nos fue enseñando a partir de ahí que, las preocupaciones que provocan determinados asuntos, hay que aprender a manejarlas en verdad; que cuando son mal asimiladas, y enfrentadas por supuesto como no se debe, se pueden convertir en una incontrolable tautología mental, conducente a peligrosos estados de ansiedad, y depresivos también, que finalmente terminan provocando graves enfermedades orgánicas en los humanos.

Está comprobado ya, que la preocupaciones van socavando la fuente energética de las personas; acaban con el poder físico-mental de las mismas, cuando se enraízan; por lo cual, la mejor receta siempre debe ser en todos los casos, el procurar sosiego, la paz, aquietar la mente; dejar que fluya la voz silente del Director interno que mora en cada cual, para emprender las acciones que se correspondan, de acuerdo siempre con su Magna Voluntad.

O, dicho de otra forma, pero con igual sentido, proceder frente a cualquier dificultad de esa naturaleza, “recurriendo a la ataraxia” (quietud absoluta del alma), “lograda mediante la práctica de la suspensión del juicio”, según Pirrón, filósofo griego de la Antigüedad clásica, considerado el primer escéptico en la disciplina. Así lo sostienen y comparten algunos entendidos, para de esa forma tratar de impedir el debilitamiento que toda situación preocupante pueda provocar.

Por último, ¡recordad siempre!, que sólo somos actores en la obra titulada “Expresión Terrenal Divina”, bajo la dirección única del Gran Arquitecto del Universo, en la que todos tenemos papeles asignados que desarrollar. Luego entonces, ¡no hay porque preocuparse!; nada más se debe dejar todo, en manos de Quien dirige.

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