El verdadero valor de los padres

Por Carlos Luis Baron martes 31 de julio, 2012

En una ocasión, alguien con mucha lectura, incluso sobre temas espirituales de gran profundidad, y vivencias en demasía, nos manifestó de manera muy sosegada, su parecer sobre el enunciado que encabeza.

Fueron más o menos sus palabras las siguientes, interpretadas, y llevadas hoy por nosotros, a un lenguaje algo más actualizado, con un poco de nivel aclaratorio en adición.

Mira muchacho, padre o madre es cualquiera, ya que los hijos son el producto del placer sexual entre las parejas, cuya concepción muchas veces, ni siquiera se desea.

Tanto la mujer como el hombre, con muy raras excepciones, tienen dentro de su misión terrenal – dharma, según el esoterismo oriental -, el servir de canales para la encarnación de las almas en el Universo manifiesto, en procura de evolucionar, y manifestar físicamente la Idea Misma del Supremo Padre, creador de todo cuanto existe.

Por tanto, cada alma que esté próximo a ingresar en el plano físico, con una corriente de vida previamente diseñada, hay que procurarle el entorno favorable, y los padres adecuados, para que los propósitos kármicos evolutivos contemplados en la misma se puedan cumplir.

Eso quiere decir que, tanto el padre como la madre, son elegidos de antemano; y que, no son ellos los que escogen en realidad el traer tales hijos a este mundo; sino que, los mismos constituyen simples instrumentos carnales, de los que se hace uso, o provecho de sus características particulares, y potenciales biológicas, para el engendramiento y gestación de un nuevo cuerpo físico, que será templo del espíritu visitante por un tiempo determinado.

Además, algunos hijos también constituyen efecto de karma para los propios padres, según los caracteres y los comportamientos que observen durante la adolescencia y la adultez. Los triunfos y fracasos de esos, les reportarán a aquellos, placeres o sufrimientos, a manera de compensación favorable, o punición, según sea el caso.

De ahí que, las interrupciones de los embarazos adrede por parte de las madres, o deseos de los padres, se convierten en causas de marcados efectos resultantes futuros, debido al quebrantamiento de la voluntad de co-creación divina a cargo, cuando se ha sido objeto de elección para tal propósito. Y, con regularidad, una de las conquistas posteriores obligadas, suele ser con la pérdida, por necesidad después, de ciertos eventos de gestación deseados.

Según eran las concepciones de aquel ducho orientador, el verdadero valor de los padres (hombre o mujer), había que aquilatarlo a partir del nacimiento de los descendientes, en términos del cumplimiento de las responsabilidades asumidas, de orden tanto físico como espiritual, con respecto a esos, luego de la aceptación conforme de la intermediación física para su gestación y nacimiento.

En esa disposición y concretización, sí era que estaba el verdadero valor de los progenitores (padre-madre), en el ámbito humano, y hasta espiritual también, cuando se tenía conciencia en ese sentido. No es por el simple hecho, de que se hubiera nacido de un determinado hombre y una mujer, a raíz de un placentero acto sexual.

Toda esa cátedra de aquel letrado señor, incomprensible para nosotros a la sazón, sí que nos sirvió como aguijón inductor hacia las investigaciones relativas en lo adelante, que nos han permitido el acopio de valiosas informaciones; y que han venido a confirmar en gran parte, aquellos juicios muy propios que ese caballero instructor una vez nos externara, asociándoles y comparándoles con muchos otros pareceres sobre el particular.

Sus opiniones de otrora, estuvieron muy acorde con las precisiones al respecto, con que luego nos encontráramos, plasmadas por la doctora Caroline Myss, en su obra “La Anatomía del Espíritu”, cuando ella se expresa en los términos siguientes, resumiendo:

“El sacramento del bautismo simboliza la aceptación de la responsabilidad física y espiritual por parte de la familia, del hijo que ha traído al mundo. Y que, los hijos de su lado, aceptan con gratitud a la tribu biológica en que han nacido, a la que deben toda honra y respeto. Al igual que, el estar prestos a perdonarle por cualquier sufrimiento causado durante la infancia”.

Creemos incluso que, esa consideración con respecto a los descendientes nacidos en el seno de cada familia, estaría en línea con el precepto que mantienen algunas religiones de las llamadas protestantes, en cuanto a no bautizar a los niños, por considerarles carentes de todo tipo de conciencia asimilativa.

Cabría agregar con relación a los padres, que los padrinos elegidos para la ceremonia del bautizo, se convierten en compromisarios de ese deber formativo y orientador, en ausencia de los progenitores. De ahí, el gran respecto hacia ese compadrazgo de sacramento, que antes se estilaba, y que lamentablemente hoy, a penas se recuerda después.

Evidentemente entonces, el cumplimiento de las responsabilidades paternas, luego del nacimiento – tiempo de crianza, y de formación en los demás órdenes -, dedicado a los vástagos, deberá ser el verdadero coeficiente de valoración hacia los progenitores, llámese hombre o mujer.

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