Enfrentando la muerte y el duelo

Por Carlos Luis Baron miércoles 6 de junio, 2012

Las estadísticas de muertes por actos violentos han crecido en los últimos años de forma inquietante. Los asesinatos por motivos pasionales, atracos, discusiones de transito, bebentinas, ajuste de cuenta y negocios del narcotráfico, hacen sus fatídicos aportes a la suma. Los accidentes de tránsito, y laborales, contribuyen al aumento de pérdidas humanas. También, las enfermedades terminales que ponen fin a la vida de cientos de personas cada año.

Son múltiples las razones que elevan las estadísticas de muertes, sin mirar las causas de esos fallecimientos, lo cual puede agravar el dolor en los parientes, estos dejan a más de una familia sumergidas en el dolor, la tristeza, la desesperación y la angustia. Familias que de repente se ven envueltas en el manto del duelo, tienen que afrontar una situación que, a partir del hecho, cambia su entorno, por no estar en el plan de vida.

La pérdida de un ser querido, por enfermedad o acontecimiento trágico, desbordan, en ciertos casos, la capacidad de respuesta de algunos miembros de familia. Los cuales por estar cargados con situaciones estresantes, y tener que hacer frente a la situación presentada, su capacidad de afrontamiento se ve minada por condiciones emocionales que hacen perder, en determinados casos, transitoria y definitiva, el contacto con la realidad.

La habilidad de afrontar la situación, en vez de ayudar a salir del duelo, puede tornarse perjudicial. La aparición de emociones negativas, como sentimientos de culpa, el odio, el rencor o la sed de venganza (ante un suceso traumático causado por otros) pueden enturbiar el cuadro. La pérdida de esperanza y de razón de vivir lleva a las personas a un estado delicado de depresión. Toda pérdida de un ser querido duele y cuesta tiempo recuperarse; y, por supuesto, a ese proceso se le llama duelo.

El duelo, según el Dr. Enrique Echeburúa, doctor en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Psicología Clínica: “es el conjunto de reacciones de tipo físico, emocional y social que se producen por el fallecimiento de una persona próxima y que pueden oscilar desde un sentimiento transitorio de tristeza hasta una desolación completa, que, en los casos más graves, puede durar años e incluso toda la vida”.

El duelo puede manifestarse en forma de negación, pérdida de apetito, falta de sueño, pena y dolor; a veces pueden aparecer también sentimientos de culpa por no haber evitado el fallecimiento, o por no haber hecho al muerto feliz en vida. Incluso, por experimentar una sensación de alivio tras la muerte, especialmente, cuando el difunto ejerció sobre los demás cierto control excesivo, como es el caso de la mujer que decide poner fin a la vida de la pareja que abusa de ella.

Estas manifestaciones variarán de una persona a otra; su fuerza dependerá del lazo que unía a la persona al fallecido y de las circunstancias que envolvieron su deceso. Por ejemplo, un suceso traumático que genera manifestaciones fuertes es la muerte de un hijo. La pérdida de un hijo joven puede ser el factor más lastimoso psicológicamente en un ser humano, especialmente, si se produce de forma inesperada y violenta, como en el caso de un asesinato o de un suicidio.

En el país hemos vivido varias experiencias, la del niño José Rafael Llenas Aybar, en el 1996; y la otra, la del niño Rafael Eduardo Jourdain, desaparecido y asesinado en este año. Sobre este último caso, estudiando lo ocurrido y a la madre del niño, estoy seguro que la señora Miguelina Jourdain todavía no ha superado la pérdida; y, más aún, cuando parte de la sociedad puso en duda las versiones de ella. Obviamente, no toda la sociedad es profesional de la conducta, y se cometió el error de mal interpretar el lenguaje no verbal y hablado de Miguelina, comportamiento que en la primera fase fue de negación.

La negación es un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los conflictos negando su existencia o su relación, o relevancia con el sujeto. Se rechazan aquellos aspectos de la realidad que se consideran desagradables. El individuo se enfrenta a conflictos emocionales y amenazas de origen interno o externo negándose a reconocer algunos aspectos dolorosos de la realidad externa o de la experiencia.

Estos acontecimientos afectaron sensiblemente a ambas familias y a la sociedad. También, en sus momentos, contribuyeron a incrementar los datos estadísticos de casos especiales.

Pero cabe destacar, que nuestro interés en este escrito es el de mostrar sucintamente el tema desde la perspectiva de las circunstancias de aumento de hechos desencadenantes de muertes que conducen al duelo y el compromiso social de brindar apoyo a las personas que sufren por estos tipos de casos. Y de cómo podemos confrontar esa situación, a propósito de las familias y personas que en el país están pasando por ese momento. Sobre todo, ahora que penosamente las muertes violentas e inesperadas se hacen tan común.

En este sentido, existen estrategias de afrontamiento a la pérdida de un pariente. Lo primero que se debe hacer es: aceptar el hecho y resignarse, recordar los momentos de convivencia positivos con la persona, compartir la experiencia de dolor y de la pena con los familiares cercanos. Dedicarse a reorganizar el sistema familiar y de la vida cotidiana, reinterpretar positivamente el suceso (hasta donde sea posible). Establecer nuevas metas y relaciones. Buscar apoyo social e integrarse a grupos de autoayuda.

No es saludable quedarse en los recuerdos y planteamiento de preguntas sin respuestas, los sentimientos de culpa, producir emociones negativas de odio o de venganza, aislarse socialmente, implicarse por decisión propia en procesos judiciales, (es saludable que sean otras personas allegadas y de confianza que asuman los asuntos de justicia, obviamente, si la persona no está directamente implicada en el hecho), consumir alcohol o drogas y abusar de fármacos autorizados.

No todas las personas pasan por la misma situación cuando se muere un familiar. Hay circunstancias de recuperación ante el duelo relativamente cortas y sanas. Hay otras que ameritan de apoyo, sobre todo cuando las reacciones, pensamientos irracionales y sentimientos afectan la conducta por más de 4 a 6 semanas. Cuando hay una interferencia negativa grave en el funcionamiento y relacionamiento con la familia, la comunidad, el trabajo o centro de estudio. Cuando una persona se siente incómoda con sus pensamientos, sentimientos y conductas, es aconsejable ir a terapia.