Escritos sobre la sociedad de postguerra y los partidos políticos postrevolución: 2000-2010

Por Juan Carlos Espinal jueves 28 de junio, 2012

En un momento determinado del último tercio del siglo la gran desigualdad social que separaba las reducidas minorías gobernantes modernizadas u oc­cidentales de nuestro país del resto empezó a colmarse fruto de la transformación general de la sociedad. Aun nuestros “reconocidos” intelectuales desconocen cómo ni cuándo la pobreza dominicana surgió, ni que nuevas percepciones creo esta transformación, ya que nuestro país carece de los servicios estadísticos gubernamentales adecuados, o de los mecanismos necesarios para efectuar estudios de mercado o de opinión o de departamentos universitarios de Cien­cias Sociales con estudiantes de doctorado a los cua­les poder mantener ocupados.

En cualquier caso, lo que su­cede con las comunidades de ba­se es que siempre resulta difícil describirlo, incluso en los países más documentados, hasta que ya ha sucedido, lo cual explica porque las etapas iniciales de las nuevas modas sociales y culturales de jóvenes resultan imprescindibles, y a menudo irreconocibles, incluso para quienes viven a costa de ellas, como quienes se dedican a la industria de la cultura popular, e incluso para la generación de sus padres. Lo que esta­ba pasando, más allá de las conciencias de las élites de la sociedad dominicana era el fenómeno de la concientización social desarrollada instintivamente por ca­da vez mayor cantidad de dominicanos, cuya actitud reflejaba independencia, aunque hasta entonces fueron colonia, y les pareció nece­sario ser hostil al Estado que no les facilitaba si­quiera Educación y que para el ojo de la mayoría deobservadores Santo Domingo era “un país rico mal administrado”. Esa mentira, mal interpretada cambiaría de la noche a la mañana cuando las gran­des cadenas de televisión y radio informaban al mundo cuales eran nuestras cerradas políticas de empleo , generador de nuestra actual pobreza. Llegados los años sesenta y setenta los indicios de una importante transformación social eran ya visi­bles en el mundo occidental dominicano, e innega­bles en los suburbios violentos, llenos de miseria donde lo indecible se hace cotidiano.

Paradójicamente en los lugares donde el ‘desarro­llo’ político social se estancaría corresponde al mundo socialista o liberal dominicano, aunque no suele reconocerse, puesto que, la revolución comunista fue un mecanismo de conservación que si bien proponía transformaciones en el modelo económico a favor de la gente, el Estado y la propiedad las políticas sociales, por ejemplo, apenas se congelaron por su for­ma pre-revolucionaria, o en todo caso, el subsidio estatal los protegió de los cambios subversivos y continuos de las socieda­des capitalistas. En cualquier circunstancia, su poder radicaba en el simple poder del Estado, ineficaz, lle­no de una retórica hueca, haciendo referencias de “totalitarismo” a cuyos líderes contemporáneos aún hoy les encanta creer. Los romanenses y banilejos están más alfabeti­zados y secularizados que los fronterizos habitantes de Pedernales y Montecristi, pero es probable que sus formas de vida no fuesen tan diferentes como se podría creer al cabo de ideas socialistas.

Las consecuencias culturales de nuestra transformación social es algo a lo que tendrán que enfrentar­se los historiadores.

Esta claro que, incluso en sociedades muy tradicio­nales los sistemas de obligaciones mutuas y de costumbres sufrieron tensiones cada vez mayores. La fa­milia dominicana funciona bajo una tensión sistemá­tica. Sus cimientos están debilitados. Es más, a los an­cianos del campo y a los jóvenes de la ciudad los se­paran miles de kilómetros de carreteras inservibles y siglos de subdesarrollo. Políticamente, desde la sociedad civil, por ejemplo, es más fácil evaluar las consecuencias difíciles del análisis. Y es que, con la irrupción en masa de esta población burguesa, o por lo menos de los jóvenes y habitantes de la capital, en el “mundo moderno” dominicano se desafía el mono­polio de las reducidas élites que configuran la primera generación de la historia colo­nial, y es por ello que un rasgo ascentral de­cadente y el cual nos pinta de cuerpo entero como sociedad encerrada es el estatus de una persona por su sonoro apellido, no, sólo por distinción sino por diferencias. Además, los programas e ideologías y el propio vocabulario y la reducida crea­tividad de sintaxis de los discursos públicos es una inexplicable y sencilla manera de entender la falta de ciudadanos instruidos, sobre lo cual está basamentado el porvenir de la República Dominicana. Esto se debe a que las masas urbanas o urbanizados, incluyendo la enorme clase media aun fueran cultas, no son, y por su mismo número, miembros de la élite, cuyos miembros se anillaban para preferir estar al mismo nivel que el español colonizador, o en un caso moderno, situarse al lado de sus estudios realizados en Europa o Nortea­mérica.

A menudo, resulta muy evidente que el pueblo, el ciudadano común se siente resentido con ellos. De ma­nera, que, la gran masa de los pobres no comparte la idea de tener fe en ideas que desconocía y por ende prefería aspirar a su propio progreso secular. El conflicto aumentó cuando los antiguos dirigentes dominicanos y la nueva visión global de la democracia se convertiría en un manifiesto crítico público – dando lugar tras de cada palabra a truños comprensibles, pues para un cronista de la actual época resulta risible observar los tropiezos infantiles a los que s ha expuesto a nuestro país. Es decir, algunos líderes de la izquierda y de la sociedad civil corporativa, con acceso a ciertos patrones culturales, reducen a su grado mínimo la generalidad del estado cuyos dirigentes pretenden con sus vagas ideas alimentar conflictos jurídicos políticos superados.

Un ejemplo de ello es el nutrido apoyo de un contado exclusivismo nacional, impregnado en el conservadurismo de clase. Este conflicto tiene sus raíces en la profunda crisis de identidad de nuestra burguesía urbano rural, cuyo orden social ha sido reducido a pedazos y porque el auge de un amplio estrato social de jóvenes mejor preparados con acceso ha roto el monopolio de las certezas. El pueblo, transformado por la constante migración del campo a la ciudad, dividido por las diferencias cada vez mayores entre ricos y pobres, que creaba la economía monetaria, hostigados por la inestabilidad que provocaba una movilidad social desigual basada en la educación, así como por la desaparición de los indicadores materiales y lingüísticos de castas y nivel, que separaban a lo dominicanos, pero que no dejaban lugar a incógnitas en cuanto a su realidad, vive en un estado de ansiedad permanente acerca de su destino. Se han utilizado estos hechos para explicar, entre otras cosas, la apariciónde nuevos ritos, símbolos e ídolos de comunidades nuevas, y como el repentino surgimientos de congregaciones de culto yoga en los años ochenta, la sustitución de formas de cultos particulares y familiares; o la institución de jornadas deportivas escolares inauguradas con la interpretación del Himno Nacional, irónicamenteen cintas magnetofónicas, impactan en las tradiciones y costumbres autóctonas. Es por ello que Santo Domingo aun cuando cambia, este último fenómeno no es vigoroso. Nuestro porvenir socio político es cada vez más inflamable.

Nuestra política nacional de distribución de las riquezas jamás ha existido. En realidad, han sido grupos que de alguna manera han entendido el poder y se lo ha “repartido” coyunturalmente y por tanto la contracción no permite que el sistema funcione. En algunos sectores de la política tradicional donde existe aceptación sustancial de la ciudadanía, la clase política que dirigía sus demandas aun podría mantener cierto grado de continuidad. Los dominicanos continúan siendo tan liberales y conservadores como lo han sido durante más de un Siglo (1900-2000) aunque están dispuestos a discrepar de sus propios intereses si estos están en juego.

El congreso está dividido, ha cambiado, y se ha reformado en apenas 35 años (1966-2000) pero hasta los años noventa, en República Dominicana, las elecciones generales con contadísimas excepciones siguieron ganándolas quienes apelaban a los objetivos y tradiciones históricas, lo cual traduce el atraso del sistema político y social dominicano, encabezado por Joaquín Balaguer. Aun cuando el comunismo se desintegraba en el resto del mundo, la arraigada tradición izquierdista de algunos dominicanos, así como la capacidad competente de sus miembros, mantienen vivas la permanencia de ideas progresistas en Santo Domingo.

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