Esperanza: rota y marchita

Por Carlos Luis Baron lunes 26 de marzo, 2012

Una ola de suicidios y violencia intra-hogareña está ahogando a la familia dominicana; Parecería que a todos está salpicando esa sangre que se derrama en vano y sin justificación.

Todos somos culpables de la desesperanza de los dominicanos. Son culpables los que pensaban hace unos años en un mundo mejor, y se dejaron vencer por la inercia y por el sistema, y tiraron la toalla y colgaron los guantes.

Culpables son porque dejaron al camino, y echaron al zafacón los años de lucha de su juventud, como si fuera un traste viejo, que no merece estar en nuestras conciencias.

El mundo mejor que soño la juventud de la llamada década pérdida quedó en medio de las sombras de mártires sin reconocimiento, victimados en los doce años del Doctor Joaquín Balaguer, y olvidados por gobiernos miedosos de reivindicar su lucha.

Pero los verdaderos culpables son los indiferentes. No importa donde usted se encuentre, en cuanto se refiere a posición social, económica o política. Su falta de interés en los problemas diarios dominicanos le hace culpable de esta violencia.

Como todos los rasgos sociales rompientes, la crisis economica que afecta a nuestra sociedad, es la punta de lanza en esta discordia colectiva. La destrucción del hogar, y la falta de esperanzas en lo individual y lo colectivo, es culpa de la mala distribución de las riquezas.

En el mundo de ayer, de hoy, y talvez de mañana, la felicidad puede ser subjetiva u objetiva, pero necesita tener sobre sus hombros al Dios Dinero. De ahí que aumentan cada día los miles de dominicanos que se alejan de los niveles de producción, para caer en la mayor de las miserias.

No es problema de un gobierno determinado, sino del sistema. Los gobiernos, buenos o malos, van a administrar el presente sistema, y no tienen la fuerza para dar un paso más allá en las reformas que se necesitan. Los gobiernos están de manos atadas, para hacer cambios en la tenencia de la tierra, o nivelar el capital que crece en forma voraz. Al no poder cambiar la correlación de la economía, sencillamente se saca a los desarrapados de la parada en espera de la esperanza.

La violencia intra-familiar y los suicidios, en su mayor parte y como causa social, no se van a detener por un seminario en un hotel de lujo, por un trabajo sociólógico encargado a un costo de millones de pesos, o por el llamado de sectores religiosos.

Si no se mejora la crisis económica, la familia, el hogar dominicano, seguirá destruído, y por consiguiente no jugará su papel principal que es ser eje central del progreso y desarrollo personal, para luego pasar a lo social. Sino rescatamos la esperanza, de los que ya no creen en nada, entonces que Dios nos coja confesados.