Estado: ¿dónde estás?

Por Carlos Luis Baron viernes 23 de marzo, 2012

Durante muchos años, el Estado estuvo sintetizado en la cresta coronada. Con el despotismo, el nepotismo y la violencia engrendrada en una casta que se creía superior surgía la figura por encima del ciudadano.

El Estado recreado en un hombre con alegada sangre azul y no roja, nacía y terminaba con ese monarca. No había continuidad, porque las leyes físicas tienen un principio y un fin.

En un instante de la historia, que parecía ser eterno, pero que fue tan frágil como una copa de cristal, un monarca cegado de poder grito ¡El Estado soy yo!. No era así.Usted conculca el Estado, pero sus lineamientos de aplicación social no corresponden al capricho de un hombre. La revolución francesa entró de lleno en la historia las leyes y el ciudadano. Hasta ese momento solo había una ley, la del rey.

La vida y la hacienda tenian un dueño, el rey. Su brazo derecho y cancerbero, era el señor feudal.

Aún dentro de esa podredumbre social, existía el ciudadano, sin nombre y con una máscara de hierro, para que no se le viera el rostro. Agente social sin derecho, dedicado a cultivar la tierra para beneficio de los poderosos, artesano para las espadas y los gustos de los que podían pagar, o bufón de una corte que reía de sus chistes, que en el fondo era su desgracia.

La chusma irredenta y el artesano queriendo ser dueño de su destino se lanzaron a las calles de París, bajo el grito de igualdad, fraternidad, solidaridad. La Bastilla era una fortaleza poderosa en piedra, pero carcomida por la podredumbre de sus presos y sus guardianes.

El verdadero Estado surge en ese momento, porque no depende del capricho temporal de un monarca, si no en la continuidad del ejercicio y de las leyes. Poco importa que la revolución madre, que fue esa francesa, se llevara a la guillotina a sus forjadores, y de refilón pariera al sable que conduciría la lucha por senderos de conquistas, militarismo y una nueva casta imperial. Pero Napoleón ofrendó a esa continuidad socio-política el fotalecimiento de las leyes, el código napoleónico, y abrió las puertas al hombre de la calle, que de mozo de artillería podía llegar a emperador.

Lo importante es que los ciudadanos comprendan que el Estado no es una masa amorfa, es la energía dirigencial de una sociedad. Un mal Estado es producto de los frutos de las desventuras y desvarío de esa sociedad.

Cada dictador surge por la tolerancia de su generación. Detrás de cada dictador se yergue la desesperacion social, de los que quieren paz y tranquilidad, y en base a tenerla, venden su libertad.

Ciudadanos somos todos. Desde el loco que está tirado en una esquina hasta el Presidente de la República. Ante la ley, todos somos iguales. Ante el llamado irremediable de la muerte, todos somos iguales.

La continuidad del Estado se para cuando surge el puño de hierro que cercena las instituciones, y las torna a su capricho. Lo hizo Stalin en Rusia; Pinochet en Chile y Trujillo aquí. Hoy los dominicanos tenemos la concertación como el verdadero nombre de la paz.