Ideas y armas

Por Carlos Luis Baron martes 1 de mayo, 2012

La política está por encima de los gatillos alegres. Los hombres que en alguna ocasión usaron el uniforme, deben pensar en las armas para defender a la patria, no para emitir declaracions petulantes.

En determinadas circunstancias, el poder se sustenta sobre el cañón del fúsil, pero sin las ideas, sin el pensamiento, sin la ideologia, las armas sólo sirven para cercenar las libertades.

En la República Dominicana no queremos antiguos uniformados que metan miedo, sino que se integren a la vida civil con decoro, con respeto ciudadano, y sobre todo, no ofendiendo la conciencia nacional.

La represión política, y levantar miedo con la utilización de los fúsiles, no le hace un bien a la democracia. En el peor de los casos, podría llevar al país al caos y a violaciones al derecho a la vida.

Esperamos que la sensatez se imponga, y a las cabezas calientes, que piensan que están en la guerra, en vez de un torneo cívico, se le eche un poco de agua bien fría, para que no sufran de delirios.

Reflexionemos sobre un pasado reciente. La delincuencia se puede enfrentar en el terreno que ella determine, es una acción que busca garantizar la tranquilidad de la ciudadanía. En ocasiones, puede justificarse el llamado intercambio de disparos, en base a la protección ciudadana.

Es hasta posible que un exceso policial, se pueda en un momento dado aceptar, como forma de reducir los índices de delincuentes.

Pero ese accionar que quizas fuera efectivo en un momento específico, y en un cargo de orden público, no se puede llevar al terreno de la política.

No es lo mismo querer cercenar aspectos de respeto democrático, que hacer de cirujano sin ser médico. Si el uniforme en descanso quiere hacer vida pública, tiene derecho, pero sin sacar espadas que nunca se blandieron en guerra.

Las charreteras se ganan por una hoja de vida de servicio, pero su vistosidad o tintineo no puede ser para meter miedo en las sombras de la noche.

Hay que saber seguir el ejemplo de Douglas Maccarthur, talvez el más olvidado de los comandantes norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, cuando señaló: Los grandes generales no mueren, se esfuman. A los torneos cívicos se va con las ideas, no con la cimitarra.