Impacto de las despoblaciones rurales en el desarrollismo capitalista pos Trujillo: 1970-1974

Por Carlos Luis Baron lunes 2 de julio, 2012

El "desarrollo" social y humano del desarrollismo capitalista 1966-1978, dirigido o no por el Estado, no resultaba del interés inmediato para la gran mayo­ría de los dominicanos que vivía del cultivo de sus propios alimentos, pues, nuestras fuentes de ingresos prin­cipales eran uno o dos cultivos de exportación, café, plátanos o cacao, productos que suelen concentrarse en áreas geográficas muy determinadas. Así pues, emularíamos a los chinos pobres de la parte Sur y a los indigentes africa­nos del Norte, quienes continuaban viviendo de la agricultura.

De manera que la visión occidental del campesina­do dominicano, estaba apenas iniciando una copia en calco de las migraciones en todo el continente del área rural a las urbes, volcando sobre nuestras ciudades olas de desempleados y que en apenas dos décadas cam­biarían las estructuras de Santo Domingo y Santiago. En algunas regiones fértiles y con una densidad poblacional no excesiva, como buena parte del Cibao, La Ro­mana y Baní la mayoría de la gente se las había ingeniado para mantener un nivel de vida adecuado. La mayoría de las ciudades con baja densidad y em­pleo aún precario, no necesitaba del Estado domi­nicano, por lo general demasiado débil, y los habi­tantes de estas zonas prescindieron de los políticos y el poder, refugiándose en la autosuficiencia de la vida rural.

Curiosamente, pocos países en procesos revo­lucionarios iniciaron la era de la independencia con mayores ventajas que los dominicanos, aunque noso­tros muy pronto desperdiciaríamos la capacidad geopolítica del entorno. La mayoría de nuestros campesinos era mucho más pobre que los del resto del continente, y para colmo, es­taban mucho peor alimentados, y la presión demográfica sobre una cantidad limitada de tierra, era más grave para la economía que nunca antes.

No obstante, nuestros gobiernos entendieron conjuntamente con sus habitantes que la ma­yor solución a sus problemas no era mez­clarse con quienes les decían que el desa­rrollo económico les proporcionaba rique­zas y prosperidad sin ningún tipo de bulto, sino mantenerles pobres.

La experiencia de décadas, tanto colectiva como in­dividual era que nuestros antepasados nos inculcaron que nada bueno provenía de lo extraño. Generaciones de planificadores hicieron cálculos donde nos pretendieron asimilar que era mejor minimizar los riesgos antes que maximizar los beneficios. Esto nos mantendría al margen de la revolución económica global, que no só­lo llegaría hasta los más aislados en forma de camiones viejos, sandalias de goma y despachos gubernamenta­les llenos de papeles, sino que además esta revolución, tendió a dividir a la población de estas zonas entre los que actuaban dentro o a través del mundo de la escritu­ra y de los despachos y los demás.

En la mayor parte del tercer mundo dominicano y rural la distinción básica era entre la costa y el interior, o entre la ciudad y los pueblos. El problema radicaba en como los ciudadanos y el gobierno marchaban juntos hacia la modernidad en un país lleno de cultos y anal­fabetos, modernidad y primitivismo, y un montón de estereotipos foráneos. Nuestras asambleas legislativas en lugar de anteponer la soberanía dominicana o los intereses pa­trios se resarcía asimismo con el ensanchamiento de la deuda. Apenas, habían licenciados, incluyendo pocos doctores, si es que existieron, y muy pocos habían cursa­do estudios secundarios o superiores. Por aquella épo­ca, nuestro territorio poseía una población analfabeta, más aún, toda persona que deseaba ejercer alguna acti­vidad dentro del gobierno "nacional" en un estado po­bre y aislado como el nuestro, tenía que saber leer y es­cribir, no por obligación, sino por la carencia de este ele­mental principio básico del ser humano. Pocos habla­ban inglés, francés y esto se convertiría en un privilegio del que muy pocos dis­frutaban.

Es por ello que los dominicanos que vivían en zonas alejadas y atrasadas se dieron cuenta de la ventaja de te­ner estudios superiores, aunque no pudieran compartirlo, o tal vez porque no podían obtenerlos. Así, cono­cimiento equivalía literalmente, a poder, algo especialmente visible en nuestro país, donde el Estado es a los ojos de los ciudadanos una máquina que absorbía sus recursos y los repartía entre los empleados públicos. Te­ner estudios era tener un empleo, a menudo un empleo asegurado, como funcionario y con suerte, hacer carre­ra, lo que le permitía al ciudadano obtener sobornos y comisiones y dar trabajo a parientes y amigos.

Un pueblo como el dominicano, que invierte en los estudios de uno de sus jóvenes esperaba recibir a cambio ingresos y protección para toda la comunidad, gracias al cargo en la administración que estos estudios aseguraban. En cualquier caso, los funcionarios que tenían éxito eran los mejores pagados de toda la población. Re­pública Dominicana fue tan pobre, que los servidores públicos se enriquecieron brutalmente. Incluso, sus ha­bitantes perderían la capacidad del ahorro y salario real. Donde parecía que la gente pobre del campo podía beneficiarse de la ventaja de la educación u ofrecérsela a sus hijos, el deseo de aprender era prácticamente universal, curiosamente en un país cercano a la moderni­dad y cerca del colonialismo. Estas ansias de conoci­miento explican en gran medida la enorme migración del campo a la ciudad que despobló el agro y la capaci­dad productiva del país a partir de los años cincuenta.

Y es que la ciudad resulta atractiva y ante todo ofrecía oportunidades de educación y formación de los hijos. La mentalidad vigente era que en la ciudad se podía "llegar a ser alguien". La escolarización abrió perspecti­vas más halagüeñas, pero en nuestro atrasado país, el mero hecho de conducir un vehículo moderno y poseer la piel clara podía ser la clave de una vida mejor. Lo pri­mero que un campesino enseñaba a sus hijos y sobrinos era la esperanza de abrir el camino hacia un mundo moderno como "la capital", ya sea conduciendo un vehículo del transporte público o por el contrario crear un tarantín debajo de los edificios más modernos de la ciu­dad. Sin embargo, había un aspecto de la política de desarrollo económico que habría sido y resultaba atractivo, ya que afectaba a las tres quintas par­tes o más de los campesinos que vi­vían de la agricultura: la reforma agraria, era la consigna general de los gobiernos dominicanos, aun cuando no significó la gran cosa, des­de la división y el reparto de los latifun­dios entre el campesinado y los jornaleros sin tierra, hasta la abolición de los regímenes de pro­piedad y las servidumbres de tipo feudal, desde la re­baja en los arrendamientos y sus reformas hasta la na­cionalización y colectivización revolucionaria de la tie­rra. El agricultor dominicano apenas comenzaría a abandonar las cose­chas y depredar los conucos. Es proba­ble que jamás se hayan producido tantas reformas agrarias como en la década de los setentas, donde casi la mitad del género humano se estaba dando cuenta que se hacían más pobres. No obstante, a pesar de la prolife­ración de las declaraciones políticas, República Dominicana tuvo demasiadas revoluciones, desco­lonizaciones o derrotas militares como para que hu­biese una reforma agraria exitosa.

Los argumentos a favor de la reforma agraria eran básicamente políticos, para ganar demagógicamente el apoyo del campesinado de una manera ideológica y en algunas ocasiones económicamente, aunque no era mucho lo que la mayoría de reformadores "reformis­tas" esperaba conseguir con el simple reparto de tierras a campesinos tradicionales y a peones que tenían poca o ninguna tierra. De hecho, la producción agrícola ca­yó drásticamente luego de los repartos, aunque la pre­paración del campesinado mejoró.

Los argumentos favorables al mantenimiento de un campesinado numeroso eran y son antieconómicos, ya que en la historia del mundo moderno el gran aumento de la producción agrícola ha ido en paralelo con el declive de los mercados en la medida de la proporción de agricultores, en especial luego de la Guerra Civil de 1965. La refor­ma agraria, sin embargo, podía demostrar que el culti­vo podía ser más eficiente y flexible que el latifundio practicado en tierras despojadas por militares, políticos y empresarios y ciertamente cualquier intento se consi­deró una explotación capitalista que hizo que los productos llega­ran más caros y con menos calidad a la población, de­bido pues, a los intermediarios.