Impacto del campo en el desarrollo social

Por Carlos Luis Baron viernes 4 de mayo, 2012

Donde vivir es una de las decisiones importantes que enfrentamos en nuestras vidas. De esta decisión depende nuestro futuro, la calidad de vida, como el de nuestras familias e incluso el futuro de nuestro propio país.

De acuerdo a las Naciones Unidas, en el 2008 por primera vez las gentes que viven en las ciudades superaron a las gentes que viven en los campos en el mundo. Ha sido una gran oleada humana del campo a la ciudad, más de 227 millones, de acuerdo al organismo mundial, se han movido desde el año 2000.

En el caso especifico de República Dominicana, en las décadas de los años 60s, 70s y 80s se produjeron grandes oleajes de campesinos emigrando hacia las ciudades de Santo Domingo, Santiago y San Francisco de Macorís, entre otras. Estos acontecimientos se convirtieron espontáneamente en la más grande revolución ecológica y democrática en nuestro país.

A partir de dichas décadas, los habitantes de nuestros campos guiados por su gran inteligencia intuitiva, comprendieron, contrario a nuestros vecinos haitianos, que estaban compelidos a procurar su promoción humana asumiendo para si los beneficios que les podían arrojar las grandes ciudades, de tal forma que hoy se pueden apreciar los buenos resultados de dicho proceder. Igualmente, con ello se logró mayores niveles educativos que permitieron al país proteger su flora y su fauna, mientras que en Haití prácticamente se destruyó la flora, la fauna y parte de la insustituible capa vegetal de su suelo, por la falta adecuados niveles educativos en su población rural y de una sólida concientización en torno a sus reales reivindicaciones y deberes sociales, además del rol que les correspondía jugar en la toma de decisiones locales, regionales y nacionales.

En el referido proceso, fue la UASD la primera institución que creyó en la educación de masas, estuvo en el centro de la recepción de estas grandes oleadas de campesinos, ella abrió sus puertas a miles de campesinos sin distinción y contradijo todas las teorías predominantes en la época.

Estas masas de jóvenes comenzaron a compartir con profesores de alto nivel y prestigio como el profesor Pedro Mir en humanidades, el Dr. Gustavo Rathe en física o la profesora meritísima Ing. Mercedes Sabater de Macarrulla, por solo mencionar algunas luminarias de intelectuales de la UASD en esa época.

Las conversaciones de estos millares de campesinos con estos profesores, en el mismo centro de la ciudad universitaria, se transformó, de manera indirecta, en la más grande revolución ecológica y democrática en toda la historia de la isla.

En aquellos años, políticos, economistas e intelectuales atrasados, pedían a gritos por radio y televisión que se impidiera la emigración de los campesinos hacia las grandes ciudades. !Que equivocados estaban!. Hasta las aves desoyeron estos ruidosos discursos y emigraron a la ciudad.

Producto de lo indicado, hoy tenemos por resultado que miles de estos campesinos, convertidos en exitosos profesionales, médicos, ingenieros, sicólogos, sociólogos, físicos, químicos, abogados, día tras día hacen presencia en nuestros campos, constituyéndose en columnas esenciales para lograr un futuro mejor de las zonas rurales, además de convertir a las mismas en jardines ecológicos, haciendo de nuestro país uno de lo más bello y hermoso del mundo.

Estos extraordinarios logros, llaman a los ayuntamientos y al gobierno central, aprovechar a toda capacidad los recursos humanos de alto nivel vinculados a los campos que les vieron nacer y crecer, a fin de canalizar sus conocimientos y experiencias al servicio del desarrollo de las diferentes comunidades rurales de nuestras regiones. Lo anterior producirá un efectivo proceso de cooperación y beneficio mutuo en educación, actividades y proyectos específicos, como lo ha logrado el Consejo Regional de Desarrollo (CRD) en el entorno rural de las provincias que componen la Región Nordeste y el Cibao Central.

Tras las fecundas y beneficiosas conquistas que ha arrojado la emigración de nuestro campesinado a las grandes ciudades y del mundo actual, todos los dominicanos y las dominicanas debemos asumir plenamente que el otro nombre de la libertad, la democracia y el desarrollo se llama: Educación.