Impacto social y cultural de la inmigración campesina en la economía urbana

Por Carlos Luis Baron lunes 9 de julio, 2012

Una serie de países emergieron o serían sumergidos en la pobreza. República Dominicana no escaparía a si­tuarse en la cola de los países atrasados y aceptaría táci­tamente el eufemismo de ser un país "en vías de desa­rrollo". Alguien tuvo la "delicadeza’" de crear un sub-grupo de países de renta baja en vías para clasificar a los tres mil millones de seres humanos cuyo PNB per cápita habría alcanzado un promedio de $330.00 dólares hasta 1989, distinguiéndolos de los quinientos millones de habitantes más afortunados de países menos pobres, como la República Dominicana, Ecuador y Guatemala, cuyo PNB medio era varias veces más bajo que el de los privilegiados del tercer mundo (Brasil, México y Mala­sia) con un promedio ocho veces mayor.

Los aproximadamente ochocientos millones del gru­po más próspero disfrutaban en teoría de un PNB por persona de $18,260.00 dólares, es decir, cincuenta y cin­co veces más que las tres quintas partes de la humani­dad, incluyendo obviamente nuestro país. En la prácti­ca, en la medida que la economía mundial se fue globalizando, en serio, sobre todo tras la caída de la Unión Soviética, se fue convirtiendo en más puramente capitalización y dominada por el mundo de los negocios.

Los inversionistas y empresarios descubrieron que gran parte del mundo no poseía ningún inte­rés económico para ellos, a menos, quizás, que pudiesen sobornar a sus políticos y funcio­narios, para que malgastaran en proyec­tos de prestigio, y el dinero, nos lo saca­rían de los bolsillos a costa de las "consi­deraciones de los jefes de Estado".

En nuestro país la cantidad despropor­cionada de ciudadanos se encuentra en los mismos niveles de vida que países africanos. De manera, que, la guerra fría nos privó de ayudas económicas. Además, con el aumento de la división entre los pobres, la globalización de la economía produjo movimientos, en especial de personas, que cruzaban las fronteras y legiones. Turistas de países ricos nos invaden como jamás los habían hecho.

A mediados de los años ochenta, miles de turistas procedentes de Europa motivarían la economía con una enorme mano de obra, procedente de sectores pobres siempre que las barreras políticas no lo frenasen. Por desgracia, en los decadentes años setenta y ochenta, los movimientos migratorios no se dirigían sólo hacia la capital. El número de campesinos en las grandes urbes rurales creció y se dispararía en millones en apenas 20 años (1965-1985).

La mayoría emigraba después de abandonar los co­nucos y las siembras pero una parte importante venía de la frontera escapando de la miseria y se convertirían en refugiados cada vez más difíciles de separar de los torrentes de hombres, mujeres y niños que huían deses­peradamente hacia un mundo moderno.

Así que desarraigados de su entorno y enfrentando a ciudadanos similares más capacitados se convertirían en virtuales refugiados en una capital sin ordenamien­to urbano con excepción del algunos sectores privilegia­dos cuyos habitantes ni fomentaban, ni permitían, la en­trada masiva de "inmigrantes", de otros barrios o pueblos a quienes consideraban al menos.

Aún, cuando los teóricos no se refieran a este tópico, este rechazo podría considerarse como un nuevo sín­drome social en la comunidad dominicana, la xenofobia local. De manera que el asombroso salto de la econo­mía del mundo capitalista y su creciente globalización provocaría la división del concepto de nación de la Re­pública Dominicana, puesto que, el concepto de tercer mundo sería asimilado por aquellos que se situaron conscientemente en la práctica totalidad de los habitan­tes pobres del país y quienes viven en la actualidad en el mundo moderno.

En realidad, muchos de los movimientos tradiciona­les y nominalmente conservadores ganarían terreno en un país con mentalidad oligárquica del tercer mundo, sobre todo, pero no exclusivamente, en la clase baja, quienes son masas irredentas que se resisten o los han empujado contra la modernidad y a los cuales se les ha aplicado esta vaga denominación. La gente sabe ahora que forma parte de un mundo que no era como el de nuestros abuelos. Los alimentos nos llegaban por auto­bús a través de avenidas polvorientas, en forma de bi­dones de leche, en forma de radio de pilas, en donde el mundo les llegaba a través de pilas, quizás, hasta a los analfabetos, en su propia lengua, o dialecto, no escritos, aunque esto suele ser un privilegio de las comunidades campesinas.

Pero en un país donde la gente del campo emigra a Santo Domingo por millones, e incluso en ciudades como Santiago y Puerto Plata donde las poblaciones urbanas superiores a un tercio eran habituales, casi todos habían trabajado en la capi­tal o tienen un pariente que vive aquí. Desde entonces, pueblo y ciudad, están unidos. Hasta los campos y re­giones más despobladas, quienes viven en chozas sin electricidad, ni agua potable, se pueden observar- bote­llas de Coca Cola vacías y productos de consumo nacio­nal a gran escala, e incluso relojes de marcas donde ade­más se comercializan.

En cualquier esquina de la capital podemos observar a ciudadanos dominicanos pobres vendiendo con el mismo nivel de habilidad de ciudadanos del primer mundo. La capital se ha convertido en el espejo del cambio aunque la verdad es que los capi tálenos no son modernos por definición, es decir, son atrasados. Aun así, la idea de un joven estudiante de uno de los barrios de la ciudad con niveles de marginalidad es inscribirse en una universidad privada, debido a que, sus padres o al menos el instinto, les dice que donde hay roce social hay progreso.

Por más que los pobres dominicanos utilizasen las he­rramientas de la sociedad tradicional moderna para construir su propia existencia urbana, creando y habitan­do nuevos barrios "pujantes" en la capital y Santiago re­sulta demasiado, para, lo que, habían de superar y además los há­bitos propios de los inmigrantes de los campos entran en conflicto con los tradicionales. Por eso un cibaeño con­frontará a un capitaleño y viceversa. Los estilos de vida son diferentes y las costumbres del hombre de la ciudad con mayores perspectivas, es natural, el rechazo regional.

En ninguna otra faceta resultaba todo ello más visible en el comportamiento de las jóvenes adolescentes de cu­ya ruptura con las tradiciones de sus abuelas comentan con nostalgia sus madres. La idea de la modernidad en nuestro país pasó de la ciudad al campo, incluso donde todavía hoy, se vive del cultivo, de variedades de cereales diseñados científicamente y que apenas hoy se comienza a difundir, aún cuando tarde, a través del cultivo de exportación de frutas y vegetales para los mercados mundiales, gracias al transporte por vía aérea de productos perecede­ros y a las nuevas modas entre consumidores del mundo desarrollado.

Los dominicanos no deben subestimar las consecuencias de estos cambios en el mundo rural. En ninguna otra parte, el choque ha sido tan frontalmente brusco como en los campos agrícolas y ganaderos, donde los hombres abandonan los cultivos y las mujeres se convierten en mer­cado. Además, uno de los casos más llamativos es el au­mento del consumo de drogas narcóticas en la población rural. Ni hablar de los capitaleños, quienes hoy como moda consumen cocaína. La globalización ha desvirtuado el mercado y nos golpea despiadadamente colisionando, incluso, las estructuras más débiles de nuestra nación a tra­vés del turismo, la niñez. Además, llegaría la proliferación de cultivos de marihuana.

¿Cómo puede un agricultor de yuca y batata competir con un cultivo de marihuana? El modo de vida de la vida rural, ha comenzado a desarti­cularse. Es inestable, fruto de la pobreza cuasi do­nada y donde proliferan los bares y burdeles. El campo dominicano se ha transformado, pero esto ha dependido de la civilización urbana y las industrias, pues nuestra economía depende a me­nudo de las remesas de los inmigrantes como los denominados peyorativamente "york dominicans" y en el mejor de los casos "dominicanos ausentes" a quienes les debemos que todavía hoy somos al menos una nación

Paradójicamente, en República Dominicana al igual que los Estados Unidos, la ciudad puede convertirse en la salvación de la economía rural, que de no ser por el im­pacto de aquella, podría haber quedado abandonada por unos ciudadanos que habían aprendido de la experiencia de la emigración, propia de nuestros campesinos, donde hombres y mujeres no tienen alternativas. Los dominicanos han descubierto que no es inevitable que tuvieran que trabajar como esclavos toda la vida sembrando en la tierra, defecando en letrinas, y sudando la gota gorda sin ninguna fortuna como lo hicieron sus antepasados.

Numerosas poblaciones rurales de todo el país, en la impresionantes montañas dominicanas, desdeñan la agricultura y la hermosura de sus paisajes y han abando­nado sus lugares de origen a partir de que se dieron cuen­ta que en la capital hay un mundo mejor. Olvidaron sus costumbres, sus tradiciones y prefirieron poner un pues­to de frutas que no tenían que cultivar, aún cuando en sus mentes poseían su carácter agrícola, y saben que con el paso del tiempo a través de los ingresos procedentes de sus puestos de ventas tendrán otra procedencia social.