La botija creativa de Miguel Ramírez

Por El Nuevo Diario viernes 12 de agosto, 2016

EL NUEVO DIARIO.-Miguel Ramírez posee una impresionante persistencia en escudriñar las múltiples dimensiones del objeto artístico, buscando una satisfacción estética que desborde sus propias expectativas personales.

Su marcado empeño por hacer asequibles las expresiones gráficas de su obra lo llevan a extenderle al espectador propuestas incluyentes en actos creativos que redimensionan objetos, conceptos y sentimientos. Su vasto y prolifero entrenamiento y ejercicio de las artes escénicas le han equipado para impregnar su obra plástica con procedimientos y expresiones sofisticadamente escenografiadas para expandir el deleite estético del espectador.

Este consciente manejo de la escenificación estética, al mismo tiempo complejiza la transmisión de discursos ideológicos que demandan una relación más íntima con cada pieza de Ramírez.

Cada puesta en escena de su discurso estético es un desafío distinto para quienes deseen establecer un diálogo plural con su proceso y sus posturas ideológicas. No se puede ir al escenario de sus planteamientos artísticos simplísimamente afligido por nostalgias provocadas por la domesticación del mercado del arte.

El encuentro con la escenificación de sus expresiones estéticas es una cita con un cuerpo desnudo, pero en proceso de transformación conceptual y existencial. El éxito está en también sabernos cuerpos y despojarnos de las vestimentas teñidas por lo preconcebido.

Cuando se tiene una conciencia tan profunda y un compromiso inquebrantable con el oficio como el que posee Ramírez, muchas veces hasta el azar termina siendo cómplice del dominio y destreza del artista sobre su proceso y su obra como objeto artístico.

El método es siempre una combinación de elementos que, manipulados por la habilidad del artista, se convierten en un lenguaje que identifica la voz del creador y la particulariza como suya. Para lograr ese nivel de empatía entre método y creación, el artista necesita desprenderse del miedo a redescubrirse por medio a la criticidad, al cuestionamiento permanente de lo logrado para trillar el camino de lo futuro.

La incuestionable capacidad creadora de Ramírez hace años que pisoteó ese miedo y se echó a andar: el resultado está plasmado en las disimilitudes de un conjunto de obras con relación a otro. Pero sin doblegarse al engaño porque siempre queda el hilo conductor que empalma una pieza con la otra: ideología y discurso.

Entonces no basta con ser un experto en historiografía, crítica y curaduría de arte para pretender abrogarse el derecho exclusivo de dialogar con la obra de Ramírez. Más allá de las particularidades del oficio y sus especialistas, sobrevive una tercera dimensión escenográfica que nos acerca a las codificaciones del artista: lo humano. Pues cada vez que Ramírez redimensiona elementos cotidianos dentro de su discurso estéticos, igual nos está diciendo “Mira, así sueño yo las cosas que nos son comunes”. Y esas cosas bien pueden incluir una ciguapa mitológica, un nido de ave, una cerámica serializada, un trozo de isla historizada, etc.

El diálogo no es sólo con ni para especialistas. La obra parida por las manos de Ramírez es mucho más atrevida y sugerente. El requisito es no prejuiciarse ante el objeto artístico y su lenguaje.

Un artista purificado por semejante proceso creativo sí que puede tirar la primera piedra sin dejarse afligir por el pecado. Suyo es el dominio de la forma, las dimensiones, los cromatismos, el ensamblaje de tiempo y espacio en un lenguaje que lo denuncia como alma y materia de un momento histórico con sus particulares artistas sociopolíticas.

Su mandato es el objeto artístico desprendido de simulaciones inservibles para tocar al otro. Su desvelo no es la pose del mercadeo, sino lo desnudo de la carne y los latidos de un corazón que se sabe vida más allá del proceso creativo. Su ansiedad no es la alabanza o condena de su obra, sino hasta dónde lo estético es una expresión confiable de su cosmovisión.

Para que obra y artista se encuentren plasmados en la geografía ideológica del discurso, la estética ha de ser más que un cumplir con las normas del oficio. El artista que no se redefine como sujeto se convierte en víctima del objeto. Así regresamos al persistente cuestionarse a sí mismo, propio del proceso creativo de Ramírez y su empeño por que su obra no sea simple objeto ensordecido por la historicidad de su auto-referencia. Su discurso estético está informado por una experiencia de vida que no se avergüenza por sus especificaciones sociopolíticas, sino que se sabe deudora del patrimonio artístico de otras generaciones que también redimensionaron en sus obras su hábitat.

Después de décadas maravillosamente invertidas en la escenificación de un diálogo estético con sus públicos (sí, en plural), Ramírez sabe que cuando cae el telón después de la alharaca del mercado del arte, la obra artística ha de poder valerse por sí misma. No la salvarán la crítica, la curaduría, la historiografía ni la valoración metálica de la misma, sino algo más endeble y místico: su capacidad para tocar al otro. Dormid tranquilo, artista: ¡nadie podrá contar su sueño tan divinamente como su obra misma!

Por Diógenes Abréu