LA CIDH y el bochinche criollo

Por El Nuevo Diario viernes 6 de diciembre, 2013

Una impresión sorprendente y bastante desagradable es la que han proyectado los integrantes de la CIDH que visitan in loco al país desde el viernes pasado.

Vinieron a indagar acerca de la sentencia 168-13, pero han lucido nada imparciales, y estoy convencido de que en la ocasión no han sabido guardar las formas.

Desde que llegaron han estado agrediendo con afirmaciones que necesariamente son prejuiciadas puesto que las han hecho antes de efectuar y de terminar las indagatorias que justifican su visita.

De antemano han cuasi condenado la aludida sentencia, olvidando que el investigador, juez o auditor que externa opiniones desde antes de efectuar su labor, la cual debe ser con apego irrestricto a normas de objetividad y de imparcialidad, queda ipso facto descalificado para la exploración, juicio u observatorio que se proponga, y para emitir dictamen al respecto.

De lo que han dicho deberá derivarse la más rotunda incredulidad de su informe pues vienen diciendo, sin pruebas, que como consecuencia de la sentencia, al menos 200 mil personas han sido privadas arbitrariamente de su nacionalidad, y que de esa cantidad muchos individuos viven en condiciones de extrema vulnerabilidad.

Es inevitable preguntarse: ¿De qué nacionalidad serán privadas?, ¿Tenían nacionalidad demostrable más allá de la afirmación de haber nacido en RD?

Indica, igualmente, la CIDH que el derecho a la igualdad es violado y que el fallo afecta desproporcionadamente a personas ya sujetas a múltiples formas de discriminación, en particular en cuanto a raza y la pobreza. ¿?

Vamos por parte: en cuanto a la supuesta privación de la nacionalidad, es difícil entenderla; eso parece más bien parte del bochinche prohijado por los enemigos de la regulación pues quien crea ser dominicano solo tiene que aportar la prueba para que se la verifiquen a fin de destacar su autenticidad y obtener el reconocimiento formal de la nacionalidad.

Lo peor que podría pasarle a quien crea ser dominicano es que, tras el examen, la supuesta prueba quede evidenciada como falsa, caso en el cual el interesado podría todavía acogerse al plan de regulación que a la postre podría concederle lo deseado aunque, claro, igual que en todos los países del mundo, después de satisfacer todos los requerimientos previstos al respecto.

El alegato de discriminación por razones de raza o de pobreza es algo tan simpático que ni los denunciantes se lo creen.

¿De qué forma se les discrimina?, ¿Quiénes los discriminan? La CIDH parece ignorar que el dominicano es un pueblo racialmente variopinto que, además, no huye de sí mismo, que quiere a sus hijos sin distingos de ninguna clase, y que en su seno conviven negros, blancos, mulatos y mestizos de todos los tipos.

La rubia dominicana suele casarse lo mismo con un rubio que con un negro puro. Igual acontece con el galán criollo. Aquí las cosas no son como dicen los menos favorecidos por la fortuna o por la buena suerte.

También parece desconocer la CIDH que esta nación fue forjada y definida durante un proceso que requirió siglos de algebraica acumulación cultural, de intensa interacción social y de acopladora convivencia humana sin mayores complejos, razón por la cual la discriminación que dicho el organismo conoció en otros países, acaso en los suyos propios, aquí nunca prosperó.

Desagradable ha sido también la reacción de una de las comisionadas que refiriéndose al Tribunal Constitucional afirmó, no sin el retintín de quien se cree que todo lo puede, que la CIDH no vino aquí a reunirse con el TC. Entonces, si no quería reunirse ¿Por qué pidió reunión?. ¿No entendió la comisionada, o no recordó, que los jueces hablan por sentencia y que esta, una vez evacuada, ya no es éticamente discutible?

Esperemos a ver de qué forma se desenvolverá la CIDH con relación a RD a partir de aquí.