“La civilización del espectáculo” ¿O de la post-modernidad?

Por Carlos Luis Baron martes 19 de junio, 2012

Acabo de leer el último libro-ensayo (“La civilización del espectáculo”) de Mario Vargas Llosa, un escritor-intelectual de una postura política-ideológica que no comparto aunque sí su defensa intransigente de dos valores innegociables: Democracia y libertad. La defensa de esos dos valores supremos, en él y su obra, por un lado, me aproximan a su mundo literario; y por el otro, me hacen obviar sus ideas política-ideológicas.

Pero no es de sus ideas política-ideológicas de lo que quiero compartir con los lectores, sino de su último libro: “La civilización del espectáculo”, una mirada histórica-filosófica -a veces a retazos- sobre la evolución y la degradación de un valor supremo antropológico-histórico del hombre como ente social: la cultura vista como un quehacer amplísimo espiritual-artístico, o como espectro espiritual ontológico del hombre.

Desde esa perspectiva histórica-filosófica, Vargas Llosa define y, al mismo tiempo, nos guía por la mejor tradición-realización de la cultura como experiencia humana y expresión espiritual en el contexto de las diferentes civilizaciones haciendo abstracciones a partir de un enfoque retrospectivo, a su vez, hilo conductor de su evolución, degradación, o “banalización”.

Ese recorrido critico y de perplejidad hecho por Vargas Llosa nos refiere a un mundo desalmado y en caos en donde todo se relaja y hasta el quehacer artístico-espiritual del hombre se mutila en una vorágine de falsedades, trivialidades, publicidad y procura de fama a cualquier precio. Tal balance es ostensible e indiscutible hoy día.

Ahora bien, en su ensayo el escritor deja caer sus visiones y posturas sobre aspectos relevantes de la cultura, o de lo que él entiende por ello: “cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino de un estilo de vida”, “…la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”.

Pero, ¿cuál es la diferencia histórica? “La diferencia esencial entre aquella cultura del pasado y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquella pretendían trascender el tiempo presente, durar, seguir vivos en las generaciones futuras, en tanto que los producto de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer, como los bizcochos o el popcorn…”, “Las telenovelas brasileñas y las películas de Hollywood, como los conciertos de Shakira, no pretenden durar mas que el tiempo de la presentación, y desaparecer para dejar el espacio a otros productos igualmente exitosos y efímeros. La cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”.

Y remata con esta síntesis retrospectiva-histórica: “De T. S. Eliot a Frédéric Martel la idea de cultura ha experimentado mucho mas que una paulatina evolución: una mudanza traumática de la que ha surgido una realidad nueva en la que apenas quedan rastros de la reemplazó”. “Masificación es otro rasgo, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo”.

“¿Que quiere decir civilización del espectáculo?, [se pregunta el autor], para responderse: “La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”.

Y prosigue con esta innegable actualidad: “Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine, así como de estrellas del futbol y de otros deportes”.

O esta realidad epistemológica y de compromiso cada vez más en desuso: “…En nuestros días, el intelectual se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan. Es verdad que algunos todavía firman manifiestos, envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de ello tiene repercusión seria en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre los cuales los intelectuales brillan por su ausencia”.

Sin embargo, hay en este ensayo tres posturas o visiones del autor con las que no comulgo del todo. Ellas son: las referidas a las sectas (en su mayoría, y, en mi opinión, vulgares estafa y engaño), a la prohibición del uso de la burka en las escuelas públicas de Francia (que contrasta con su intransigente tolerancia hacia las sectas religiosas aunque diga que la acepte como un mal necesario), y la de situar el fenómeno de la información (del Internet) como una lucha entre ella y el conocimiento. Ese reduccionismo disfrazado de tolerancia y de adherencia a ciertas transgresiones “institucionales” y de respeto a “leyes-éticas” (en el ejercicio de cierta soberanía de un país) no justifica que la nación-cuna de la Declaración de los Derechos del Hombre y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Francia-1789-1948) se niegue ante una expresión de la cultura como el vestirse, o cubrirse. ¿O acaso, el autor -por poner un ejemplo-, aceptaría gustoso, o de buena gana que en cualquier país se le imponga atuendo, o peor, que usar o no? O mas grave aun: que siendo el fenómeno de la migración una realidad universal se quiera (de los migrantes) además del respeto a las leyes del país receptor y a sus tradiciones (con lo que estamos de acuerdo), una negación o adaptación obediente y “civilizada” de otra tradición cultural (las vestimentas y atuendos propias de otras culturas) que aunque foránea, su uso, no deja de ser un ejercicio de libertad. ¿O no?

Y me pregunto, si no es mejor que ellos mismos (los migrantes de cualquier latitud geográfica-cultural), en un proceso natural de asimilación de “otra realidad cultural” se despojen -si quisieran- de vestimenta o atuendo y de la tradición religiosa-cultural que la sustenta y que sospechamos -desde nuestra visión occidental, tal vez equivocada o signada de prejuicios- son códigos de sumisión y de negación de igualdad de género en esas sociedades. Pero, quien niega, también, que esta creencia o suposición nuestra, no sea una mera especulación.

No obstante y a pesar de estas incongruencias (tolerancias/intolerancias) de Vargas Llosa, su ensayo tiene validez en sus puntos cardinales y visto globalmente tiene pertinencias que son verdaderos desafíos para la democracia y la propia supervivencia del proyecto humano que somos a la luz de las diferentes civilizaciones y de culturas que nos diferencian, pero que también, nos aproximan en el mosaico geográfico-étnico-cultural universal del que no podemos huir, so pena, de negarnos.