La cultura como producto comercial

Por Carlos Luis Baron miércoles 8 de febrero, 2012

Tuve la grata experiencia de haber recibido mis primeros aprestos escolares en una escuelita hogar. Habiendo vivido, en aquellos años, muy cerca de un club deportivo y cultural, me hizo vibrar al ritmo de la tambora, el grito del quien marca el paso de una música tradicional, el pambiche, el carabiné, la mangulina, el merengue y otros bailes, que allí se practicaban.

Estos recuerdos viven en mí. Fluyen, cuando menos lo espero, en significativas remembranzas. Me hacen amar y valorar el suelo que piso; sentir alta estima por mis coterráneos. La educación hogareña, más la crianza en un entorno de afecto, respeto y solidaridad, hicieron de mi persona un fiel amante de mis raíces, un orgulloso hijo de Duarte. Emularlo, en la presente situación, no es fácil. Los siempre presente malos dominicanos, hoy, con su prestado pragmatismo, continúan arrodillando nuestro destino a potencias que nos son extrañas.

Muchos individuos que comenzaron y basaron su formación en la profusión de la cultura que llevaron los clubes, leyeron libros prestados por compañeros e impresos de forma pirateada, hoy, son paladines de la “ley de derecho de autor”. Estos mismos señores, poseedores de amplios conocimientos librescos y experiencias culturales, sostienen que, para que la cultura llegue, los interesados deben pagar por ella. ¡Qué fácil es desde su actual posición recurrir a ese planteamiento!

La globalización arrastra todo. El interés de muchos de estos “virtuosos” de ponerse en onda con los nuevos tiempos los lleva a emitir juicio como el que, a algunas manifestaciones culturales nuestras, hay que ponerla en museos. Además, sostienen que, nuestros museos son espacios fríos, tétricos, que más que enseñar, crean horror. Para muchos relevos de la promoción cultural, sus experiencias en ONGs, les ha mostrado que, su accionar solo tiene sentido si, les pueden sacar provecho económico inmediato al mismo.

La cultura, por muchos, es utilizada como un producto comercial. Promotores culturales, grandes consorcios hoteleros, empresas constituídas para este fin, les sacan provecho. Poco a poco, los carnavales se convierten en fiestas comerciales, de desvirtuamiento que se alejan de las expresiones populares, para convertirse en conceptos de individuos con nombres. Aunque la población participa, lo hace por la vistosidad, la pomposidad, el can y la imposición de la publicidad.

Ciertamente no todos los carnavales los podemos catalogar como alejados de las expresiones y sentimientos populares. En muchos barrios y comunidades, surgen ocurrencias que, enriquecen y señalan los sentires de aquellos lugares. Estas comparsas, cada vez son menos en la comercialización de los carnavales. En los pueblos y comunidades donde aún pervive la tradición y los comerciantes no han visto posibilidades mercuriales se enriquece el folclor.

Cada año celebramos una feria del libro. Esta, de igual forma se quiere vender como una fiesta de la cultura, fiesta del conocimiento. Salvo por algunos espacios, es difícil llamar a esta así. Dándonos un paseíto por estas, descubrimos, como cosas que deben ser colaterales, pasan a desplazar la idea prístina. El exhibicionismo, la chercha y el gasto en comida, superan el interés en las carpas, los libros, los conocimientos, las tertulias y las representaciones artísticas.

A pasos agigantados perdemos lo que somos. Es verdad que la cultura no es estática. Esta cambia, sustituye elementos, se transforma, aun así, mantiene su esencia. Un flaco servicio le prestan a la nación aquellos que, prostituyen la cultura. Logramos convertirnos en nación porque, en los avatares de la esclavitud colonial, nuestros ascendientes crearon particularidades que les permitieron coexistir juntos. Destruimos esa herencia y la queremos sustituir por una que no entendemos.

Vivimos una situación de muchas insatisfacciones. Nuestra vida centra su don de ser en el dinero. A la búsqueda de este, dedicamos todos nuestros esfuerzos físicos y mentales. Los principios y valores intrínsecos a nuestra cultura están cada vez más lejos. Parece que se quedaron en las zonas rurales de donde procedemos. A nuestros hijos, parece que, no tenemos más nada que ensenarles que no sea más que buscar el dinero. Hacemos de ellos autómatas que, tendrán que ser detenidos de la forma que nos han acostumbrado. Los que puedan, tendrán que sobrevivir en esta selva de hienas y leones.

La función de educar, nos fue asignada a los padres. Las jóvenes generaciones se están educando solas. Sus padres están…bien gracias. La cultura que les está sirviendo como soporte es una callejera, improvisada e individualista. Pareciera que nuestros hijos rompieron totalmente con nosotros. Los más conservadores, apáticos y simplones, como esto no les ha afectado en lo personal o económico, no les preocupa. Son incapaces de ver el alud que se cierne contra ellos y todos.

Esa cultura que para muchos no es más que producto para hacer dinero o, que debe mandarse a guardar en museos, debemos rescatarla. Con ella, desde los hogares, las casas, las comunidades, el sistema educativo y todas las instituciones posibles, debemos llevar lo mejor de nosotros a esas generaciones que nos tendrán que sustituir. Las comunidades, los barrios y las reales organizaciones del pueblo tendrán que exigirle a los partidos que prevean una verdadera política de rescate cultural que revalorice al ciudadano.¡ No podemos seguir así! Un renacimiento cultural podría ser nuestra salvación del atolladero en el que nos encontramos! Una nación no debe ser indiferente a su futuro, mucho menos, debe seguir el sendero de otra!

La tecnología absorbe la cultura. El internet, los videos juegos y juegos en líneas, acaparan el tiempo de los jóvenes. La televisión, crea un sedentarismo e individualismo que afecta la salud mental y física de los más pequeños. Las redes sociales en sus versiones de chat y BB, cada vez idiotizan mas. Lejos de acercar, alejan y destruyen las relaciones interpersonales. La ilusión que nos crea, hace surgir indiferencias y apatías por lo que pasa a nuestro alrededor. Nos impulsa a dejar lo nuestro por lo fácil y globalizante.

Nos estandarizan la diversión. Castran nuestras posibilidades de crear. Nos convierten en inválidos cerebrales. Nos convierten en seres incapaces de construir a partir de nuestras necesidades. La invalidez mental se adueña de todos, es cómoda, va acorde con la ley del menor esfuerzo. ¡Es lo que nos han impuesto!.