La política en caída libre

Por Carlos Luis Baron domingo 25 de agosto, 2013

La política como quehacer que debería articular y pensar el poder en función de realizaciones tendentes al bien colectivo, ha sido objeto de los duros embates, que desde la sociedad del consumo y su expresión concreta neoliberal, introduce la mercantilización de las ideas, conceptos y principios que la soportan; haciéndola parecer un instrumento de ajuste socio-económico de relativa futilidad en extendidos sectores de nuestra sociedad. Hoy somos testigos, más que nunca, de la desideologización de la misma, producto de toda una avalancha de banalización de su esencia que la traslada, desde una posición deontológica que se centra en la justicia social, a otra donde la finalidad última es la deshonrosa actividad de búsqueda de rentas económicas que fluyen de las posiciones de poder.

En un país donde los mecanismos de ascensión social se encuentran atrofiados, producto de la ausencia de oportunidades aprovechables en nuestro reducido, inflexible y distorsionado mercado laboral, la política y el clientelismo, son los mecanismos ideales con los cuales hay que congeniar a los fines de medrar social y económicamente. Todo esto marca la concreción de todo un sistema clientelar de aprisionamiento político que abarca todo una franja social ubicada en los estratos sociales más bajos de nuestra sociedad y que teje un manto de complicidad en importantes sectores medios que se sostienen de los empleos públicos de mediana remuneración; empleos que no están siendo creados por un sector privado carente de dinamismo y un modelo económico que privilegia la acumulación riquezas e imposibilita la creación de empleos de calidad.

En este escenario, la política se presenta como la panacea a la cual hay que recurrir para salir ileso de las garras de la mediocridad económica y de la pobreza que subsume a más del 40% de la población del país. Todos/as quieren participar en ella: artistas, peloteros, presentadores de televisión,… figuras de la farándula. Es tan rentable, que motiva a muchos a abandonar las más lucrativas actividades para incursionar en esta venturosa experiencia. Nada parece más atrayente que simular sensibilidad social, vocación política y entrega al colectivo, a cambio de la entrada al fabuloso mundo transaccional de favores económicos y oportunidades de negocios que se dan a su amparo.

La Post-política, a decir del filósofo Slavoj Zizek, copa la vida del político actual. Le facilita las incómodas intervenciones discursivas y el nunca agradable debate de las ideas a través el mágico mundo del marketing político, aquel que con una imagen de retoque y mensajes cortos de impacto psicológico, envuelven a las mayorías en una especie de idealización que anestesia el discernimiento. Es la política en su versión desmejorada, en la que más vale el dinero al servicio de la publicidad del político, que las ideas y los valores que sustentan su programa.

Nada de esto es fortuito ni se da de una forma espontánea. Los partidos políticos tradicionales y demás rémoras minoritarias que se adhieren a sus planes de conquista del poder, en su consustancialidad al sistema económico que vivimos, hacen lo propio, desligándose de sus responsabilidades formativas y no asumiendo su rol de fragua del pensamiento que identifique al militante con la ideología partidaria, creando esa necesaria conexión política del partido con el pueblo. De forma escueta, no hay ideología, lo transversal es la cooptación clientelar y manejo de redes de personas utilizadas en su vulnerabilidad económica como reos de las ambiciones personales de politiqueros que buscan asaltar el poder político. En concreto, se podría decir que un político ya no se aquilata por su capacidad de encarnar desde su personalidad el perfil adecuado de servidor público, sino en función de su capacidad para aportar a las finanzas y movilización de las campañas políticas, haciendo uso de dinero muchas veces provenientes del erario público y de actividades de desconocida procedencia.

Romper con la visión rentista de la política requiere de nuevos paradigmas que se erijan en antítesis de lo que a fuerza de ambición, clientelismo, robo y ostentación, se ha impuesto como norma o modelo del político dominicano.

Para lograrlo, se requiere que nuevos sectores que emergen con nuevas visualizaciones entren al escenario y desplacen a quienes no teniendo ninguna intencionalidad positiva, en lugar de aportar al avance, representan una retranca al proceso de cambios necesarios que requiere nuestro país.