La última batalla de Hipólito Mejía

Por Carlos Luis Baron martes 5 de junio, 2012

La última batalla de Hipólito Mejía no ha terminado todavía. En las recién pasadas elecciones fue el candidato presidencial de esa gran mayoría de dominicanas y dominicanos que nos resistíamos a seguir siendo gobernados por una dictadura de partido único; que nos resistíamos a ser gobernados por esa nueva oligarquía, enriquecida desde el poder político en los últimos ocho años; que nos resistíamos a la excesiva concentración de todos los poderes públicos en un solo partido, ahora tramposo y sin escrúpulos de ninguna índole, que en vez de aumentar su votación, la ve disminuir en cada elección y sin embargo, siempre se las arregla para ganarlas, con la complicidad de importantes sectores del poder militar, religioso, empresarial y mediático, corrompidos también por esa mafia palaciega que cree haber encontrado la fórmula perfecta para perpetuarse en el poder.

El día de las pasadas elecciones, les comentaba a un grupo de amigos, en horas de la tarde, que si Hipólito Mejía ganaba la contienda, como anunciaban algunas encuestas a boca de urnas, habría que pedirle prestada a la ciudad de Nueva York su Estatua de la Libertad y trasladarla al país, aún fuera por unos días, y colocarla en el Malecón de Santo Domingo para rendirle un reconocimiento de impacto mundial al hombre que batalló contra todos los poderes del Estado dominicano, contra la alta jerarquía de la iglesia católica, contra el miedo de los empresarios a los inspectores de Impuestos Internos, contra una amplia red de “sicarios de la comunicación”, contra los camiones del Plan Social de la Presidencia que repartían dinero, alimentos y electrodomésticos; contra los responsables de las tarjetas “Solidaridad” que les recordaban a sus beneficiarios, casi un millón de gente pobres, que Hipólito representaba una amenaza contra ellos; contra el jefe del Estado que salió al ruedo electoral en una frenética campaña de inauguraciones de obras públicas…

Además, el candidato del PRD y las fuerzas aliadas batallaron contra el Tribunal Superior Electoral (TSE) que desconoció las alianzas del PRI y el PNVC con el PRD; batallaron contra la abierta parcialidad de la mayoría de los jueces de la Junta Central Electoral (JCE), que planificaron diabluras desde el inicio de la campaña e hicieron caso omiso a las denuncias de compras masiva de cédulas; batallaron contra la represión policial desatada en todo el país el día de las elecciones; batallaron contra la complicidad de la Policía Militar Electoral que permitió en su propia nariz todo tipo de vagabunderías en torno a las mesas de votación; batallaron contra el INDOTEL que dispuso el cierre de medios digitales y canales de televisión; batallaron contra la mirada indiferente de miles de observadores internacionales que vinieron al país hacer “turismo electoral”.

Díganme si Hipólito Mejía no se merecía una gran Estatua si ganaba las elecciones batallando contra el Presidente de su partido y su gente que ahora se frotan las manos por los resultados del “matadero electoral” que vimos los que tenemos ojos para ver. Jamás imaginamos que el Presidente del PRD se convertiría en la “quinta columna” del continuismo, en un aliado solapado de los que ahora desean la destrucción del PRD.

Hipólito Mejía batalló también contra sí mismo. No hizo caso a los “asesores” internacionales que desconocen la idiosincrasia de los dominicanos. Hipólito es un ser auténtico, franco, dice las cosas según las concibe en su haber; jamás se guiará por un libreto concebido por el marketing moderno que aconseja decir y prometer lo que el pueblo quiere que le digan; esas asesorías demagógicas no las aceptó y su discurso de campaña parecía ser, en ocasiones, la de un líder de la oposición, no el discurso de un candidato presidencial. En sus intervenciones públicas, lucía cansado debido a los ajetreos de una campaña larga y agotadora. A pesar de la recia y permanente campaña sucia en su contra, desatada por un grupo cavernario, siempre aliado consecuente de los peores dictadores, no se dejó arrastrar hacia esa práctica deleznable de la política. Sus desenfrenos verbales, manipulados con sañas por sus opositores, solo sirvieron para entretener a un montón de holgazanes que creen que la suerte de unas elecciones depende de lo que diga o deje de decir un candidato.

La suerte de las elecciones dependió de los 60 mil millones de pesos, provenientes de los fondos públicos, que la mafia palaciega usó en la campaña para robarse las elecciones y truncar las aspiraciones de cambio del pueblo dominicano. Aún así, Hipólito Mejía sacó un formidable 47 por ciento, más de dos millones de dominicanas y dominicanos que no aceptamos el chantaje, la campaña sucia, la compra de conciencia, la represión, la contaminación visual y las prácticas fraudulentas del oficialismo.

Sin embargo, esa no será la última batalla de Hipólito Mejía. Nos regocija saber que él no se irá a descansar a su casa; nos ha prometido que aprovechará su nuevo liderazgo, ganado limpiamente, para impulsar desde la oposición los cambios que demanda con urgencia la sociedad dominicana y que no permitirá que el jefe de la mafia destruya al PRD, el más grande, el más formidable partido de la historia dominicana; el partido que estableció la democracia política en 1978; el partido que destruyó el sistema político balaguerista en 1994; el partido que, a pesar de sus divisiones y sus espectáculos públicos, siempre renace de sus cenizas y se erige, desde la oposición, en un duro valladar contra los nuevos dictadores que ven al país como un feudo de su propiedad.

La última batalla de Hipólito Mejía aún no ha terminado.