La vida está en venta de pasillo

Por Carlos Luis Baron domingo 22 de julio, 2012

“La vida no vale nada…”, así suena el  estribillo de  una ranchera mexicana cantada por Miguel Aceves Mejía,  que con el paso del tiempo se ha convertido en una cruel y amarga realidad en la sociedad nuestra, en la que ya  no la entonamos como  una añoranza romántica que arrastra  nostálgicos recuerdos  de una música que hemos seguido y cantado por años,  sino como  la  nota  lúgubre y dolorosa   de una rutina diaria  que nos desconcierta y  desgarra.

“Aquí la vida no vale nada”, es la expresión que  acompaña y matiza con dolor y pesar el comentario cotidiano  de la muerte del niño, de la mujer, del hombre.  El crimen ha sentado reales en nuestra sociedad y ha sustituido la ley. Se ha convertido en la forma más rápida y recurrente de resolver los conflictos y hasta  los trastornos emocionales y pasionales.

La violencia dominicana, es epidémica, ha generado contagio, y en obediencia a la ley de la oferta y la demanda,  ha puesto en baratillo el valor de la vida, que hoy es mercancía que se negocia en colmadones, callejones de barrios, penthouse,    restaurantes, villas solariegas y hoteles  de lujo. Allí transan el negocio sicarios y mercaderes  que pactan  los precios  atendiendo a la prestancia de la cabeza señalada para ser volada a tiros.  Estos bribones de barricadas  han convertido la vida  en una mercancía de calle que se compra y se vende sin  rubor ni escrúpulos.

A un aumento de la oferta,  los precios tienden a bajar. La industria del crimen se ha incrementado en la Republica Dominicana. La gente que paga para que se mate se ha multiplicado, esto ha acrecentado el número   de  matadores y las cabezas humanas han bajado de precio, al extremo que podemos decir que están en baratillo. En tiempos  electorales también se pregonan ofertas: “Los muertos en la campaña no se pagan”.

Este necrológico mercado necesita regulación y control, esta rebaja de precio por cabeza,  podría afectar su interés lucrativo y las muertes en poco tiempo se estarían  pagando  al dos por uno, o empaquetadas con otros actos de proporciones más siniestras y  más rentables.

En este sentido,  los mercaderes del crimen deberían ponerse de acuerdo en cuanto a las tarifas  y estandarizar el valor de las vidas que cortan,  no importa su jerarquía o prestancia; por lo menos,  deberían buscar un precio único para todas, un precio tan absoluto y cerrado que no admita rebajas.

En su valor absoluto, en su valor neto, todas las vidas son igualmente valiosas. Para cualquier operación  en  la  que se esté negociando la que  consideremos la más insignificante de las vidas,  se debería  pagar un precio caro, carísimo. Tan caro que nadie sea capaz de comprar.

Pensemos un momento, si uno de estos sicarios o mercaderes de vidas fuera  a vender la suya, ¿cuánto pediría por ella?  Yo creo que este puede ser un punto de partida para unificar los costos.  Su precio sería tan elevado que nadie intentaría comprársela. En otras palabras, nadie vende su vida. Vale tanto que nadie puede pagar por ella.

Nos quejamos de este baratillo existencial entre sicarios y magnates del crimen, pero nosotros nos preguntamos: ¿en qué medida estamos contribuyendo a esta penosa desvalorización de la vida?  Pienso que como cristianos   nos hemos preocupado poco por saber qué es la vida y cuál es su verdadera esencia y valor. Pienso que hemos arropado la vida con religión y con ello les hemos quitado dignidad y plenitud, la hemos reducido, la hemos menguado y también les hemos quitado valor. Valoramos tanto nuestra religión que terminamos menoscabando la vida.

Cuando nuestra religión entra en conflicto con valores esenciales de la vida, hacemos valer nuestra religión,  aunque se acabe con la vida. El ejemplo de Jesús fue siempre valorar la vida por encima de la religión.

Tendemos olvidarnos que desde la religión mercadeamos la vida,  hacemos transacciones que involucran vidas, tenemos nuestros sicarios y terminamos siendo parte de los factores que degradan la vida y tienen incidencia en el baratillo existencial que está impactando toda la sociedad.

Desde  nuestras iglesias tenemos que celebrar,  cuidar, proteger y promover los valores esenciales de la vida,  como diseño de Dios que nos ha hecho a su imagen y semejanza.

La vida con su etiqueta de fábrica también trajo su precio. Tenemos que certificar la vida con el precio estándar y original con vino desde el principio: Toda persona es hecha a imagen y semejanza de Dios, y aunque el ser humano pecó, vale tanto para Dios, que Él entregó a su hijo unigénito para rescatarlo.   Si le ponemos precio a este gesto de amor infinito… entonces, ¿cuánto  vale la vida? No estamos hablando de su valor simbólico o religioso, el que adorna la pulida retorica de nuestros  sermones dominicales y nuestros discursos de salones,   estamos hablando del valor  constante  y sonante que le dio el mismo Jesús a la vida  frente a una mujer acusada de adulterio, bajo el suplicio de  sus persecutores que calentaban el brazo para apedrearla, de los niños que lo acosaban con impertinencia, de leprosos, enfermos y endemoniados que lo asediaban a su paso, de gente despreciada y abandonada que buscaba ser valorada y aceptada.

Es tan  grande el valor del ser humano que Dios se hizo hombre para rescatarlo y restaurar su  estado de dignidad en Cristo, que fue establecido desde el principio de la creación.

Por el ser humano se pagó un precio. Ese precio fue la sangre de Cristo derramada a favor de todos para restaurar la dignidad y el valor que, como hecho a su imagen, Dios nos concedió desde el principio.

El ser humano es degrado y puesto en baratillo perverso, no solo cuando se mata, sino también cuando se le mira con desprecio, cuando se le difama, cuando se le discrimina y excluye, cuando se le  deja de valorar como el diseño con que   Dios coronó toda su creación.

La ranchera mejicana pudiera razonarse de forma más favorable… “la vida no vale nada”, es cierto, nada se puede pagar por la vida, ya Cristo lo pagó todo, su valor es infinito y ningún esfuerzo es mucho para garantizar su preservación.