Las verdaderas armas contra los femenicidios

Por Carlos Luis Baron viernes 9 de marzo, 2012

Recientemente se celebró en el país un coloquio sobre una de las temáticas más preocupantes en la actualidad: los femenicidios, organizado por el periódico “El Día”, en el que participaron importantes panelistas, incluida la muy respetable y calificada fiscal del Distrito Nacional, Yeni Berenice Reynoso, con la presencia de decenas de personas pertenecientes a diversas instituciones.

Cuando se lee sosegadamente y se reflexiona sobre el contenido de todo lo allí expresado, según la reseña que aparece publicada en el citado rotativo, cualquier pensante medio arribaría a la conclusión de que ese es un problema que va para largo, debido a que se advierten con facilidad planteamientos y pareceres regentes allí expuestos, que lucen muy aéreos y retóricos por demás, como siempre ha sido lo que se estila de ordinario con respecto a enfrentar esa deleznable práctica.

Y es que, es mucho lo que se teoriza en tal sentido, sin nunca aterrizar propiamente, como se dice en el argot popular, con relación a lo que tantos entienden como la verdadera causa de esos fenómenos, que es la degeneración social generalizada, con su base en la descomposición que se verifica a nivel de la célula primaria de ese conglomerado: LA FAMILIA.

Luego, es por ese núcleo por donde se tendría que empezar para tratar de lograr en parte los correctivos que se requieren, procurando llevar a cabo un efectivo proceso de concienciación, con el concurso sostenido de la educación escolar y colegial, como de la instrucción de las iglesias de cualquier secta, en términos de la verdadera religiosidad espiritual, no la social a que tanto se acostumbra.

Los femenicidios constituyen un síntoma más de esa enfermedad denominada “degeneración social”, en el marco de los nuevos cánones modernos de la crianza hogareña, dentro de las tribus biológicas correspondientes, caracterizados por la falta de responsabilidad, en cuanto a la dirección u orientaciones debidas por parte de los progenitores – masculinos y femeninos –, hacia los vástagos, con efectos traslativos hasta el exterior de los núcleos familiares.

Es como bien señalara el psicólogo Luis Vergés, en su exposición, “La violencia no es una enfermedad, sino una conducta humana”. Y, el indebido comportamiento que se da entre géneros, el cual obedece más bien a la falta de formación y concienciación hogareñas, entendemos nosotros, es un síntoma que se pretende combatir; pero, sin atacar propiamente las causas que se encuentren en su base.

Otro factor muy incidente en esa problemática, es la mal concebida liberación femenina, en el sentido de los aprestos de competitividad absoluta entre mujeres y hombres, lo cual choca de frente con la verdadera equidad relativa, en su acepción: “Justicia natural, por oposición a justicia legal y justicia ideal”. (DER., Diccionario Larousse 2010).

Y es que, lamentablemente, esa es la aspiración de muchísimas damas que, aunque algunas defensoras connotadas de tal corriente de pensamiento opten por no aceptarlo, ni nunca sacarlo a relucir, también con frecuencia crea variados enfrentamientos entre ambos sexos.

Mujer es mujer; y, el hombre es hombre, con diseños biológicos corporales, y la conformación de aspectos emocionales muy diferentes, atribuibles a cada cual, de carácter enteramente natural. Y eso, así dispuesto por poderes divinos inescrutables en el marco de la mente humana, nadie lo va a cambiar.

Por simple lógica entonces, esa actitud de competencia entre supuestos iguales, ¡que no los son!, se reporta como una tozudez influyente en el ya flagelo de violencia considerado; y, tiene que crear confrontaciones que, evidentemente, pueden terminar en hechos lamentables, como son los llamados femenicidios. Y no es asunto de machismo alguno, sino de asimilación de la Ley Natural inherente; como, de la necesidad de un mero razonamiento imparcial, y hasta dialéctico podría decirse, para entenderlo.

Por consiguiente, no todo el problema se puede atribuir a la impunidad que permiten los Estados. ¡No! El asunto es prevenir el crimen desde su origen, para que no ocurra; no es castigarlo después. Susi Pola, abogada, opinó: “El femenicidio es un crimen que pesa sobre los Estados que permiten su impunidad”. Eso es descargar toda responsabilidad sobre algunos Estados, lo cual es injusto. Claro, la punición debida, a partir del palo dado, como se dice, sí que podría contribuir en parte a la solución.

Ese es un parecer que estaría en consonancia con el planteamiento de nuestra fiscal del Distrito Nacional, Yeni Berenice Reynoso, que consideró se debe “dictar una ley contra el femenicido, que castigue la práctica, con tipificación de crimen agravado”. En el fondo, eso se reportaría también como un proceder a posteriori. Y, con el referente nuestro de tantas leyes que no se aplican, posiblemente, de muy poco serviría aquí también.

Previo a terminar, y en cuanto al papel de la prensa, en el sentido de la prevención requerida, tampoco creemos que logre surtir mucho efecto; toda vez que, son temas a tratar muy esporádicamente en los medios periodísticos, por su naturaleza y la poca retribución económica satisfactoria que representan. Sería lo ideal, según lo que sostuvo Ana Carcedo, investigadora, “Los medios de comunicación juegan un papel importante en la prevención de femenicidios”. Eso es verdad; pero, se debería ponderar también el asunto, sobre los posibles inconvenientes y las eventuales limitaciones, por lo expresado más arriba.

Finalmente, es lógico entender que, las armas más poderosas para combatir ese síntoma – femenicidios -, de la enfermedad denominada “degeneración social”, sí que serían: concienciación familiar, educación efectiva, instrucción espiritual-religiosa; y, el promover la inducción hacia la asimilación correcta del grado de competitividad permitido entre los dos sexos, todas unidas, y con aplicación oportuna. ¡Son las condiciones a procurar con firmeza y voluntad sostenidas, para combatir ese mal derivado!.

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