León Trotsky y el “vuelvo por miedo” de Bujarin, en el retrato-novela de Leonardo Padura: “El hombre que amaba los perros”

Por Carlos Luis Baron domingo 29 de julio, 2012

“El 19 de diciembre de 1936, envueltos en la luz opaca del invierno, subieron al auto que los sacó del fiordo de Hurum. Liev Davidovich contempló el paisaje noruego y, como escribiría poco después, mientras se alejaban del fiordo hizo en silencio balance de su exilio, para ratificarse que las pérdidas y las frustraciones superaban con mucho las dudosas ganancias. Nueve años de marginación y ataques habían conseguido convertirlo en un paria, un nuevo judío errante condenado al escarnio y a la espera de una muerte infame que le llegaría cuando la humillación hubiese agotado su utilidad y su cuota de sadismo. Dejaba Europa, quizás para siempre, y en ella los cadáveres de tantos compañeros, las tumbas de sus dos hijas…” (Pág. 267, Ob. cit.).

Los críticos de “La fiesta del chivo” de Mario Vargas Llosa, olvidaron algo: todo relato sobre una figura histórica es siempre un retrato-ficción porque la literatura más que otra cosa es aventura creativa y por mas que se aproxime (documentalmente) a la Historia el flujo creativo (que se impone al novelista nato, o en ciernes) mata al dato, y no pocas veces, lo desfigura, lo exagera, o lo que es rutinario: lo caricaturiza u horroriza. Razón por la cual ninguna novela de aliento histórico puede devenir en un calco fiel o exacto, cuando ni siquiera la propia Historia lo es. Es mucho exigir a la literatura y al novelista.

La novela “El hombre que amaba a los perros” de Leonardo Padura, no escapa a esa ley, eso sí, en sus páginas se recrea un retrato nostálgico-visceral (y a veces de cierta aureola romántica-panfletaria, en boca de algunos de sus personajes) de la atmósfera siniestra que fomentó e impuso una figura histórica rústica y avasallante: Stalin. Paralelo a ese retrato siniestro y del calvario-destierro de Trotsky, la novela nos recrea múltiples procesos históricos en ciernes, o en plena marcha: el fascismo (que Stalin dejó afianzar para procurar una justificación a su adicción al poder absoluto), la guerra civil española y el repliegue casi en desbandada de la izquierda revolucionaria en toda Europa.

Pero, ¿qué poner en perspectiva -para el lector- de esta novela que resulte aleccionador, pedagógico, o histórico-político? Bueno, se me ocurre que el drama político-existencial de Trotsky, lo inhumano de Stalin, la claudicación-miedo de Bujarin, o más que ello, las execrables purgas del déspota de hierro. Lógicamente, los hombres cuando se elevan a la categoría de líderes, en cualquier etapa histórica de cualquier sociedad, son hijos de las circunstancias y presos de sus ambiciones. Por ello, el Trotsky “comisario del pueblo” (y fundador del Ejército Rojo) no estuvo exento de errores y excesos, y este retrato de Padura (la novela), tampoco lo pierde de vista, aún en medio del destierro involuntario, del dolor y de la desesperanza del gran teórico y revolucionario.

Desde esas múltiples perspectivas, la novela de Padura resulta un retrato histórico-nostálgico de un Trotsky lacerado y reducido a un encierro-destierro miserable y de tortura psicológica intelectual-familiar que al final se traduce en derrota intelectual, revolucionaria y política porque a pesar de su nombradía de otrora jefe revolucionario y de su famosa tesis de “revolución permanente” nunca llegó a articular ningún aparato político-revolucionario con posibilidades de éxito siquiera en una sola provincia rusa en tiempo de Stalin, ni después. De modo que, desde el aspecto político-militar, lo de Trotsky fue rumiar impotente desde sus múltiples exilios y ahogarse en elucubraciones teóricas de un entramado quijotesco de improbable concreción.

Quizás por ese laberinto teórico mezcla de encerrona político-intelectual y de frustración revolucionaria, en algún momento de su exilio en México (y como dato anecdótico), se extravía en esporádicas naderías infantiles (sus devaneos por las hermanas Kahlo: Cristina y Frida) que casi casi lo deja sin su verdadero aliento, apoyo y sostén espiritual-intelectual: su esposa, Natalia Ivánovna Sedova

El Stalin inhumano y desalmado está con creces bosquejado y no dudo -como se establece en la solapa del libro- con suficiente e irrefutable documentación histórica que describe el desarrollo de una dictadura-tiranía cruel e implacable cimentada en el crimen, la delación, el espionaje, purgas interminables y la desaparición físicas -casi uno detrás del otro- de aquellos dirigentes-revolucionarios que junto a Lenin y Trotsky forjaron y concretizaron aquella famosa Revolución Rusa de 1917, que tuvo como antesala la “revolución burguesa” de 1905. Esos revolucionarios, en especial Trotsky, fueron expulsados de cuajo del escenario de la revolución, de la vida pública rusa, del poder y de cualquier pretensión de liderazgo, o más simple (como el caso de Bujarin y otros), de cabeza visible así fuere en el marco del monopolio estatal-represivo-policíaco omnímodo que Stalin se construyó de espalda al pueblo ruso para perpetuar sus aberraciones de poder y gloria.

Los pactos de Stalin con Hitler que, en cierta forma, afianzaron el poder del dictador alemán (y consolidaron al Fascismo), quedan dibujado con detalles y maestría en esta novela que lo evoca y lo recrea para que nadie olvide la perversidad y la crueldad de dos mentes siniestras responsables de crímenes de lesa humanidad y de execrables registros históricos: holocausto, asesinato en masa de campesinos, campos de trabajo forzado (eufemicamente “colectivización agrícola”), cercenamiento de las libertades públicas, confinamiento y desaparición de etnias. En fin, un descalabro completo y total del hombre en su dignidad, su espiritualidad y sus derechos más elementales.

Desde la perspectiva novelística de Padura, Stalin -y lo que él engendró-, deviene en una mueca horrible y nauseabunda de una realidad asqueante y falsa de “revolución” y de utopía. Es más, el retrato que más aflora de Stalin, en la novela, es el de un asesino y perverso. Por ello, y porque la revolución devino en castración, ni siquiera Lenin ni Trotsky, salen ilesos; y mas bien, en ella, hay ráfagas de luces y sombras sobre ellos.

Pero donde Leonardo Padura muestra sus garras de excelente novelista es en la construcción de los cuadros psicológicos e ideológicos de sus personajes. Y es en ese trance existencial de agonía, derrota y de tensión que Trotsky y su asesino, ponen en vilo al lector al conducirlo o extraviarlo (el autor) en un laberinto de varias historias que se van hilvanando entre nostalgia, exilio y frustración, para terminar abruptamente, en un brutal y macabro crimen (el asesinato de Trotsky 1940-México) motivado en el odio, el delirio ideológico y la persecución internacional de un enfermo (Stalin) y de un régimen: el de la otrora URSS.

Finalmente, leyendo esta novela (que le agradezco al Embajador Roberto B Saladín la invitación a leerla) uno termina viendo en Trotsky -a pesar de sus errores y disparatadas tesis- una víctima en doble vertiente: como revolucionario y como intelectual. Pero también, uno lo ve, como un hombre atrapado en sus creencias y convicciones teóricas-revolucionarias-ideológicas que, de todas formas, terminarían siendo la fosa del tiempo histórico que le toco vivir representando un rol (el de dirigente-revolucionario), al tiempo que dueño de una inteligencia privilegiada como lo fueron, sin duda, las de Marx, Engels y Lenin, solo por mencionar algunas. Pero queda una pregunta quizá absurda: ¿Por qué los hombres nos aferramos tan ciegamente a un fin predeterminado? ¿Por qué esa insistencia, esa fijación?.