Leonel Fernández. El Cristóbal Colón y sus discípulos..

Por Luis Fernández domingo 30 de diciembre, 2012

En el 1970 Leonel Fernández ya tenía discípulos, era apenas un jovenzuelo con tremendas habilidades para manejar el verbo producto de su afición por la lectura casi de manera enfermiza. Un investigador innato y estudioso como pocos de su época.

Para la fecha, en las aulas del Colegio Cristóbal Colón esperábamos con ansias la hora de Leonel que empezó impartiendo Inglés en el primer teórico, mientras que al año siguiente, Historia Patria.

Sin lugar a dudas nos inspiraba hasta producir una admiración y un afecto especial a su persona. De estos sentimientos los profesores lo expresaban con respeto.

Nos sentíamos estimulados a estudiar y a querer ser como Leonel, aventajados en los estudios. Terminar el bachillerato en corto tiempo como él; enseñar como él en el área de sociales, pese a la inevitable influencia en las matemáticas que infundía el Director del centro, a quien por demás imitábamos en su famosa caligrafía. De Luis la L de Leonel, y de casi todos los que pasamos por el Cristóbal Colón, que pudiera ser otro tema.

Recuerdo como un día, siendo yo casi un niño todavía, quizás sin pretenderlo, me hizo sentir importante. Pues a raíz de una charla que me hiciera impartir en el Colegio La Trinitaria, para alumnos del tercer teórico, con un tema que él mismo tituló:“Origen de la Superestructura del Estado Dominicano”. Treinta y siete años después, supe la razón, porque me lo comentara el propio Jimmy Sierra sin preguntarle, haciendo gala de su buena memoria, enfatizó que aquello fue parte de una iniciativa de intercambio intercolegial planificada por ellos.

Lo cierto fue, que al terminar exitosamente aquel reto que se me impusiera, me sentí muy bien, con muchas ganas de continuar para ser como Leonel, desde entonces quería ser profesor. Me daba cuenta que muchos de mis compañeros lo querían ser por igual. En efecto, en particular aquel gesto de mis años mozos me marcó para siempre.

Lo anterior como lo que a continuación comentaré, tómese a modo de testimonio jamás externado por mí. Pues, con la retirada de Narciso González, quien también era docente en el Cristóbal Colón, se me abría la oportunidad de impartir clases siendo recién egresado de allí.

Se me presentaba un doble reto, primero porque me enfrentaba en las aulas con quienes habían sido mis compañeros el año anterior. Y segundo, porque impartiría Literatura Española a estudiantes que seguían al Prof. Leonel Fernández con demostradas pretensiones de ser pichones de intelectuales. Lo cual requería mayor esfuerzo en mí para poder estar por encima de los alumnos en cuanto a conocimientos. Ellos como yo, nos considerábamos ser producto de Leonel Fernández.

Fue el inicio de una nueva generación de profesores jóvenes que suscitó algunas discusiones de aposento de lo nuevo contra lo viejo, lo primero encabezado por Leonel, por la influencia que ejercía sobre nosotros.

Cuando en la UASD oíamos hablar de Leonel, no era diferente la impresión de sus amigos al igual que sus alumnos posteriormente en los salones universitarios.

Su indiscutible carisma y su pasión cuando externaba sus análisis lo convertía en un ser no común. Con increíble dominio del lenguaje, aire de extrema confianza sin perder cierta gracia, muy fina por cierto; y una gran capacidad de discernimiento, que conserva todavía. Un ser humano en el que nunca se podrá pensar inherente al educador y al político.

Es por eso que cuando lo asimilo como esto último, no me resulta extraño. No es un líder improvisado, hecho de la noche a la mañana, como han querido sugerir a partir del 1996. Ha sido una figura trabajada durante toda una vida. Con ideas claras y coherentes; un pensamiento transparente y de buenas sorpresas, que en su vida se le ha dado oportunidades históricas formidables bien asimiladas.

Como árbol de buen fruto tiene quienes les tiren piedras. Pero, así como suscitaba interés en la juventud de aquellos tiempos y en los mayores de edad también, en estos días tiene mucho más una legión de dominicanos que lo respetan, lo siguen, lo distinguen, lo elogian y lo admiran. Hasta sus propios adversarios, en la sombra.