Los dueños del país: Componenda entre delincuentes

Por Carlos Luis Baron martes 21 de febrero, 2012

Me niego a aceptar que en las sociedades y en los individuos, no se da el retroceso. La involución de nuestras instituciones políticas, sindicales, culturales y comunitarias, no me dejan pensar de otra forma. Atravesamos un momento en que cada cual se ha ensimismado en la satisfacción de sus propias necesidades y ha olvidado la naturaleza de su ser: ser ente social, gregario.

La desintegración y cuando no, reconvención de las instituciones de portadoras y garantes de la fraternidad, solidaridad, la reivindicaciones y la lucha por estas, en simples empresas promotoras de la libre empresa y el egoísmo, muestra el grado corrosivo que hemos alcanzado. Son penosas las acciones de los transportistas contra la población. Esta última tiene en ellos a sus más insensibles y despiadados verdugos.

Si estas empresas, con nombres de sindicatos, han alcanzado el poder que tienen, se debe al apoyo que recibieron de los gobiernos que hemos tenido. Desde hace tiempo el sector de los transportistas es utilizado como ente democratizador del abuso, la anarquía, las mentiras, el desorden y los actos terroristas contra sus usuarios. En ellos, los gobiernos han encontrado a fieles aliados para el traspaso y amortiguamiento a la presión de los impuestos y constantes subida de precio de los combustibles.

Nos han vendido el título de “dueños del país”. Muchos ilusos, igual que ellos, actuamos en función del mensaje que este enunciado transmite. Los precios de tienen las operaciones de las mayorías de las rutas, insinúan la compra, más que de la ruta, de las calles por las cuales se desenvuelven. El celo, la fiereza y el don de mando que imponen en esas vías y a los que, cada día tenemos que utilizar sus medios de transporte, nos hace menos que dueños de lo que a estos señores debemos pagar.

Los malos tratos a que somos sometidos los usuarios del transporte son proporcionales al control que ellos tienen sobre las vías, el dinero con que les pagamos y nuestras vidas. De la forma más grosera posible ellos deciden en que vehículo los pasajeros se deben montar. Por mayor control, de forma esporádica se enfrentan diferentes rutas de las dos o tres federación existentes. De estas pequeñas colisiones, siempre los más perjudicados son los usuarios que resultan muertos, heridos y, en el menor de los casos, abandonados a su suerte sin transporte.

No creo que deban llamarse “dueños del país” a personas con esos procederes. Parece que no hay leyes para quienes actúan con tales prepotencias. Algunos nos inclinamos a pensar en una componenda entre autoridades y transportistas para mantener a los individuos que mantenemos activo al sector productivo sometido y aterrorizado. El espíritu individualista y la falta de credibilidad en la justicia nos tienen apáticos, indiferentes y abandonados a la presión de quienes viven por y de nosotros, aunque no nos respeten.

De todo el dinero que cobran los sindicatos del transporte a sus miembros, nunca hemos escuchado la porción que le toca al gobierno. Si este no recibiera nada, dudamos que la indulgencia con la que estos son tratados, hubiera permanecido tanto tiempo. ¡Mucho menos, las tantas facilidades económicas que cada gobierno que asume les brinda. Pongamos nos claro! Este acuerdo entre estas dos parte, que se quieren mostrar opuestas, afecta la economía familiar.

No es poco el dinero que gasta una familia donde cuatro de sus miembros tienen que día a día trajinar a sus trabajos, Universidad y escuela. Es vergonzosa la cantidad de dinero mensual que proporcionalmente tiene que pagar un individuo de un sueldo mínimo. A nadie parece que eso le preocupa. Los transportistas hacen huelgas, realizan paros sorpresas, dejan a los pasajeros varados; realizan operativos a base de su fuerza, negligencia y apoyo de las autoridades y, ante nadie responden.

Salvo algunos medios de comunicación que, como una chercha, los nombra como “dueños del país”, nadie los juzgas, les hace huelgas, atenta contra su trabajo o familia, mucho menos, les hace huelga o les impide transitar por ciertas calles. Ese egoísmo empuja a que cada cual quiera adquirir su propio vehículo.

La reorganización del sector transporte es uno de los grandes te más pendientes de esta sociedad. La existencia de estas federaciones y todos sus sindicatos filiales, constituyen un lujo que no debemos continuar solventando. Los bolsillos de los más pobres necesitan un servicio de transporte menos tormentoso, más seguro y que puedan pagar. El aparato productivo nacional debe exigir la centralización en una institución lo concerniente al transporte, mas claridad y honestidad al gobierno en su relación con los transportistas. ¡Esto no debe seguir así…!

Nuestra desidia, conformismo, pragmatismo y desinterés en ser parte de la solución de los problemas propios, nos sume en las garras de los que decidieron vivir de los que no tienen iniciativas. La actual coyuntura ha resultado propia para la explotación de las peores miserias humanas. Nos han instaurado una dictadura. Esta es peor que las que hemos tenido. Nos ahoga y se difumina en el derecho de un sector sobretodos los demás. Los transportistas son la personificación de este.