Los intelectuales y la política

Por jueves 10 de abril, 2008

Fue Antonio Gramsci el que dejó un marco histórico-teórico para la incursión de los intelectuales en la política desde una perspectiva revolucionaria y progresista que todavía sigue vigente, y, lo peor, sin ser integrado a la praxis política de los partidos progresistas de Latinoamérica; a pesar de que dicho corpus teórico fue elaborado a principios de siglo XX en plena ebullisión del Fascismo.

La tesis era procurar la elevación de la conciencia política de las masas a través de la educación, la cultura, la literatura, el arte y los medios de comunicación de masas (la super-estructura) en un proyecto revolucionario sin obviar la toma del parlamento burgués y los ayuntamientos, lo que él definió como “lucha de oposicion”.

Lo que hemos visto en Latinoamérica y en nuestro propio país es, por un lado, seudos revolucionarios fosilizados y retaguardia de la derecha, y por el otro lado, partidos y seudos intelectuales progresistas atrapados en los parlamentos, ayuntamientos y en posiciones gubernamentales coyunturales de los partidos donde se corrompen y se hacen multimillonarios. Luego (estos últimos) al terminar su zafra (el gobierno de turno al que les sirvieron) se atrincheran de nuevo en sus empresas privadas, las universidades y los medios desde donde vestidos de independientes enfilan sus cañones hacia el gobierno del que no son parte. Esta es una historia circular que se repite.

Pero hay en Latinoamérica también un tipo sui géneris de intelectual progresista , íntegro y objetivamente situado que puede servir a un gobierno equis sin corromperse ni claudicar. Generalmente estos trabajan callados en instituciones gubernamentales haciendo grandes transformaciones y procurando dejar su impronta para las actuales y futuras generaciones.

En nuestro país, con excepción del Prof. Juan Bosch, sólo el Presidente Leonel Fernández ha podido captar y respetar a estos intelectuales progresistas al confiar en su capacidad científica, honestidad intelectual e independencia política e ideológica. Ello supone una capacidad superior y una importancia capital para entender que esos intelectuales están imbuidos de amor patrio y deseo de servir a su país sin ser identificados necesariamente como co-responsables de un determinado proyecto de gobierno, ni mucho menos, como viles oportunitas ni devengadores de salarios gratuitos.

Ellos no son como aquellos intelectuales que se enojan y desconsideran a cualquier presidente porque no lo nombró en tal o cual cartera. No. Ellos son incapaces de actuar así, sencillamente, porque jamás comprometen su independencia y exigen siempre respeto a cambio del complimiento fiel del compromiso laboral contraido.

De modo que lo que queda en Latinoamérica y el país, con sus sobradas excepciones, es una suma de seudos intelectuales cuya característica principal es, ser solamente “objetivos coyunturales” que lloran y se enfadan simplemente porque otro de su generación alcanzó la primera magistratura de un determinado país, y ellos, se quedaron en la periferia de sus frustraciones y amarguras.