Los que viven en el túnel

Por Carlos Luis Baron domingo 29 de julio, 2012

Juan Pablo Castel, a prima facie no era un hombre singular, quizás si alguna particularidad poseía radicaba en haber sido bendecido con el don de la capacidad creadora de las artes. En el fondo, cuando nos habla y desborda todo su pensar y se desnuda, pudiera decirse entonces que él, era poseído por el “Ello” que anda intrínsecamente en cada uno de nosotros; por esa fuerza inconsciente que pone, según Freud en movimientos las pulsiones y deseos, sin el freno del Yo, que media entre las otras dos estructuras que conforman la psiquis del ser humano, y esa fuerza liberada, salió a riendas sueltas y fue capaz de elucubrar y ejecutar el más inverosímil de todos los desmanes.

¿Quien podía imaginar, que ese hombre, apacible, capaz de plasmar en el lienzo tanta belleza, desdibujara con la ejecución del crimen de la amada, un cielo cargado de estrellas y lucero, empujado por esa “emoción” que ciega y enloquece, como plantean tratadistas de las ciencias sicológicas y que abrasan, quienes ejercen el derecho procurando atenuantes de acciones a todas luces punitivas?

Sesenta y cuatro años después, Juan Pablo Castel, está ahí, inmutable, en los primeros titulares de los diarios; hoy en día no parece ser la creación ficticia, ni mucho menos caprichosa de la pluma vigorosa de don Ernesto Sábato, que al decir de Albert Camus, El Túnel, es una expresión genuina de la novela sicológica, un clásico del existencialismo que contempla que el individuo es libre y totalmente responsable de sus actos, que a mi juicio se inscribe en la corriente de Dostoievski referente en ese enfrentamiento yuxtapuesto entre la conciencia y la razón.

Esa “ceguera incontrolable” de los celos, ese arrebato condensada en esa “Pulsión” o “Emoción Violenta” que durante tanto tiempo ha sido tema de estudios y debates entre las diferentes corrientes sicológicas desprendidas desde Darwin, se contrapone a las sabias opiniones de los griegos, que entendían que las “emociones” eran educables, que estas se podían regular por medio de técnicas y prácticas, por que estas no eran, ni son una erupción de fuerza incontrolable; Sartre, escritor y filosofo va más lejos todavía, planteando una teoría de las emociones, entendiendo que las escuelas sicológicas imposibilitan un conocimiento del ser humano de manera integral, como sí lo hace la antropología.

Como era de todos conocido, el crimen quedó consumado y María Iribarne, muere destazada de manos de Juan Pablo y el irónico homicida, pretendiendo tal vez justificarse nos declara qué: “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida”; ahí estaba recluida esa personalidad sicópata, en El Túnel; que es una novela de este tiempo, que aunque escrita en el año de 1948 aun hoy sin duda alguna, resulta fascinante y vigente ante la realidad que penosamente vivimos y que la misma desde que comienzan a contárnosla nos atrapa y es hasta el final que nos desata. Confieso que a pesar de la corriente sicológica o filosófica que se inscriba, resulta fascinante.